EL VIAJE
- entretmasrevistadi
- 20 abr
- 12 Min. de lectura

Un texto de Guillermo Fernández
Es un placer compartir con nuestro lectores una pieza literaria que pertenece al más reciente libro del escritor costarricense, Guillermo Fernández, nos referimos al cuento titulado “El viaje” y que forma parte del libro “Recuerdos Alterados” del cual, el escritor, también costarricense, Alfonso Chase, se expresa de la siguiente manera:
...Este nuevo libro de Guillermo Fernández: cuento, relato, narración, reúne diversos temas, lenguajes, situaciones y tiempos, como si fuera un encuentro casi total de su obra anterior, pero ennoblecida por el estilo, en una extraña perfección que nace del uso del oficio de narrar lo inmediato, lo lejano, lo histórico o lo cotidiano, en cuentos que son leyendas, acertijos, confusiones históricas o hermosos detalles de enigmáticos advenimientos de lo simple con lo profundo, en donde un sutil realismo se aúna a lo mágico de la sencillez del recuerdo. Libro de madurez, escrito como si las palabras brotaran de lo más hondo del pensamiento, allí donde el dolor y el placer de la palabra dan testimonio de un oficio que en Fernández es afirmación, experimento, gracia totalizadora de lo literario como aprendizaje relevante de ser para el futuro...
El viaje
No recuerdo por qué mi amigo Alberto me dijo que lo acompañara a ese viaje con motivo familiar. Quizá necesitaba alguna compañía. Por eso me prometió que sería como estar en otro país y que hasta vería frutas extravagantes, así, en ese tono hiperbólico. Llevaría un simple encargo: visitaría al hermano de su padre para dejarle algunos pesos, una breve carta donde le explica- ría la situación de su enfermedad, que le impedía desde hacía años hacerle una simple visita. Excusas que se dan los familiares de todas las épocas para ir justificando la distancia, la separación, pensé. Llegaríamos en tren y luego visitaríamos otros parientes en el puerto, donde era evidente que vería con mis propios ojos otro mundo, nada que pudiera contrastar con las típicas costumbres y paisajes del valle intermontano donde transcurría el universo posible.
El trayecto en tren fue el primero y el último de mi vida. A los años, ese viaje que podría mirarse como un privilegio ‒ya que se apreciaban los paisajes a través de ventanas anchas y dignas de soñadores‒, sucumbió a un decreto ejecutivo. No más trencitos de remezones fantásticos. La máquina maravillosa terminó sus años en un patio de exhibición, donde mostró su herrumbre y sus mecanismos tecnológicos en la intemperie y la incapacidad del aprecio multitudinario. Fue sustituida por el ávido presente. Un tren no presumía el malestar de las autopistas ni la prisa de sus posesos. No, era una excelente máquina para sentirse elevado, mientras se espectaban los sembradíos de café, también hoy desaparecidos, las sensuales hondonadas distantes, las vacas inmortales en los prados llenos de verde.
El tren hizo una parada en una estación que parecía solo una reliquia de algún tiempo donde hubo algo de comercio. Solo atisbaba un perro flaco el rumiante aparato con el recelo natural de su instinto. Caminamos sobre los rieles, intercambiando opiniones acerca del calor que hacía y de los monótonos sembradíos de banano, que se desplazaban, algunos, ya sin los cuidados de los jornaleros, invadiendo los pre- dios como una plaga viciosa. Le pregunté a mi amigo por las palmeras, que me había prometido reinaban en esos territorios y este respondió que aún faltaba parte del viaje.
Claro, el viaje apenas estaba iniciando. Y yo ya quería ver lo que había escuchado del sabelotodo. De golpe, Alberto me señaló a lo lejos el vuelo de un grupo motivado de zopilotes que danzaba en los aires antes de descender. No. No eran seres glotones, me dije, antes de zambullirse en entrañas descompuestas idealizan el desenlace. Comer para estas aves debe cumplir con una ceremonia de una mística natural que desconocemos. Algunos humanos rezan ante un bocado. Ellas vibran primero con los vientos, en las alturas, con emoción nítida.
—Es largo el trecho ‒le dije a mi amigo‒. No veo casas. ¿Te acordás del sitio? Me dijiste que habías venido cuando eras muy pequeño.
—Recuerdo que se bajaba en la estación y se caminaban quinientos metros por este mismo rumbo. Casi nada se ha movido de su sitio. No tengo mala memoria ‒me respondió con un gesto de entusiasmo‒. La casa de Moisés (como así se llamaba su tío), está cerca, lo presiento.
—Este camino por las vías del tren…
—Sé que es incómodo, pero así es la aventura.
—¿Aventura?
—Supongo que sí. Ah, y no quiero asustarte, pero no podemos caminar por los lados de la vía. Mirá, hay algo de monte. Debe haber serpientes. No te había contado.
—No. Todo lo pintaste excelente.
—En estos lugares abundan las terciopelo, ¡malos bichos!
Pero decime si no has disfrutado, te lo prometí.
—Ah sí ‒le dije acomodando la maleta con la ropa y el comestible que llevaba a mis espaldas‒. Es una lástima que terminara el viaje en tren. Pensaba si era posible vivir así, en un vagón con amplias ventanas, sobre un asiento solo para uno. Todo se ve tan lejano.
Parece que no hubiera nada de qué preocuparse.
Mi amigo solo sonrió. Luego prendió un cigarro y tosió un poco. Estaba aprendiendo a fumar y solía arrepentirse con las primeras caladas. Expulsaba el humo con desagrado, pero insistía.
—Creo que no fumaré ‒dijo, arrojando el cigarro con desprecio‒. Ojalá que no produzca un incendio. Estamos en verano.
—Un verano sin sol.
Vimos arriba las densas nubes grises.
—Es mejor así. El sol por estos rumbos es implacable.
En la primera casa que nos salió al paso, Alberto se detuvo. Era toda de madera sin pintar. Se sostenía sobre unos pilotes. Había un gran árbol de almendro en la entrada y unas plantas de cacao que parecían enfermas.
—Aquí es ‒dijo con triunfo.
Al tocar la puerta, nos salió un hombre de unos sesenta y cinco años, de piel cobriza y ojos pequeños. Vestía una desgastada camisa de trabajo con un logo de una antigua compañía bananera. Un pan- talón caqui y unas botas de hule. Tenía las manos enormes, como remos. Un tórax desarrollado como el de un boxeador. El gesto malicioso de quien esperaba algo y ese algo tardó siempre en anunciarse.
—¿Mi sobrino? ‒preguntó al verlo.
Nos hizo pasar a la sala y nos pidió que tomáramos asiento en una silla larga de madera. Una mujer asomó por el vano de una puerta que conducía a su cocina. De inmediato se incorporó al recibimiento, limpiándose las manos con un delantal renegrido. Se le notaba una bondad tímida, en cautiverio.
—Uno de los hijos de Jaime… ‒fue lo que dijo. Tenía un rostro casi calcinado, un pelo recogido en una trenza que le llegaba hasta la cintura. Trataba de no reír con libertad para no enseñar la falta de algunos de sus dientes.
—¿Ya vieron que la caminada desde la estación es larga? ‒dijo el hombre.
—Sí, tío ‒dijo Alberto.
—Has traído a uno de tus amigos ‒asintió.
—Es solo un amigo de confianza.
—Como tienen que ser los amigos, de confianza, sino para qué. ¿Ya le dijiste que aquí no hay comodidades? He esperado arreglar algunas cosas. Qué lindo su pantalón ‒me dijo analizándome con más interés. Llevaba el pantalón de los domingos, uno azul marino brilloso‒. Aquí le puede resultar innecesario. La ropa que dura es la que venden en el almacén que está un poco más lejos. Por eso economizamos la que tenemos.
—También vamos para el puerto a saludar a los demás parientes ‒precisó Alberto.
—No creo recordarlos ‒suspiró sin interés.
—Esto le mandó papá. ‒Alberto le extendió entonces el sobre y el hombre lo tomó, vio la nota por encima, el dinero y lo guardó en la bolsa de su camisa.
—Está bien ‒dijo un poco meditabundo‒. Está bien.
—También le hemos traído algo para el gasto ‒le dijo Alberto, quien me indicó que le mostrara lo que llevaba en la maleta: un poco de manteca, atunes, una bolsa de frijoles, otra de arroz, varias bolsas de espaguetis, velas, cajas de fósforos, y más…
—Trajeron demasiado ‒dijo, haciéndole una señal a Marta de que recogiera los comestibles. La mujer los fue acomodando en una estantería semivacía. Hasta el momento no había reparado en la pequeña sala. Había lo esencial. Una mesa con un florero de plástico y una vela derretida hasta la mitad. Tres sillas de madera apenas lijadas. Ningún rastro de televisor. Nada de bombillos eléctricos. Fue curioso no haber visto en las paredes los retratos tradicionales de familia, como si no hubiera mérito en dejar nada a la vista.
—Me alegra ver gente tan joven, me recuerda que también yo lo fui, y que ya no hay regreso ‒nos dijo Moisés mientras se sentaba en una de las sillas.
—Tío ‒le dijo Alberto‒. Solo nos quedaremos esta noche.
Luego proseguiremos el viaje.
—Entiendo. Pero deben conocer antes la montaña donde trabajo. Tampoco es una postalita. No todo es como la ciudad donde viven. Algo se deben llevar de aquí, una imagen, un olor, una marca de tierra. ¿Y cómo va el estudio? ¿Tienen planes? ¿Ya saben qué quieren hacer con sus vidas?
—Los dos vamos al mismo colegio ‒dijo Alberto‒. Es lo único
que hacemos, pensándolo bien.
—Yo siempre quise estudiar, como ustedes. Que lo vean a uno con respeto es importante ‒dijo como si fuera una exigencia íntima explicarlo. No quería parecer limitado sin justificación‒. Pero me quedé aquí sin darme cuenta. Nunca hagan las cosas sin darse cuenta.
—¿Ajá? ‒dije.
—Solo cuido una finca que no es mía. Tal vez solo una franja. Ya no lo sé. ¿Y cómo está mi hermano? Me acuerdo cuando te trajo hace tiempo. ¡Ya sos un hombre!
—Un poco enfermo ‒respondió Alberto.
—Sí, eso dice en la nota que me envió. Pero tiene pensión, qué suerte. Más de lo que puedo pensar. Agradecele de mi parte, siempre fue bondadoso. Al principio, cuando estábamos pequeños éramos muy unidos. Bueno… Dormirán en el cuarto de las herramientas. Hay un colchón ahí. Mi hija, que casi no sale de su habitación, tiene un bebé de pecho. Me la dejó panzona un liniero y se borró del mapa. Pero no hablemos de estos temas. No llevan a ninguna parte. Por eso todo huele a bebé. ¿No lo huelen ustedes?
Yo negué con la cabeza por cortesía. Alberto se pasó una mano por la cara. Marta había vuelto a la cocina donde se escuchaba mover algunos trastos
—No es que me moleste ese olor. Es un simple bebé como lo fuimos todos. El liniero debe estar contando en otro lado su hazaña. Es lo que sabe hacer un liniero. Ah, no hablemos más. Es suficiente por ahora. ¡Marta!, ¡Marta!, ¡dales algo de comer que ya nos vamos para la montaña!
Marta asomó de nuevo por el vano de la puerta de la cocina.
—Ya preparé algo ‒dijo con presteza.
—Marta es así de rápida ‒dijo Moisés‒. Me dijo en su momento que a Leda la rondaba un liniero y yo solía verlo y hasta saludarlo como un tonto. Lo que no sabía es que el liniero era falso, entrometido, vigilaba a Leda cuando regresaba del colegio nocturno. La intención de que estudiara fue buena pero vean lo que resultó. ¡Vamos a tomar aire, todo el aire de la montaña!
Moisés se levantó de la silla y nos apremió a que pasáramos a la cocina donde su mujer nos sirvió un café negro fuerte y una tortilla de maíz untada de manteca que me pareció un manjar. La cocina era apenas un hoyo rodeado de tizne que se ahogaba en las continuas emanaciones del fogón. A un lado, como cocinera perenne, Marta atizaba de pie el fuego para que no muriera. Se le notaba una inflexible consigna, como si el sacrificio hubiera que asumirlo sin quejumbres. Podría ser más joven que Moisés, sin embargo, su rostro delataba miles de horas de exposición a altas temperaturas, como una peona de Plutón indomable. Los ojos marinos, verdeazulados, presentaban una resignación pétrea. Quise preguntar si no tenía tiempo para otras tareas. Si solo permanecía allí, impertérrita, minuto tras minuto. Pero me pareció una confianza desmedida. Debía callar cualquier duda. Consideré la posibilidad de que algún día la mujer se caería a pedazos como una cerámica, las venas abiertas, sin sangre, emanando solo ceniza, los pies convertidos en brasas humeantes
Luego del café y la tortilla, Moisés tomó un machete de algún lado y nos ordenó que lo siguiéramos. Comenzó a hablar, mientras caminaba de prisa hacia la entrada del monte, de víboras acurruca- das bajo las hojas de plátano.
—Sus zapatos no les sirven de mucho aquí ‒advirtió sin matices.
—Te lo dije ‒me dijo Alberto‒, ¡hay serpientes!
—Te vas a ensuciar el bonito pantalón ‒me dijo, sonriendo con superioridad.
—Si le gusta se lo regalo ‒le dije‒. Yo llevo otro en la maleta.
—¡Qué joven tan bueno! No olvido los favores, nunca los olvido. Me lo pondré para ir a misa, aunque nunca entiendo lo que dice el cura.
Penetramos por un sendero que se empinó entre decenas de matas de banano. No había selva. Se la había comido una enorme plantación. El hombre se movilizaba como un zorro diestro. Hablaba a intervalos de algunos recuerdos injustos que no entendíamos. A esa edad, no sabíamos nada de rotundas desilusiones, fracasos. La tarde iba transformando las hojas en presencias inteligentes, grises, de indiferencia amenazante. Bajamos luego por una ladera donde dijo haber sembrado yucas. Era un sitio oculto para el resto de los demás. ¿Lo cuidaba como si mantener un pequeño secreto lo aliviara de no tener los sueños del mundo? Recogió algunos tubérculos y los metió en una bolsa, explicando que allá abajo, también oculto a la vista, reptaba perezoso un arroyo
Ahora venía una confesión digna. Quizás una reflexión que debía hacernos para que aprendiéramos algo del destino.
—¿Ven ese banano que está en el suelo? ‒preguntó. Vimos no uno sino decenas por todos lados. Juntó un ejemplar, cortó su cáscara y lo rebanó en dos partes. Observamos una hilera de semillas negras en su interior‒. ¿Nunca han visto un banano con semillas?
Los dos negamos con la cabeza.
—No creo que sea comestible ‒le dije.
—No lo es. Hay plantas inservibles. Y de estas hay miles en esta finca. Se confunden con los buenas, que desaparecen por su culpa. A ellas no les gusta la compañía de los bananos con semillas, que son más fuertes, más adaptados a la naturaleza. No hay nada útil aquí, tal vez solo la yuca, si no es encontrada por los depreda- dores. Mi buena yuca.
Su mirada se perdió en los caminos más oscuros de la plantación. Por un momento pensé que estábamos en el meandro de su propia mente, la mente de Moisés. Todo era suyo. La presencia de los bananos inservibles ‒comida para chanchos dijo‒, la necesitaba en lo más profundo. Estaba atado a ella. Le servía para establecer metáforas y explicarlas a los desconocidos. Vimos que la luz empezaba a ceder su dominio en el seno de la montaña.
—Tío Moisés, creo que ya es hora de irnos ‒le dijo Alberto después de que le hice una señal.
—También pensaba lo mismo ‒dijo, mientras se acercaba una de las caras del machete por la frente. El calor había aumentado‒. El problema es que ya no sé dónde estamos.
Alberto y yo nos cruzamos miradas. Teníamos dudas de lo que había dicho. Quizá solo habíamos escuchado un disparate. Sin embargo, nos miró serio, con angustia contenida. La oscuridad aumentaba su volumen abstracto y sorbía los pequeños hilos de penumbra que se mantenían asidos a las corvas de los árboles.
—Es su finca, tío, ¿Cómo no va a saber dónde estamos?
—Sé que no me creen, pero a cualquiera llega a pasarle ‒dijo con tono teatral. Entonces entendí o quizás no. El hombre seguía un guion. Quizás había ensayado esa escena para posibles espectadores y estos al fin habían llegado. De inmediato empezó a caminar, sin certeza, entre las veredas que separaban las matas de banano. Luego retrocedía en un punto, como si no hubiera reconocido el sendero. En realidad, todos los senderos se parecían. En la sombra una mata es igual a otra.
Después de quince minutos de seguirlo y verlo desdecirse como un novato en su propia finca, nos entró el miedo, miedo de ser absorbidos por la noche en una gruta de plantas de falsos frutos. Los zancudos nos olieron, diligentes, buitres diminutos que solo codiciaban la sangre caliente. Teníamos de guía a un hombre in- competente, o solo a un actor falso, o un enigmático jornalero que se resistía a ser inocuo. Con el miedo, empezó a crujir en nuestras vísceras, como un animal salvaje, el aleto del pánico, que luchábamos por no exhibir, pese a nuestra ingenuidad e inmadurez.
La tortura se prolongó todo lo que deseó Moisés. En un momento inusitado, nos dijo que ya había encontrado la ruta. Fue cuando exhalamos ese suspiro de gracia de los cobardes, de los que no tienen fe.
—¿Creyeron que iba a dejar que nos tragara la montaña? Pues no ‒dijo como si necesitáramos una lección‒. Un resbalón sucede a diario. De pronto lo recuerdo todo. Sé que vine a parar aquí por una promesa. La promesa se la llevó el viento y me puso la vida un ancla como a un barco pirata sin tesoros. Durante algunas noches tengo sueños aterradores. Todo lo que he vivido me espanta porque le doy nuevas caras y vestidos. Es un carnaval idiota. ¿Quién puede detener ya esta procesión?
Cuando llegamos a la casa, Marta nos esperaba en el patio donde titilaban unas grandes luciérnagas. En una banca estaba Leda con su bebé que dormía sobre su seno. Solo sonrió cubriéndose con una mano la boca.
Guillermo Fernández nació en San José, Costa Rica, en 1962. Es autor de varios géneros literarios. Su narrativa es multitemática. Abarca desde la ficción hasta los proyectos novelísticos filosóficos y el naturalismo esencial. Tiene la creencia de que la literatura plantea enigmas que solo abren puertas a la imaginación. Considera que el escritor arroja luz sobre el misterio de la vida, una penumbra quizás, como cuando se enciende una vela en un tortuoso camino. Cuentos y novelas son formas de interpretar el inexplicable mundo en que vivimos sin que la interpretación sea definitoria. Además, expone temáticas en las que se sugieren los avatares del poder geopolítico ante la insignificancia de los seres individuales, la omnipresencia del mal, la vida como un engranaje ciego con algunos vestigios de luz.
Ha recibido algunos premios por su obra en poesía y narrativa, como el premio nacional en poesía, cuento y novela. Algunos de sus libros se encuentran en la lista de recomendaciones del Ministerio de Educación Pública de Costa Rica para secundaria. Sus obras hasta ahora más representativas en narrativa son: Hagamos un ángel (2002), Babelia (2006), Tu nombre será del mundo (2014), Te busco en las tinieblas (2015), El ojo del mundo (2020), Los misterios del universo (2022), El vigilante en el espejo (2024).
Estudió Filosofía en la Universidad de Costa Rica y es máster en Docencia Universitaria por la Universidad Continental de las Ciencias y las Artes. Actualmente, se desempeña como profesor de una universidad estatal.




Comentarios