CECILIA GUERRERO ORBEGOZO ENTRE GOZO Y DOLOR
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Lorena Catherine Escobar Naranjo

Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.
Ida Vitale
La mano de Midas ha mutado de brazo en brazo, por los siglos de los siglos. Todo hombre ha sido dueño de la palabra y ha hecho con ella cuanta mixtura se le ha ocurrido. No era necesario conocer a Wittgenstein para empezar a jugar con las palabras, las sílabas inundan el paisaje, la humanidad aprendió a balbucear y a amar cada símbolo y sonido, a jugar con ellos. “El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, así nace nuestra deidad y religiosidad, a partir de la palabra, del verbo, de la magia de las letras. Sin embargo, cuando el verso se hizo carne y habitó entre nosotros, llegó a la tierra el caos más bello que pudo parir la literatura: la poesía. La mano de Midas dejó de convertir todo lo que tocaba en oro, para que solamente algunos pudiesen ensayar tal alquimia. A lo largo de los siglos, los poetas —esos Midas— han podido reconvertir el universo entre los libros, en donde no dejan de retumbar los ecos de Homero, Baudelaire, Rimbaud, Shakespeare, Góngora, Quevedo, De la Cruz, Paz, Borges, De Greiff, Jattin, Barba…, entre otros bardos cuyas obras no solamente son un espejo cósmico, también llevan dentro de sí el misterio que materializa lo inefable.
Acá, en el sur de Colombia, en Pasto, también habitó el secreto, lo oculto deambuló por las calles de Pandiaco, conoció la plaza central, caminó entre las calles y las pulperías, se enamoró de un volcán en forma de galera; de un viento vestido de hojas, de una ciudad de balcones y de toda la sorpresa que explota en la otrora llamada Villaviciosa de la Concepción. Lo bellamente inevitable sucedió. Los pastusos fueron tocados por la mano de Midas, por la sensibilidad de este lado del hemisferio, acompañada siempre por el son de un yaraví y de la composición de la melancolía. Luis Felipe de la Rosa (1887-1944), desde la calle 16, logró inmortalizar las calles del nacimiento del siglo XX, conduciéndonos con magistral magia a través de los balcones y las cúpulas de las iglesias que acompañaban en su tiempo al Urkunina, el volcán en forma de galera. Pero también lo furtivo pudo atravesar las pieles de las mujeres, y así, con todos los misterios que nos habitan, se hizo carne la palabra femenina. Las letras de Cecilia Guerrero Orbegozo (1913-1951) llenaron de gozo a nuestro villorio primigenio, lo inundaron de cánticos espirituales, sensibles y auténticos, sus cantos atravesaron cada lindero de la ciudad sorpresa de Colombia.
Las letras de Guerrero Orbegozo son manantiales de aguas claras y sinfonías de pájaros en los bosques, flores de loto en medio del lodazal. Su poesía nace desde el fondo del corazón y expande sus aromas en cada esquina de nuestros cuerpos. Hablar de esta obra es aspirar a lo celestial y enigmático, como el mismo dios. La poeta nariñense surge quizá como nacen las letras de otras mujeres escritoras de todas las épocas y de muchas nacionalidades: por el tedio de ser mujer, pero también como una forma de resistencia a un sistema que intenta cercenarles las manos y sellarles la boca. Algunos piensan que la poesía escrita por mujeres carece de algunos misterios, pero contiene sus propios enigmas, y, en efecto, uno de ellos podría ser la intensidad en las maneras de ver el mundo, la pasión con la que se detiene a ver algo amado u odiado e, inevitablemente, no podríamos dejar de lado la intuición y el autodescubrimiento. Como afirma Quijano (1950):
Generalmente la poesía, en el corazón de las mujeres, ha sido un dócil instrumento de pasiones. El grito de la esterilidad, las hogueras del deseo, la tendencia versánica del instinto y los estremecimientos del amor, son ya lugares comunes en los florilegios de nuestras poetisas. (p.92)
Siempre nos hemos visto sumergidas en un turbulento mar que nunca o casi nunca está a nuestro favor y, a pesar de ello, en Pasto y en cualquier lugar del mundo ese mismo océano se ha visto en la inmediata obligación de retumbar y dar más eco a cada uno de esos nombres y apellidos de mujer que han podido alimentar el seno de las artes. Aunque la lucha por obtener tales menciones aún sigue siendo difícil, a pesar de estar en una época que ostenta ser una de las más igualitarias. Las mujeres siguen siendo víctimas de la indiferencia, el maltrato, la humillación y la muerte. Ahora bien, debemos comprender que la poesía de Guerrero Orbegozo nace y se perpetúa a inicios del siglo XX, en medio de una sociedad conservadora que relegaba a la mujer a sus papeles cliché: la cocina, el tejido y el cuidado de la casa. Por tal razón, escribir poesía se convierte en un acto de resistencia ante ese paradigma social. Como bien sabemos, las pastusas también son símbolo de fuerza, guerra y carácter. Por eso, no solamente las letras de Cecilia Guerrero surcaron los esquemas, también amigas y compañeras suyas empezaron a ser reconocidas, ya no solamente por su belleza, gracia y fervor cristiano, sino por las letras que dejaron plasmadas en nombre de la dignificación de la mujer nariñense, como colaboradoras en la música, la pintura y la literatura, tal como lo mencionan Álvarez y Zarama (2018):
La escritura de las mujeres o su participación en el arte no era un proceso sencillo, a pesar de que los entornos familiares hubieran sido facilitadores y benévolos con sus intereses; la salida a lo público implicaba «despojarse del carácter de intocadas y misteriosas»6 , dejar la casa, el santuario, y «salir de lo sagrado a lo profano»7 , era someterse a los cánones impuestos por los varones y a la crítica masculina que, en el mejor de los casos, se expresaba «con un sabor de paternalismo condescendiente»8 . Cabe anotar que también existió la censura femenina que no siempre vio con buenos ojos las acciones públicas de las mujeres. (p. 215-216)
Lo anterior, nos ubica aún más en la sociedad en la que se encontraban poetas como Blanca Ortiz de Sánchez Montenegro, Josefina Villota Portilla, Laura Imelda Jurado, Emma Inés Medina de Moncayo, Rosario Conto de Cabrera, María Celina de la Dolorosa y, obviamente, Cecilia Guerrero Orbegozo y, además, un gran exponente para la música pastusa, María de la Cruz Hinestrosa de Rosero, más conocida como Maruja Hinestrosa, una mujer de síncopas, melodías y pianos. Cabe resaltar que estas mujeres pertenecían a la élite de la época y, apoyadas en ello, pudieron sacar a la luz el lapislázuli de sus versos; un hecho que nos hace reflexionar: ¿cuántas voces de mujeres pastusas no pudieron conocer la luz por falta de recursos y contactos?, ¿cuántas letras femeninas se quedaron en el anonimato por falta de clase social? Pese a las conmovedoras respuestas y reflexiones que estos interrogantes pueden generar, se hace más valiosa la poca poesía que se conserva de estas damas que sí pudieron dejar conocer su candor en las letras, quizá como una contraprestación y un homenaje a aquellas que escribieron en la soledad de alguna libreta que ahora solo nos es posible imaginar.
Por esta y muchas otras razones que hoy traspasan las barreras de la muerte, Guerrero Orbegozo ha desempeñado un papel importante en la cultura nariñense, no solamente al obsequiarnos sus versos, sino porque se ha convertido en una inspiradora de otras poetas, incluso de una mujer del siglo XXI llena de miedos, dolores, alegrías, melancolías, días súbitos, días fértiles, ateísmos y religiosidades extrañas, como la que intenta hoy plasmar en letras su corta y trágica vida. Sin duda, habría que tener muchas influencias políticas, sociales, económicas y demás para que Guerrero Orbegozo haya podido dirigir una revista muy importante para la comunidad pastusa, Ideal Femenino, en la década de los 30. Aunque Ideal femenino quizá haya sido un pretexto de los frailes de la época para combatir contra los ruidos del liberalismo en la ciudad, fue un buen paso para que la mujer pastusa haya sido visible; sin embargo, y como era de esperarse el “paradigma de feminidad vigente, debe resaltarse que estaba asociado estrechamente con la anhelada ‘sacralidad’, por lo cual la mayor parte de la producción de poesía femenina es de carácter religioso o exalta la sensibilidad.” (Álvarez, 2012, p.204)
En efecto, como lo menciona Álvarez Hoyos, la poesía que se publicaba intentaba llegar a tonos sacros y, quizá, entre líneas incitar a la revelación; algunos vestigios de las palabras de Cecilia Guerrero, quien en la revista dignificación femenina (1945) invita entre líneas a romper las corazas, construir un propio ideal de feminidad, una invitación para que la mujer pastusa se alce en almas y pueda flotar en medio de los cánones de la época. Durante todo su artículo, Guerrero Orbegozo pone en tela de juicio los prototipos de mujeres que conoce, bien sea porque toma como modelo a sus amigas, compañeras o conocidas; sin embargo, el cierre de su escrito, es un poco lamentable, pues, aún sigue alimentando ese espíritu conservador en la mujer:
Ella puede habitar en infeliz tugurio, o en lujoso palacio. No solo en los claustros de un convento, si no que puede hallarse también en una honesta reunión departiendo animadamente con amigas y amigos; pues la verdadera virtud no es huraña. Y perfectamente puede, estar entre aquellas damas de refinada elegancia, porque la virtud no ha reñido con el buen gusto en el vestir ni con las exigencias de la moda, si ellas no contrarían las leyes del pudor y la modestia. Pero donde se encuentra de fijo la mujer ideal, es en su propio hogar, Siempre activa, siempre jovial, es, en su casa el centro donde con más poder ejerce sus mágicos e irresistibles encantos. (p. 26)
Lo anterior, no hace más que confirmar que las letras de las mujeres pastusas, de una u otra manera, aún temblaban de miedo, seguían los preceptos sociales, obedecían lo que la Iglesia ordenaba, e invitaban a las demás a una rebeldía ambigua, a una indisciplina que estuviese dentro de los buenos modales, a una resistencia que pudiese ser cortada por las hachas eclesiales. La literatura que intentó hacer Guerrero Orbegozo en sus momentos de desobediencia total es aquella que desborda al lector y lo hace vibrar e interesarse por su nombre, porque quizá sus súplicas a la Virgen tienen un sabor a resignación y a plegaria por liberarse de sus ataduras.
De todas maneras, la poesía de Guerrero Orbegozo no puede abrasar a su lector si este no tiene un real acercamiento religioso, si no es consciente de que todo lo creado es gracias a él, si huye del fervor cristiano, si él mismo no se asume como parte de Dios. Pero cabe resaltar que, no solamente la poesía de Cecilia tendría como estandarte a la religión, pues, la poesía pastusa de la época, independientemente del poeta, el género, estrato social o demás variabilidades, no evade ser tocada por el Creador; es por esta razón que dichos cantos no pudieron traspasar fácilmente los muros de otras nacionalidades, e incluso, no conocieron otras lenguas, otras culturas u otros acentos colombianos que los recuerden. La poesía clerical de estos pastusos solamente habitó entre las voces arrulladoras y melancólicas de los nariñenses, ecuatorianos y, con mucha suerte, las del Cauca y Valle del Cauca. Como se puede evidenciar en los bellos versos de De la Rosa, en su poema “Oración a Jesucristo”:
Porque yo sé, Jesús, que el miserable
a simple ruego tu merced alcanza;
que el agua de tu fuente inagotable
hacer brotar divina la esperanza [...][1]
Pero la poesía eclesial ha sido importante a lo largo de la historia de la literatura y prueba de ello son los grandes versos que la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz le hizo al gran Hacedor del mundo, poesía barroca que se desborda en detalles, mística y refinamiento. Lo anterior nos invita a hacer una reflexión y quizá un paralelo un poco osado entre las mujeres en mención, pues, podríamos decir que ambas atravesaban una situación similar, so pena de sus evidentes diferencias de época, región y oficio. Ahora bien, mientras Sor Juana Inés de la Cruz intentaba reafirmar su creencia y, ante todo, la religión de todo aquel que la leyese debido a su heredad religiosa española (es decir, a esa religiosidad que atravesó la Nueva España por los golpes del Luteranismo), asimismo, Cecilia Guerrero Orbegozo intentaba reafirmar la religiosidad del pueblo pastuso, que se veía amenazada por todos los ideales liberalistas de la época. Quizá lo anterior resulte un poco confuso, pues se ha dicho que Orbegozo fue una mujer liberada, pero en el acto de realizar oficios no oficiales para una mujer de su época, pero con fuertes valores religiosos que sobrepasaban la rebeldía y el empoderamiento de la misma, y así, demostró que su dios no solo habitaba su alma y cuerpo frágiles, sino que habitó en su poesía.
En los poemas “Magnificat”, “Las doce”, “La roca de las Lajas” y “Cosmos”, ella habla con el Creador, se rectifica como parte del mismo génesis y concibe a Dios como parte de ella misma, como esencia etérea de la creación, como todo y parte de las cosas y como esa voz poética que se manifiesta a través de ella y queda suspendida en el cosmos para ser masticada y bebida como el cuerpo y la sangre de Cristo; esta vez, como un alimento metafórico, una nutricia apalabrada, la piel y el sudor de Dios hechos poesía:
Mi espíritu se ensancha y estremece
con ímpetus de amor
con su llama he nacido, y ella crece
cuando pienso en la gloria del Señor. (p.40)[2]
En la anterior estrofa del poema “Magnificat”, Guerrero Orbegozo deja en claro la fuerza de su fe, por encima de todo lo dictaminado, anuncia al lector que toda su poesía estará incendiada por las llamas de la pasión de Cristo, por el ardiente fervor que sentía y sobre todo por la eterna autorreafirmación de sí misma como producto de un gesto divino. A lo largo del poema, que consta de 21 estrofas de 4 versos cada una, con una métrica irregular pero rica en versos endecasílabos y heptasílabos, intuyendo que quizá la poeta haya querido imitar la métrica de la silva o la lira, dándose ciertas licencias para alargar sus versos y cortarlos, posiblemente influida por las métricas modernistas que se conocían en la ciudad:
Bellísima me hiciste más que el día
más radiante que el sol;
y pues me diste el nombre de María
¡mi alma engrandezca humilde a ti señor![3]
El poema tiene varios contrastes y uno de los más llamativos es aquel en el que exalta su feminidad, su belleza, y reitera que todo ello simplemente es reflejo de la creación divina. Pero además, hay una mención a otra figura femenina enigmática: María, signo de castidad, obediencia y virtud, lo cual nos centra más acerca al fervor cristiano de esta mujer. Además, porque la poesía le ha otorgado el don de compartir su nombre en el orbe de la mismísima madre del redentor. En “Magnificat”, la poeta repite una estrofa dos veces, develando la esencia de su poesía gracias a las fuerzas celestiales, con esto se intenta insinuar la posible santidad de su verso, hecho que le da a la estrofa una validez mayor que a todas las demás, porque además de reiterarla también escoge que su reiteración sea la estrofa de cierre en el poema, es decir, la que retumba en los oídos y en las alma de quienes lo leemos:
¿Por qué habéis hecho en mí tan grandes cosas
magnífico señor?
¿Por qué de humilde sierva, portentosas
maravillas hiciste en su favor?[4]
En “Las doce”, Cecilia Guerrero toma otra concepción igualmente ligada a su fervor cristiano. En sus 36 estrofas de dos versos alejandrinos, algunos con licencias poéticas, la poeta devela su arte poética, pues verbaliza y hace poesía todo lo que ve en derredor, convierte en oro a todas las creaturas de Dios, las ilumina con su palabra, las llena de ardor, de silencios, de ecos, de planetas, de sencillez, de melancolía, de dolor, de continuas emociones nocturnas. Este poema se desarrolla en medio de la negrura que solo se ilumina con luz de astros opacos y de pasos de muerte. Está inundado de noche y de su particular sonido: aves nocturnas cantan, anfibios se orquestan, vientos chocan y hacen hablar a las ventanas: el lector debe tener preparados sus oídos al leer “Las doce”. El poema nos ilustra a quien escribe en medio de una reflexión de medianoche, donde solo se escucha el soplido del viento y el trinar de las dudas que oscila en la cabeza, y después la muerte, inesperada y austera en ella:
Cuando la luz florece, cuando viene la noche,
cuando bulle la fuente, cuando salmodia el toche,
Cuando todo se aquieta o si todo se mueve,
yo no sé por qué entonces mi fibra se conmueve.
[…]
No hay un solo momento, no se pasa un instante,
en que dentro de mi pecho mi sirena no cante.
Yo divago en las sombras, yo interrogo a los astros,
yo evoco mil quimeras, canto a los alabastros.
[…]
Mas un pesar me hiere: a veces siento frío
y piensa tantas cosas este cerebro mío
[…]
Despacito, así siento que me voy consumiendo…
una,… dos,… tres…, las doce! … ya es hora de ir muriendo
Y el cosmos infinito que Dios puso en mi arcilla
comprenderá en lo eterno su inmensa maravilla…![5]
Se podría decir que la poesía de Guerrero Orbegozo siempre tendrá una esencia católica; no obstante, hay un poema singular que, si bien tiene como figura central a la madre de Dios, mezcla un habla más popular, además de usar versos hexasílabos; pero quizá lo más curioso es la disposición de las estrofas, porque podemos notar el juego de blancos que existe en el poema, lo que nos lleva a reflexionar acerca de esos atisbos de modernismo que había en la poesía de Cecilia; en la lúdica que intentó hacer y que se evidencia en “Plegaria del indio solo”:
Virgencita linda
me encuentro cansao . . .
vengo dinde el guaico
pa verme a tu lao.
[…]
Dejé abandonado
mi güey, mi vacaá,
mis matas en yerba,
mi choza cernía
[…]
Te amostré prendita
yo a vos mi desgracia
pieda. . . Ave Mariya,
llena sos de gracia!
[…]
Y hora perdóname
que llore cual niño. . .
ya vís: naide me habla
ni me hace un cariño[6]
Lo anterior nos remite a pensar en la famosa “Carta provinciana”, del pastuso José Félix Castro, pues usa bastantes palabras que solo con el temblor de este sur se pueden entender; en el caso de “Plegaria del indio solo”, donde se menciona al guaico, lugar con soles veraneros, olor a naranja y café, que fue percibido y poetizado por la artista. En el caso de “Carta provinciana”, se pueden leer estrofas octosílabas, llenas de matices del sur como esta:
Toditico te daré
si venís china a mi lado
los guachos de mi vergel
y el apoyo de mi brazo[7]
Ahora bien, en la poesía de Guerrero Orbegozo también podemos descubrir que ella es una mujer que ha leído obras importantes de la literatura universal. Así lo demuestra en “Marcha legendaria”, un poema en el que la figura central no es Dios sino Alonso Quijano, un caballero de adarga y escudero, un
Genio a quien jamás empaña
el tiempo, ni hay quien resista
cual rival en noble hazaña el PADRE de ese idealista
loco insigne, que en conquista
¡gloria inmortal le dio a España![8]
A pesar de escribir esa palabra en mayúscula, y pretender hacer mención a su Dios, es inevitable no pensar en primera instancia en Miguel de Cervantes Saavedra, otro dios creador de las letras. De esta manera se podría hacer gozo a todo el orbe de esta Guerrero en la literatura, quien encontró en la misma creación, a la que tanto alabó, un atajo hacia el encuentro con Dios. De esta manera, de la mano del redentor, su alma caminó por los linderos de lo altísimo y su cuerpo, destrozado y poéticamente acabado, tomó la mano de la muerte en una autopista del sur. Hoy, en medio de periódicos viejos, archivos y cabezas necias que aún la recuerdan, abrió esa trocha que caminamos con dificultad las escritoras nariñenses.
OBRAS CITADAS
Álvarez, M. (2012). Las mujeres pastusas y los medios culturales en el período de la república liberal. 1930-1946. Academia Nariñense de Historia, Manual Historia de Pasto , Tomo XII, 25.
Álvarez María Teresa y Zarama Rosa Isabel «Mujeres en las letras y las artes en el sur de Colombia». Historia Y MEMORIA, nº 18 (2019): DOI: https://doi.org/10.19053/20275137. n°18.2019.8492.
Castro, J. (1975). Antología de la poesía nariñese. Bogotá: Editorial publicitaria
Guerrero, C. (1945). ¿Mujer ideal?. Dignificación femenina, N° 10, 20.
Quijano, A. (1950). Cecilia Guerrero Orbegozo. Ilustración nariñense., Vol 102, 92.
Villegas, M. (1979) “La Poesía de Cecilia Guerrero Orbegozo”, en Jaime Álvarez, Poetisas de Nariño (Pasto: Biblioteca Popular Nariñense, 1979), 13.
[1] De la Rosa, L. (2003). Rosas y espinas. Pasto: Graficolor. Pág.104
[2] Villegas, M. (1979) “La Poesía de Cecilia Guerrero Orbegozo”, en Jaime Álvarez, Poetisas de Nariño (Pasto: Biblioteca Popular Nariñense, 1979), 13. Las demás citas indicadas en este documento se harán en el mismo texto.
[3] Villegas, M. Pág 41
[4] Villegas, M. Pág 42
[5] Villegas, M. Pág 17, 18 y 19.
[6] Villegas, M. Pág 37, 38 y 39
[7] Castro, J. (1975). Antología de la poesía nariñese. Bogotá: Editorial publicitaria
[8] Villegas, M. Pág 46




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