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Cocuyo*

 

En la noche silente, los cocuyos hacen ecos brillantes. Una vez, tenía uno dentro de mí pero con el tiempo se convirtió en humana y la parí. Nació llena de escarcha, con el pelo oscuro pegado hacia atrás, como lamida por un dragón cándido. Cuando era cocuyo me hacía cosquillas y yo no me podía rascar. Me reía sin poder defenderme, contenta de ser vencida en esas batallas diarias. Cerraba los ojos e intentaba ver su vuelo torpe y delicado, dándose golpecitos con mis entrañas, descubriendo cada parte de su diminuto ser.

Un día visité a una señora vestida de blanco. En el momento en que me dijo que en unos meses yo no sería una sino dos, comencé a escribir. No sé por qué no lo había hecho antes. Quizás siempre lo hice pero sin lápiz ni papel. Empecé a escribir sobre el cocuyo y pronto me encontré contando el parto, las catorce horas de dolor en las que se me olvidó que alguien había revoloteado en mi vientre llena de luz. Las escenas de ese día en el que creí morir volvían a mí en ráfagas; esas las escribí, así, fragmentadas como despedazado había quedado mi cuerpo.

Traté de llenar las líneas con frases que explicaran la intensidad del dolor y no sé si lo logré. Muchas personas me dicen que sí pero no estoy segura. Intenté contar cómo se siente llevar puntos en donde no los debe haber, amamantar y dar calor mientras las punzadas carcomen aquel lugar íntimo y suave; observar los senos convertirse en enormes globos lácteos y luego vaciarse quedando como salvavidas desinflados. De verdad que lo intenté. Me esforcé en expresar que los sentimientos extremos se reúnen; se llora y se ríe, se odia el dolor y se ama el nuevo ser que hace compañía. Algunas veces no puedo asegurar que lo viví, solo me convenzo cuando vuelven las ráfagas. El cocuyo, sin embargo, siempre está presente pero ya no vuela. Ahora me toma de la mano y me acaricia la cara. La luz se ha posado en un par de ojos marrones que me miran buscando respuestas a todos los porqués de la vida. Escribo para contarle todo lo que no le puedo decir, para que un día lea lo que sus oídos de seda todavía no pueden escuchar.

 

 *Publicado en Hacedoras: mil voces femeninas por la literatura venezolana. Tomo I (Editorial Lector Cómplice, 2021).

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5 CUENTOS  DE NAIDA SAAVEDRA

 

Es el estrés*

 

La aceituna rodó por el suelo y no se dio cuenta hasta que la uña del dedo gordo se le llenó de ese jugo ácido. ¡Qué vaina! Una aceituna menos pa'l sánduche. Agarró sus macundales y se fue. El piso lo limpiaría después.

Caminaba siempre para agarrar el bus y pasaba por su casa para ver si lograba verla. Esa puta, esa hija de la gran puta. Se creía mucho porque se llamaba Angélica María como la actriz mexicana. ¡Qué idiota! De actriz mexicana lo único que tenía era el copete lleno de laca, más nada.

La lluvia, qué necia era. Y el paraguas a pedazos, por supuesto. Es que si no es una vaina es otra. Permiso, señora, gracias. Menos mal, una silla en el bus. ¡Coño! Una mujer preñada. Tenía que subirse una mujer preñada. Carajo... Señora, siéntese aquí. Y yo, claro, parado con el morral y todo este verguero encima. Pero ella como tiene barriga... En fin. La rutina lo arropaba. Se le cayó el morral al bajar del bus. Llevaba un bolsillo abierto y ¡paf! todos los bolígrafos al piso. ¡Veeeeeeerga! No pego una, no joda.

Entró a la recepción y se sentó un minuto para secarse un poco el agua que le chorreaba. Qué desastre, qué clase de impresión voy a causar en la entrevista. Todo es culpa de Angélica María. Si no hubiera pasado por su casa hubiera agarrado el primer bus y hubiera llegado aquí a tiempo. Posiblemente seco. Sí, sí. Estoy aquí para la entrevista. Sí, claro, aquí tiene. Disculpe, se mojó un poquito, es que se me cayó el morral en el suelo y... Gracias.

Esperaba que la secretaria lo llamara para entrar a la entrevista. Tres de los grandes, tres de los chivos publicistas. Un puesto de diseñador junior. Diosito, haceme el milagro. Se miraba los zapatos llenos de barro y meditaba si le daría tiempo de ir al baño a limpiarlos un poco. ¿Cómo? Sí, gracias, gracias.

Se pasó la mano por la cabeza en un intento de acomodarse los crespos y entró con las maquetas en la mano. No tenía tableta ni laptop para portar su trabajo pero era bueno, muy bueno. Siempre quiso ser pintor, pero para qué... ¿para morirse de hambre? Así le decía siempre su madre. Sí, disculpen, es que me vine en bus, vivo lejos de aquí, y la lluvia y eso y... Sí, sí, ja, ja, ja. Claro, aquí están, estos los hice para mi pasantía. Y estos solamente yo, en mi casa, practicando. ¿Cómo? ¿De prueba? Eh, ¡sí! Claro. Se tropezó al salir de la oficina, se le cayó el portafolio con las impresiones. Tardó unos segundos en recoger todo y en disculparse. Maldita mi suerte, siempre ando pasando pena. Carajo.

Dos semanas de prueba. Bueno, no está mal, algo es algo, para no hacer nada... Ya vas a ver, Angélica María. Ahora me vas a decir quién es un don nadie. Puta, puta, mil veces puta.

Llegó y recordó la aceituna. Ya para qué limpiarlo, estaba seco. Empezar en un trabajo nuevo un viernes era algo muy raro, pero querían que fuera al otro día. Había mucho trabajo por los anuncios del fin de semana y un diseñador estaba enfermo con dengue. No le dijeron eso, escuchó a la secretaria contarle a alguien por teléfono. Seguro que vuelve el tipo ese y me mandan pa’ mi casa. Ah, qué vida del coño tengo. Recordó que Richard le dijo que las aceitunas se pueden dejar fuera de la nevera. Que duran para siempre. Menos mal, qué hambre tengo y apenas son las once de la mañana. Otro sanduchito de aceitunas no me caería mal. Richard lo había convencido de probar eso, nada tradicional. Siempre pensó que un sánduche sin queso no era realmente un sánduche pero Richard, chef frustrado, se la pasaba viendo canales de cocina en casa de su abuela y estaba obsesionado con la cocina peruana. Sánduche de aceitunas negras, eso era la bomba. Qué vaina tan buena. A ver, Angélica María, apuesto a que nunca has probado esta cosa tan fina. Porque lo único en el mundo no es el pelo, miiiiiiiija. Hay otras cosas en la vidaaaaa, perra, como los seres humanos, por ejemplo.

Diyei lo esperaba a las doce en el bar de Tito. Le decían Diyei porque era un diyei. Te juro por el coño de su madre que nunca, nunca, nunca tendré hijos. Pero nunca, nunca, nunca. Los coñitos del apartamento de arriba lo único que hacen es joder la paciencia. ¡Verga! Sí, sí, mañana empiezo. Tampoco es la gran verga, mijo, dos semanas nada más. No creo... Lo que creo es que les di lástima porque llegué como pollo remoja’o; literalmente. Por cierto, como mi celular se rejodió, di tu número para que me llamen. No quiero que mamá atienda el teléfono si llaman al apartamento. No seáis maldito y brindame otra. Se quedaron allí dos horas y muy pronto comenzó a sudar. Pero más de lo que normalmente suda. Deja de joder, que me bañé esta mañana, debe ser el estrés. Uf, qué calor.

Se levantó de la silla y se mareó. Por un momento recordó a la embarazada del bus, y dio gracias por no ser mujer. Como no tenía nada que hacer se le ocurrió que podía ir un rato al centro a visitar al clan. Los grafiteros del bajo mundo. Los panas. Todos los jueves tenían una reunión para ver qué andaba haciendo cada uno. Casi todos trabajaban tatuando gente y unos pocos seguían intentando entrar en galerías de arte con pintura de caballete. Apostando al gusto moderno de los ricos. Dos habían tenido los cojones de irse a Europa a aventurar y habían tenido éxito. Un par por ahí se había metido al mundo del diseño. De algo hay que ganarse el pan, ¿verdad, mijo? Sí, papáaaaaaa, aquí estoy. Me llamaron. Mañana empiezo pero a prueba por dos semanas. Todos son unos coños de su madre. Seguro que me botan antes de que termine la semana, pero bueeeee... ¿Yo? No, un poco cansado, pero no, más nada, es el estrés. Maldito estrés. Chinga su madre. ¿Ah? Así dicen los mexicanos. Me gusta, chinga su madre, chinga su madre, requetechinga su madre. No, no la he visto. O sea, sí la he visto pero no de hablar ni nada, a veces la veo cuando paso por su casa para agarrar el bus. Yo no entiendo cómo una tipa tan puta puede ser maestra de preescolar. Desde el colegio la tenía en la mira. Siempre la veía pasar por los pasillos con la faldita azul de tablones y la franela beige. Los pezones se le notaban y lo ponían como loco. Caminaba con un vaivén exagerado, como si quisiera que todos la miraran. Recordó cuando le habló por primera vez. Hola, linda, ¿te invito un jugo?, y ella muy dulcemente y con una sonrisa de ángel le contesto: no, mijito, estás muy feo y hueles mal, ja, ja, ja. Puta de las inmensidades siderales, cuando te mueras a los gusanos les va a dar indigestión. Y después diarrea por una semana.

Todos los del clan estaban solteros. Ya nadie se mete con un pintor, yo creo que pintor y sacerdote es lo mismo. Es más, la profesión de sacerdote es mejor porque te dan pan y vino gratis. Y la gente te besa la mano, sin importar si te la pasaste por el culo. Ahora andaba con la manía de ponerse pantalones rosados. Consiguió uno blanco de hombre y lo tiñó. Todos se burlaban de él pero eso no le afectaba. El color rosado se había convertido en un símbolo de identidad personal que lo definía ante la sociedad, según respondía cuando le preguntaban por qué usaba esa mamarrachada. A mí me tiene verde la cuestión esa del feminismo. Sí, yo sé, eso tiene mucho tiempo, ya nadie le para, pero yo quiero decir algo. Si ellas son feministas, yo soy masculinista. Sí, masculinista. No se rían, coños de su madre, que es en serio. ¡El rosado no es estrictamente para las mujeres! Sí, sí, hay camisas rosadas para hombre pero pantalones no, ¿quién se va a cubrir el huevo con tela rosada? Nadie. Yo, con esto no tengo ni que hablar, es una bandera de mi revolución ideológica y filosófica. Al terminar esa frase se volvió a marear e instintivamente su mano buscó el espaldar de una silla para apoyarse. Todo el clan se aglomeró a su alrededor y lo miraban con ojos sorprendidos. A los pocos minutos se repuso y se paró como si nada. Se pasó la mano por el pelo, se despeinó y después se limpió las comisuras con el dedo gordo. ¡Qué médico ni qué médico! Yo lo que tengo es estrés, hambre y calor, es todo.

Salió de allí pensando en las aceitunas. Tenía hambre, últimamente tenía hambre todo el tiempo. Su madre le decía que eran lombrices pero él por supuesto no creía eso, las lombrices solamente les salían a los niños. A veces pensaba que había desarrollado una obsesión hacia las aceitunas negras. Comía a cada rato y en grandes cantidades. Su madre ya estaba un poco preocupada y lo miraba raro; además le decía que comiera otra cosa, queso, carne, pollo, algo más. Pero no podía contenerse las ganas. Todo es culpa de Richard; es como si me hubiera inyectado heroína, el muy perro, me dio el primer sánduche y ya no puedo parar. Qué vaina tan buena. Se montó en el bus con la boca hecha agua y lo primero que vio fue a un hombre mayor escuchando música con audífonos. Verga, es la imagen que menos quiero ver ahorita. El ridículo hecho pasta. Como quisiera arrancarle los audífonos esos, mijo, sois viejo, mijo, vieeeeejo. Los viejos no usan audífonos. Y por supuesto el único puesto vacío está al lado de él. Qué vida del coño. Buenas tardes, con permiso. Gracias. Rocío Durcal, oigo la cancioncita, tiene el volumen muy alto. ¡Rocío Durcal! Eso es lo que me faltaba. De todos los cantantes malos del mundo este viejo del coño viene a escoger a Rocío Durcal. ¿Y tú, Angélica María? Seguro que te gusta esa vieja porque se creía mexicana, igual que tú, y usaba unos copetes tiesos, igual que tú. ¿Pero qué veeeeeerga? Chocamos... ¡Y contra un taxi pirata! Aquí nos darán las diez de la noche. Permiso, permiso... Sí, por favor, gracias, permiso. Estaba cerca de su apartamento y decidió caminar. Las calles le parecían más estrechas que de costumbre y el calor más abrasador. Se sentía como burro de carga, todo el día afuera y bajo el sol. Luego se sintió peor. Pasó por un estrecho callejón lleno de containers de basura y el olor penetrante le nubló la vista y el pensamiento. Ya casi cuando se empezaba a desplomar escuchó un aullido de lamento y la voz le llamó la atención. Es un cachorro. ¡Es un cachorro recién nacido! El aullido delicado lo sacó bruscamente de su sopor y prácticamente lo obligó a arrodillarse para encontrar la criaturita que necesitaba ayuda. Seguro algún coño de su madre tiró al perrito a la basura. Es que hay que tirar una bomba atómica y matar a todos los malditos. Perritoooooo, perritoooooo, chiquitooooo, vení, vení. Verga, dónde está... Perritoooooo, bonitooooo... ¡Ah! Ya lo vi. Vení, no te voy a hacer daño, ajá, chiquito, tranquilo. ¡Agh! No me lamas la cara... Guácala. Quién sabe lo que habrás comido por aquí. Vámonos, ahora quién le aguanta la lengua a mamá. Cuando la veas, tienes que poner tus ojos de borrego a medio morir para convencerla pero ahorita no, está trabajando, haciendo uñas a las viejas realúas. Sí, perrito, mi madre es una esclava, se sienta a los pies de las copetúas y se los lame. Les pinta las uñas y les saca los uñeros; es lo mismo que lamerles los pies. ¿No te parece? Tengo que ponerte un nombre. Cuál será... ¡Ya sé! ¡Mazinger! ¡Mazinger Z! Deja de lamerme, carajo.

Se sintió muy bien, por un momento se sintió como un héroe. Un pobre perro no moriría por él, lo había salvado. Hasta la imagen de Cristo le pasó unos segundos por la cabeza. Era un acto humano, al fin y al cabo sí tenía sentimientos aunque la vida le dijera lo contrario. Se metió al cachorro famélico dentro de la franela para darle calor y sosteniéndolo por fuera con los brazos le decía cosas tiernas. Por lo menos tengo más corazón que tú, Angélica María. Por lo menos me conduelo de una pobre criatura, tú por el contrario te crees artista y no llegas ni a... ni a... ni a ninguna verga. Recordó la segunda vez que habló con ella. Ya estaba en la universidad y volvió a verla cuando un día de casualidad pasaba por la facultad de Educación. Ya no solo se le marcaban los pezones, ahora se le veía la rayita entre los senos con el escote que cargaba. No tenía buenas piernas, realmente, pero los senos eran exuberantes y estaban muy bien puestos. Se le cayó el vaso de Pepsi que llevaba en la mano, se le puso duro el miembro y se le secó la garganta. Angélica María, no la veía desde la graduación del colegio. Con las agallas de vaquero del lejano oeste, se dirigió a ella y le habló. Angélica María, qué alegría volverte a ver, te ves muy bonita. ¿Te invito un jugo? Ella, con la misma sonrisa de niña que una vez le mostrara lo observó de pies a cabeza y se lo quedó mirando a los ojos por tres segundos. Cuando vuelvas a nacer quizás te acepte el juguito, ja, ja, ja. Recordó la risa burlona de Angélica María y se le amargó el alma. Puta, puta, mil veces puta. Ni que estuvieras tan buena, hay miles de mujeres que están más buenas que tú y que tienen las tetas mejores que tú y que además tienen culo y piernas. Puta, puta, reputa hija de la puta más puta de todas.

Se limpió las gotas de sudor que le cubrían el bozo y con la mejilla acarició una oreja del perro. Caminó bajo el sol ardiente y finalmente llegó al apartamento. El ascensor servía gracias a Dios y la luz no se había ido en todo el día, así que había que aprovechar la gracia divina y descansar por treinta segundos mientras subía. Te voy a dar aceitunas, seguro que te gustan. A los perros les gusta cualquier verga, con tal que sea comida. Ah, pero estás chiquito, aaaaayyyy lecheeeeee, en esta verga nunca compramos leche. El café me lo tomo negro y si mi mamá toma leche los peos no se aguantan, se los tira hediondísimos. Te fregaste, no hay leche. Te voy a dar jugo de pera. Cualquier vaina es mejor que nada, ¿verdad, Mazinger? ¡Coño! ¡Te dije que no me lamieras!

Sonó el teléfono y era su mamá. Se estaba fumando un cigarrillo y le había pedido prestado el celular a una amiga, la manicurista que se sentaba a su lado. Le preguntó cómo le había ido en la entrevista y al mismo tiempo le pidió disculpas por no haberlo llamado antes pero había mucho trabajo. Sí, vieja, seguro que todas las carajitas se antojaron de hacerse los pies hoy jueves, seguro se van mañana de bonche. Me fue bien, aunque pasé una peeeeena porque me mojé en la lluvia y se me ensució el pantalón. Sí, el rosado. Porque sí, porque ese pantalón... No importa eso. Lo importante es que mañana comien... ¡No grites, vieja! Solamente es por dos semanas. Ajá. De prueba. Ajá. Ok, ok, hablamos después. La madre, emocionada, le había prometido hacerle unas arepas de puerco para celebrar, con bastante perejil y salsa rosada, sus preferidas. Le pidió que esperara a que ella regresara del trabajo para cenar juntos. Él se lo prometió. Sin embargo, se lamentaba de no poder comer aceitunas para la cena. Y después de un minuto se dio cuenta que ya eso se estaba convirtiendo en una obsesión. ¡Qué va! Qué obsesión ni que obsesión. Son aceitunas, ni que fuera coca. En fin. ¡Mazinger! Vení que te doy una cosa que te va a encantaaaaaar. ¿Mazinger? Ay, perro del coño, te viniste a mear en la cocina. Realmente no era necesario limpiarlo en ese instante, lo más importante, pensaba él, era alimentar al pobre animal.

Mientras ambos degustaban las últimas aceitunas del plato, sonó de nuevo el teléfono. Era Diyei. Lo invitaba a ir a jugar una caimanera de fútbol detrás de la plaza, en la cancha abandonada. A las cinco de la tarde. Él no tenía ganas de ir, estaba cansado y volvía el mareo fastidioso pero Diyei insistió. Agarró los tacos de fútbol y se fue. El perro se había quedado dormido después de comer.

Aunque ya eran las cinco el sol les picaba en la cara a todos los jugadores. Se desplomó un par de veces durante el juego pero todos pensaron que se tiraba a propósito para que le anotaran faltas al equipo contrario. En cada caída se hacía el loco y se decía a sí mismo que era el calor. Al terminar el primer tiempo le pegó la boca al grifo de agua que surgía entre la grama. Sentía una sed terrible y no podía evitar pensar que en cualquier momento se desmayaría. Diyei, ¿qué tienes en los ojos? ¿Por qué están azules? ¿Por qué te los maquillaste? ¿Cómo? No estoy loco, chico, ¡te estoy viendo! De verdad, decime la verdad, ¿te hiciste cirugía plástica en la nariz? Te la veo larga y puntiaguda. No jugó el segundo tiempo. Decidió irse a su casa a descansar y de excusa dijo que tenía que prepararse para su primer día de trabajo. Tenía mucho que hacer, entendieron todos.

Comenzó a caminar y se percató de que el cielo se estaba nublando. Los colores de las nubes le llamaban la atención, sin  embargo. Se tornaban amarillentas cuando deberían estar grises si estaba a punto de llover. No le prestó mucha atención al caso y pensaba en su cama; quería acostarse enseguida y descansar. Allí podría pensar en piratas y en historias románticas en las que todo es hermoso, en las que hay amor verdadero. Cerró los ojos y por un momento sintió la brisa que le rozaba la frente. Abrió los ojos y se pasó las manos por las mejillas. Tenía las palmas llenas de escarcha. Se le dibujó una sonrisa en la cara y divisó a los pájaros multicolores que se habían antojado de seguirlo mientras caminaba de regreso al apartamento. Estaban empeñados en convencerlo de que se comprara pantalones morados. El color morado era más feminista, le explicaban los pájaros. Él no les prestaba atención. Había otras cosas en que pensar; por ejemplo, hacía mucho calor y sus zapatos de piel de dinosaurio habían comenzado a derretirse. Se lamentaba de no haberse puesto los de pelo de conejo, esos eran mejores en estos días calurosos. Siguió caminando así pero no pasaron más de cinco minutos antes de que se quedara descalzo. Después se dio cuenta que las ardillas de Canadá, las que había visto en televisión el otro día, habían llegado con sus maletas a pasar el verano allí y venían a pedirle que les mostrara el barrio. Eran cuatro y todas muy coquetas le pestañaban para convencerlo. Aceptó y las paseó. Las tomó de la mano con su dedo meñique y les enseñó el abasto, la panadería de la esquina y el kiosko de revistas. Luego les dio la vuelta por la redoma donde estaba la parada de bus y ahí se despidió de ellas. Se volteó para finalmente regresar al apartamento y acostarse un rato pero el Principito le tocó el hombro y le dijo que acababa de aterrizar con un meteorito a dos cuadras de allí. Algo estaba pasando y él debía solucionarlo pero estaba perdido. Se dio un golpe en la frente y le preguntó a los cielos cuándo podría llegar al apartamento para finalmente acostarse. Estaba exhausto. Le dio lástima el Principito y lo llevó hasta el limpiabotas que siempre se paraba al final del centro comercial. Un día le había escuchado decir al niño que quería conocer la luna. Pensó de este modo que el Principito sería de gran ayuda. Al verlos conversar e intercambiar chapas de botellas de refrescos se escapó sin que lo vieran y se metió por callejones solitarios donde solamente el olor a moho lo miraba al pasar y la música de Madonna le cantaba al oído. Luego se miró el cuerpo y se dio cuenta que andaba en interiores. En algún lugar del trayecto había dejado los pantalones rosados. ¡Verga! ¿Y ahora adónde voy a conseguir otros? Se consoló pensando que sus interiores eran de rayitas plateadas, algo muy de moda que había visto en E! por cable, en casa de Diyei. De repente se dio cuenta de que alguien lo seguía, no quería voltear por temor a morir descuartizado por la banda de osos panda que era prófuga de la justicia. Eran muy altos y portaban navajas. Todos. Además sabían karate. Aceleró el paso y en pocos segundos comenzó a correr. El cielo y las calles se pintaron de violeta y las paredes de los callejones de un amarillo claro. Tengo una muñeca vestida de azul, con zapatos blancos y un canesú. La llevé a paseo, se me resfrió. La dejé en la cama con mucho dolor. Esta mañanita me dijo el doctor... Se paralizó. No podía creer lo que sus oídos escuchaban. Se volteó. Era Angélica María. Había desplegado sus alas y lo seguía al ras del suelo, cantándole sobre el hombro. Qué bonita te ves, ¿te provoca un juguito? Ella aceptó. La tomó de la mano y le besó los nudillos, uno a uno. Le pidió al juguero uno de parchita y se lo dio a beber mientras la tenía sentada en sus piernas. Una gota de jugo le cayó entre los senos y la lamió con lengua de jaguar. Le pasó la pezuña por el corpiño y la hirió al arrancarle el vestido blanco. La apretó contra sí. Angélica María había quedado atrapada entre su cuerpo y el carrito de jugos. El juguero se cortaba las uñas de los pies sin prestar mucha atención. La poseyó una y otra vez, hiriéndola y lamiéndola cada vez. Con su cuerno le abrió el vientre y le engendró un hijo. Igual a él. Un varón. Desmayada entre las cajas de cartón la tomó en sus brazos y siguió caminando, ahora completamente desnudo. Los vecinos lo saludaban y le soplaban burbujas de jabón al pasar. El del segundo piso lo vio por la ventana y corriendo sacó su guitarra al balcón y le tocó el Ave María. Entró finalmente al edificio. Con ancas de rana subió las escaleras, abrió la puerta del apartamento y depositó a Angélica María en el sofá de la sala. Tomó jugo de pera y le convidó. Ella no quiso. Quería usar el teléfono. Él se lo dio. Ella marcó un número y habló con su marido y sus tres hijos. Este es un muerto de hambre y además no sabe coger a una mujer, ja, ja, ja. La sorprendió por detrás y le jaló el pelo color caramelo que le llegaba a la cintura. La tiró al piso. Ella se golpeó la cabeza y quedó tonta. Se subió sobre ella y le agarró el cuello, poco a poco la fue apretando más y le contaba del colegio, de los árboles llenos de pájaros, de las empanadas que tanto le gustaban y de la falda azul que siempre recordaba. Apretaba más y más y oía unos griticos, unos aullidos. Un cuerpo resbaladizo trataba de zafarse de sus manos pero no lo conseguía. La voz se fue apagando. Él seguía contándole de la universidad, de cuando la vio parada en el pasillo con sus amigas, de cuando le invitó un jugo, de cuando ella lo despreció. La apretó más, sus manos se ponían moradas y los ojitos marrones empezaban a cerrarse despacio. La nariz helada dejaba de transpirar. Las orejas finalmente cayeron plácidas sobre la alfombra de la sala, donde hacía unos minutos había defecado. A la mañana siguiente sonó el teléfono. Era Diyei. La madre, en silencio, contemplaba los dos cuerpos sobre la alfombra, uno al lado del otro. Ya uno comenzaba a abombarse. Y pensaba que Perucho pronto se despertaría y se pondría a limpiar todo el excremento, aunque conociéndolo como lo conocía sabía que seguro lo dejaría para después.

 

*Publicado en el libro de cuentos Vestier y otras miserias (Verbum, 2015).​​

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Millas y kilómetros*

 

La verdad es que ya no pelean. Antes discutían mucho. Por cualquier cosa perdían energía en malas caras y varias horas de silencio, porque Ricardo no volteaba las medias antes de echarlas en la cesta de ropa sucia o porque Naty no se fijaba cuando el carro se iba a quedar sin gasolina. A Ricardo le gusta echarle picante a todo, a Naty le da un telele si no tiene un pedazo de queso para acompañar cada comida.

Ya se han vuelto dos viejos, en cuanto a la percepción de la esencia de la vida se refiere. Llegaron a comprender que cada quien es diferente y que eso está bien. Ahora Naty le regala a Ricardo salsas picantes para el cumpleaños. No son de cualquier tipo, como esas que venden en el supermercado. Naty se esmera en conseguir unas hechas aquí en Winterland, sin aditivos químicos, o con ingredientes diferentes a los que Ricardo está acostumbrado. Ha dado en el clavo con las de pineapple and red jalapeño, berry and chocolate, y la última, peach sriracha. Ricardo disfruta buscando quesos salados y frescos para Naty. En la tienda griega siempre hay. Ya es un cliente asiduo. Lo reconforta verla deleitarse con el gusto y recordar el sabor del queso de su tierra natal, del Caribe, su Caribe, un Caribe lleno de ganado.

Para llegar a este punto pasaron muchas cosas, varios años, unas cuantas mudanzas. Un ir y venir de maletas, memorias compartidas y furtivas, besos y agarradas de mano, millas y kilómetros; porque han medido la distancia recorrida tanto en millas como en kilómetros.

Naty y Ricardo se conocieron de casualidad. Una vez Naty acompañó a una compañera de la universidad del sur a una clínica veterinaria. Su cachorro estaba enfermo. No era nada grave, una indigestión que desaparecería con medicinas. Cuando entró con la amiga al consultorio, allí estaba Ricardo, era el pasante de técnico veterinario de turno. Desde ese momento Naty se interesó mucho en los productos para caninos y felinos que salían al mercado y que casualmente promocionaban en la clínica veterinaria a la hora precisa en que Ricardo estaba trabajando. Naty no tenía mascotas.

Ahora recuerdan esos momentos y se ríen de sus propias picardías, de lo alegres que eran a pesar de la nostalgia perenne que consumía sus días. Desterrados, se conocieron cuando empezaron a dar por hecho que ocuparían esta tierra por el resto de sus vidas, esta tierra que dista bastante de ser de nadie, y que por el contrario es de muchos. Encontraron entre sus picardías un refugio, un lugar común en el que podían ser libres, un hogar con olor a limón y a mango.

Naty y Ricardo crecieron en la costa. Ella miraba al mar mientras él chapoteaba en el océano. Ella se bañaba en las olas todo el año, él solo en la Navidad, durante el verano. Para Ricardo la Navidad era de manga corta. Para Naty lo era toda la vida. Ahora en Winterland, muy lejos de ese mar y de ese océano, y lejos también del pueblo de la universidad del sur, no comen empanada frita hecha de maíz y rellena de cazón, tampoco comen empanada horneada hecha de trigo y rellena de carne y pasas. Pero sí comen arepa y papas salteadas.

Cuando Naty conoció a Ricardo, él no tomaba café. El té era la bebida estimulante por excelencia en su vida. Tomaba mucho, un té verde o negro por la mañana antes de irse a trabajar con perros y gatos, y uno de manzanilla por la noche después de un largo día. Naty jamás bebía té. Era sólo para curar dolores de estómago. Con el tiempo él descubrió el gusto por el café y ella le dio la bienvenida al té, siempre bajo las cobijas viendo una película policiaca.

La verdad es que ya no discuten si una bebida es más importante que la otra. Todos los días toman café con leche en el desayuno y varias tardes a la semana comparten un té para el lonche, cuando los horarios coinciden. Hace años con unos ahorros se compraron una cafetera buena que hacía espresso. Ahora pudieron adquirir una mejor que hace espresso y cappuccino. También una tetera que no se rompe fácilmente. Y para ellos esa es la felicidad.

Pero antes de comprar la cafetera vivían en el pueblo de la universidad del sur. Antes de comprar la cafetera apenas eran novios. Antes no tenían hijas. Antes vivían volando, en el aire. Tomados de la mano y mirando las calles desde las nubes descubrieron que no podrían separarse y que esa tierra que veían sería la suya, la de ambos. Pusieron los pies descalzos en el suelo y se besaron. De ese beso nacieron sus hijas. De ese beso también salió la energía para terminar de estudiar y buscar trabajo.

Y hacer papeles de inmigración.

Y buscar otro trabajo.

Y mudarse a una ciudad lejos del pueblo de la universidad del sur.

Y comenzar otro trabajo, una y otra vez.

Y seguir estudiando.

Y mudarse a un sitio aún más lejos. Un sitio llamado Winterland.

Para empezar en otro puesto, una vez más.

Se tardaron mucho tiempo en creer que realmente se habían mudado a Winterland. Qué frío del carajo. Tomaron mucho café y mucho té. Ahora también lo hacen, eso no ha cambiado. Sin embargo, la piel se les ha engrosado. Naty ya no usa doble media, leggins térmicos y calentadores. Ahora sólo lleva un par de pantalones gruesos y botines. Ricardo ya no se pone tres capas de franelillas. Pero siempre vuelven al café; los calienta y les abre los ojos ante el frío y todo lo que hay que hacer, el trabajo, la burocracia, la rutina, la realidad. El aroma  del café les recuerda a Naty y Ricardo que están presentes, que la vida no se ha ido por las rendijas de la terraza como se va la nieve cuando se derrite. A cuentagotas se desvanece la nieve, lentamente.

La verdad es que ya las sonrisas se dibujan muy fácilmente en sus rostros. Naty y Ricardo se ven y sonríen. Luego se abrazan. Tratar a humanos o a perros y gatos es, al final, lo mismo. Todos tienen necesidades que hay que atender, tragedias, miserias. Todos requieren una mirada y un poco de atención. Con sólo eso los animales y las personas mejoran y siguen adelante, se van a sus casas con los amos, se gradúan al final de la carrera y enorgullecen a sus familias. Naty y Ricardo llegan a la casa con cansancio, pero se lo sacuden y sonríen porque ya les han mostrado ese gesto a pacientes y estudiantes, honestamente, sin obligación. Ahora les toca mostrarlo entre sus almas, en la tranquilidad del olor a limón y a mango, aunque estén desterrados, muy lejos de lo que alguna vez fue su casa, a muchas millas y kilómetros del pueblo de la universidad del sur.

 

 * Segundo capítulo de la novela Overworked (El BeiSmAn PrESs, 2025)..​​

 

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No pude hablar*

 

Cuando la vi de lejos me provocó abofetearla. Eso era lo que quería hacer. Había manejado por el quiosco varias veces y no me atrevía a bajarme. Pasó mucho tiempo hasta que finalmente me decidí. Hablé con papá y me dijo que ella no tuvo la culpa, ya con el cáncer tan avanzado y tanto dolor se volvió bueno, entre comillas, y me contó. Me contó y se murió dos días después.

 

Leticia se levantó a las cuatro de la mañana como todos los días. Se puso las cotizas viejas y se metió al baño. Se lavó con agua de pote y se puso una bata. Su cabello gris y muy liso estaba acomodado perfectamente en la parte más alta de su cabeza y tenía forma de cebolla, sin un pelo fuera de su sitio. Leticia se sentía limpia.

La mañana de los lunes siempre era así. Para muchos significaba el inicio de la semana sin nada de emoción; era un momento de queja contra la vida, aquella que obliga a madrugar e ir a trabajar. Para Leticia la mañana de los lunes era como cualquier otra, como la de los martes, como la de los jueves. Había que levantarse, asearse y laborar, porque eso era todo lo que había que hacer.

En su última visita, Cristina le había traído un paquete de café cubano. En Miami venden muchos productos cubanos, le había dicho. Realmente olía rico e impregnaba la cocina con el aroma al empezar a colarse. Leticia podía pasar la mañana entera sin comer pero no era capaz de comenzar la faena sin beber café. Generalmente se tomaba cinco tazas al día; una por la mañana después de lavarse, una a media mañana, otra después de almorzar, otra a media tarde para la merienda y la última para acompañar la cena. Como era costumbre, agarró la taza de café, negro y amargo, y se la tomó parada mientras veía el tendedero de ropa a través de la ventana de la cocina. Contemplaba la ausencia de camisas y batas; ese día no le tocaba lavar.

 

Tragó el último sorbo y puso la taza en el lavaplatos. El primer traste de la mañana. Lo dejaría para después. Los quehaceres no le desagradaban pero lavar los platos la incomodaba. Las manos se le llenaban de esas arruguitas finitas que les salen a los viejos, esas que normalmente aparecen por una larga vida recorrida. No obstante, Leticia insistía en que la culpa la tenía lavar y lavar platos todos los días. No pasaba uno en que no tuviera que desprender restos de comida de cubiertos. Los pocillos con marcas de labios, los vasos con señas de haber hospedado un poco de jugo. Todo había que limpiarlo, dejarlo impecable.

Leticia pensaba que la pulcritud de la casa era un reflejo de su alma. Quizás por eso se afanaba tanto en que el ambiente diera la impresión de estar intacto. Cada detalle debía permanecer como si nada hubiera pasado, como si ninguna lágrima se hubiera derramado, como si el pasar de los años no hubiera borrado la alegría.

 

Me estacioné cerca del quiosco y me bajé. Me temblaban las piernas y no podía creer lo que estaba haciendo. Vi a la señora como siempre, sentada y mirando al vacío, esperando que algo extraordinario le sucediera. Me le acerqué y la pobre mujer no logró pronunciar palabra. No hubo necesidad.   

 

Leticia caminó hacia el gabinete y sacó la harina. Luego de prender la hornilla puso encima el budare para que se fuera calentando. Se puso a pensar en cuántas arepas habría hecho en su vida. Rememoró la época en que sus hijos estaban pequeños y se sentaban a la mesa juntos. Leticia hizo dos arepas y las asó en el budare. Luego se sentó a la mesa, sola. La mantequilla era suficiente para ella. A veces le ponía queso cuando le alcanzaba para comprar o cuando uno de los hijos le llevaba varios kilos para que le durara. Eran buenos sus hijos, siempre lo pensaba y le agradecía a Dios por enviárselos. Siempre agradecía que todavía la quisieran, aunque los hubiera regalado. Se le vino a la mente el momento en que dio a luz a cada uno de sus ochos hijos. Parir se convirtió en una acción sin mayores repercusiones para ella. Después del tercero cada criaturita salía disparada, como un pez, resbaladizo, sin trauma. Leticia paría y se llenaba de esperanza. Leticia paría y esperaba que todo cambiara.

Leticia vio su plato vacío y agarró la segunda arepa. Con una mano la sostuvo y con la otra la abrió usando un cuchillo con un movimiento exacto. La concha se quedaría abandonada en el gabinete mientras que el corazón se iría lleno de mantequilla y aprisionado por el tenedor para poder ser degustado por Arturo. El viejo estaba postrado ya, no podía caminar, y de comida digería muy poco. El suave corazón hecho de harina era una de las pocas cosas que toleraba. Leticia le hacía la comida y no importaba en qué momento se la daba pues para Arturo las horas se transformaban en un tiempo perenne e interminable. Permanecía atento pero ya no asimilaba que los días eran diferentes que las noches.

 

Es que no pude hablar. Lo tuve frente a mí y no pude hablar. Y yo sé que era él; lo supe cuando lo vi de pie al lado del carro. Llegó no más, apagó el carro y se bajó. Dejó la puerta abierta y me pareció muy raro eso porque nadie deja la puerta abierta cuando se baja. Medio asustada lo vi venir pero cuando se acercó me di cuenta. Era él. Y no pude hablar.

Llevaba puesto unos pantalones azules, zapatos negros y una camisa verde oscuro. Tenía el pelo cortico y peinado de lado. No estaba ni gordo ni flaco, más bien se veía fuerte. Y altote, era altote.

Se bajó del carro y comenzó a caminar hacia donde estaba yo y me quedó mirando. Me tocó la cabeza, me acarició el pelo y luego me besó en el cachete y me dijo “Dios te bendiga”. Eso fue todo. No me dijo más nada y yo no pude hablar. No lo pude bendecir yo, no le pude decir ni una palabra.

Primero pensaba que me había muerto y me lo había encontrado en el cielo. Después de un ratico me di cuenta que estábamos los dos vivos, que de verdad lo tenía frente a mí. Y yo creo que pasó mucha gente así por la carretera pero yo no presté atención porque ni podía moverme. No podía decir nada. Estaba como inmóvil. Me dijo “Dios te bendiga” y me besó en el cachete. Sus labios eran suaves. Y olía rico, tenía perfume. Se veía bien cuidado, o sea, que estaba bien, que no estaba pasando necesidad, así me pareció. Gracias a Dios.

Y bueno, luego se volteó y se fue. Se montó en el carro y se fue.

 

La ventana del cuarto donde estaba Arturo era la más grande de la casa. El viejo podía mirar a la calle y entretenerse viendo a la gente. Los días eran largos y sin poder moverse ni tener mucho tema de conversación, mirar por la ventana se había convertido en su mejor pasatiempo. Los hijos habían dicho que mejor era ponerlo allí, con la cabecera de la cama diagonal a la pared de forma que Arturo no tuviera que girar mucho y pudiera echar una mirada fuera. Leticia hizo lo que le dijeron sus hijos sin protestar. No había querido opinar. Leticia además se encargaba del aseo del viejo. Al estar postrado en una cama, Arturo no podía ducharse y ella lo limpiaba mientras permanecía acostado. Con mucha delicadeza le daba media vuelta para fregarle la espalda y las corvas. Le limpiaba las nalgas y le echaba una crema de bebé para que no se escaldara. Luego lo ponía boca arriba y terminaba de acicalarlo. Al final lo peinaba y le echaba desodorante. Siempre lo dejaba sin camisa por el calor, no quería trabajar de más y tener que lavar ropa llena de sudor.

Mientras lo aseaba no hablaba con él. A veces le decía algunas cosas cuando le llevaba la comida y últimamente su discurso se había vuelto repetitivo. Le reclamaba el no haberle dicho nada, le recriminaba que por su culpa hubiera perdido a su hijo. Ya no lloraba; tantos años habían pasado que el pozo de lágrimas asentado detrás de sus ojos estaba seco. Leticia le recriminaba a Arturo y él no decía nada, absolutamente nada. Solo la miraba con indiferencia.

Leticia no entendía por qué Arturo la había despreciado desde el principio. Ella no le dijo que quería irse con él. Arturo fue quien la sacó de su casa y se la llevó para vivir con ella. Las noches llegaron y la inocencia se esfumó. El tiempo la convirtió en mujer sin la opción de mirar atrás. Una vez Leticia le preguntó a su madre por qué la había dejado ir y su respuesta fue “es lo que te toca, naciste mujer.”

 

Cuando la miré a los ojos se me llenó el alma de ternura. Esa mujer era como un ángel, o no, más bien como una mártir. Qué sé yo. Lo cierto es que no pude decirle todas las cosas que pensaba gritarle. Había practicado el discurso triunfal de ese momento: no te perdono, espero que te mueras sola como crecí yo, no te mereces ninguna consideración por haberme dejado, no luchaste por mí. Tenía tantas palabras preparadas y no me salió nada de la boca. Su mirada me borró la amargura. Pero también me secó la garganta. No pude decirle nada. Solo la bendije y me fui.

 

Ay, mamá, veo a mi marido postrado en esa cama y pienso en ti; si estuvieras viva te gritaría que te equivocaste, que a mí no fue que me tocó sufrir, que sufro porque me da la gana, porque toda la vida lo he hecho y no sé qué otra cosa puedo hacer. No se me olvidan tus ojos agua’os cuando te estabas muriendo y me dijiste que te perdonara. En ese momento no comprendí por qué me lo decías. Luego entendí que mis hijos no habían nacido para padecer, que yo tenía que cambiar sus vidas. No podía quedar eso sobre mis hombros. Y por eso hice lo que hice. Por eso acepté la oferta de Luisa. Y de Ramona. Y de la señora Ruiz. Por eso dejé que se los llevaran y que se criaran con otras familias. Pero tú, tú no hiciste nada por mí, me dejaste, me arrancaron de tu lado y no te importó. O quizás no sabías qué hacer, no podías hacer más nada. Quién sabe. En este pueblo de sapos y culebras nosotras somos las hormigas más pequeñas y las que menos pican.

 

 Leticia salió del cuarto de Arturo y escuchó el celular. Quizás estaba en la sala. No se acordaba dónde lo había dejado la última vez que lo usó. Cristina se lo regaló e intentó enseñarle cómo usarlo para poder conversar a través de apps modernas que sirven para hablar a otros países. Ella no aprendió nada. Solo quería hacer y recibir llamadas.

Leticia comenzó a buscar el teléfono con la mirada hasta que en efecto lo encontró en la sala, sobre la mecedora. Sus hijos sabían que tampoco debían dejarle mensajes de voz porque ella nunca los escuchaba. Había que llamarla, esperar un poco que sonara el teléfono, ser paciente hasta que lo encontrara, quizás volver a marcar, y finalmente escuchar su voz.

Leticia cogió el aparato y se lo llevó a los ojos. Aunque había dejado los lentes en la cocina pudo ver en la pantalla que la había llamado Cristina. Ella siempre fue colaboradora, desde chiquita. Una vez que llegó a casa de la señora Ruiz ayudó mucho con los quehaceres. Leticia recordó el día que se la entregó. Cristina, de ocho años, obedeció y le dio la mano a la señora Ruiz pero las lágrimas se le salían sin tener fuerza para contenerlas. A Leticia no se le olvida cómo la miraba y sin palabras le rogaba que no dejara que se la llevaran pero sabía que era lo que tenía que pasar. Eso era mejor que perderla vendida por Arturo, como había ocurrido con Daniel.

La brisa entró por la ventana de la sala que se había quedado abierta durante la noche. A Leticia se le había olvidado cerrarla. Con tantas cosas en qué pensar a veces no recordaba todos los detalles de la casa. Eso sí, nunca dejaba pasar la limpieza. Mientras miraba el celular, Leticia vio de reojo la mesita al lado de la mecedora y se dio cuenta, por el reflejo que producían los rayos del sol, que había polvo acumulado. Dejó el aparato olvidado nuevamente y fue a buscar un trapo para limpiar la mesa. Mientras arrastraba las cotizas hasta la cocina volvió a recordar ese día. Después de que la señora Ruiz se llevara a Cristina, Leticia buscó a Arturo y lo insultó. Él no produjo respuesta alguna, realmente eran muy pocas las veces en las que Arturo le dirigía la palabra. Desde el mismo momento en que comenzaron a vivir juntos, él hablaba con ella solo para intercambiar información necesaria, para hacer un pedido especial del almuerzo o la cena, para decirle qué hacer. Mas ese día Arturo no le dijo absolutamente nada, solo escuchó y volvió a escuchar sus insultos, su llanto, su silencio. Nada de eso lo inmutó. Arturo pasó horas echado en la hamaca del patio mirando el cielo y pensando en el alivio que tenía; un muchacho menos a quien darle de comer.

Leticia volvió a escuchar el celular. Esta vez tuvo tiempo de acercarse a la sala, encontrarlo de nuevo y contestar.

 

¿Será que puedas venir para acá las próximas vacaciones? Quiero ver a los niños. Y dile a Peter que venga también para hacerle unas arepas de pollo como a él le gustan. Yo sé que él no quiere venir mucho al pueblo; dile que digo yo que venga. Yo sé que en el fondo no viene por tu padre. Convéncelo, dile que ya Arturo no hace nada, se la pasa ahí acostado como una momia. Ya no lo va a molestar más. Es como si estuviera muerto con los ojos abiertos. Es como si ya Diosito se lo hubiera llevado y hubiera dejado su cuerpo nomás. Es muy raro. Yo le dije al Padre el otro día que todo era muy extraño. Él me mandó a rezar para que me ayudara con las penas pero yo no recé. Ya estoy cansada de rezar.

 

La vida le da a uno cachetadas y luego lo deja a la deriva. ¿Qué iba a hacer yo con todo aquello? Una vieja que no sabía que existía, una mujer totalmente desconocida que vivía en un pueblito miserable, esa era mi madre.

 

A veces pienso que viniste a este mundo para hacerme sufrir, solamente para eso. No sé por qué, no te he hecho nada. Yo lo único que he hecho es parir y cuidar muchacho. Y limpiar y cocinar y atender el quiosco. Me acuerdo cuando me sacaste de mi casa. Trece años tenía, qué barbaridad, una niñita. En ese tiempo no es como ahora que las mujeres se casan a los veintipico; en ese tiempo lo sacaban a uno y ya. El padre de uno era como que no existiera porque al menos el mío no dijo nada. Las únicas palabras que le salieron de la boca cuando me vio salir con mi bojotico fueron “hazle caso a tu marido”. Y te hice caso, ¿qué más querías? Nunca te dejé, y cuántas veces lo pensé, cuántas veces armé un maletín para salir corriendo de la casa. Pero la esperanza, la esperanza me mantuvo amarrada a ti, como un animal que no puede vivir sin su dueño. Creo que lo hiciste para adueñarte de mí. Eso fue. Yo creo que eso fue. ¿Pero hasta cuándo esta vaina, chico? Ya han pasado demasiados años. ¡Y además te estás muriendo! Dímelo que te vas a morir. Quiero saberlo. ¡Dime a quién le vendiste a Daniel! Te vas a morir, ¡coño!

 

El día transcurrió sin novedades. Leticia atendió el quiosco, limpió la casa, aseó a Arturo. Al llegar la noche Arturo no quiso comer. A Leticia le pareció raro pues, aunque ya él no digería muchas cosas, seguía con apetito. Sin embargo, no le dio importancia, lo alistó para dormir y le apagó la luz. No le dijo nada. Arturo la observó mientras ella se alejaba y salía por la puerta del cuarto. Leticia se puso la bata de dormir y prendió el televisor. Le gustaba ver las noticias de la noche después de la novela. El cansancio le recordó que era hora de descansar. Fue al cuarto que ahora ella ocupaba sola, encendió el ventilador y se echó en la cama.

A las cuatro de la mañana se levantó y fue al baño. Su rutina acababa de comenzar como de costumbre. Primero el desayuno y luego el viejo. Se dirigió hacia el cuarto de Arturo a paso lento, sin ningún apuro. No había premura. En la habitación lo vio de cerca para darle de comer. Notó que el sudor le había empapado el pecho y que sus ojos estaban desorbitados. Respiraba con mucha dificultad y no la miraba. Tenía la boca abierta; la lengua parecía un pedazo de carne cruda.

A Leticia le dio angustia. Sintió desesperación por la posible muerte de Arturo, no se merecía fallecer así tan tranquilo. De repente recordó la cara infantil de Daniel, luego la de adulto cuando la fue a ver al quiosco. Sintió su olor y su piel tibia en el momento en que la besaba en la mejilla. Se percató de que Arturo nunca le diría nada. Entendió que jamás vería a Daniel de nuevo; hablar con él y decirle que ella no lo abandonó era imposible. Lentamente y sin dudar se sentó en la orilla de la cama. Retiró la almohada donde descansaba la cabeza de Arturo y en un instante le cubrió la cara. Leticia no tuvo que hacer mucha presión.

Pasaron solo unos segundos cuando vio que el pecho de Arturo no se movía. Le quitó la almohada y lo miró a los ojos. Se había muerto con los ojos abiertos.

El piso se llenó de mantequilla y de pedazos de arepa. Leticia se llevó las manos a la cabeza y maldijo al viejo una y otra vez. Gritó desesperada. Los alaridos eran de terror. Salió apresurada del cuarto al escuchar el timbre del teléfono. Lo encontró en la sala. Lo agarró con los ojos llorosos y la mente nublada. Contestó.

 

¡Aló! ¡Se acabó! Dios mío, se acabó.

 

​​

Your shift is over*

 

En algún momento de la vida han de desaparecer.

-¡Qué ojeras tan negras!

 

Algún día, algún día. Llevar dieciocho horas despierta no ayudaba mucho, sin embargo, siempre pensaba que en un futuro su vida sería mejor. Y no tendría ojeras. De repente las ojeras claras se habían convertido en un símbolo de su estabilidad emocional. Mientras más negras más cansada estaba y menos había dormido, lo cual quería decir que había trabajado más horas porque tenía que cubrir más gastos. Si se enfermaba Gladys y no iba a trabajar por dos días, ella tenía que cubrir las horas porque de otro modo no alcanzaba para pagar el cuarto. Gladys ya estaba un poco vieja y algo de los pulmones la afectaba. No sabían qué era. Si Gladys no iba a trabajar por dos días las ojeras de ella se ponían color café espresso. Generalmente, con el cansancio normal las llevaba color café latte. Hoy particularmente le dolía mucho la cabeza y no entendía por qué. Las ojeras eran como un termómetro pero de cansancio. Un medidor de cansancio. ¡Eso!

 

Con un poco de maquillaje no se pueden disimular.

-Levántate. Tenemos que irnos ya.

 

No le daba tiempo ni de ponerse crema en la cara al salir por la mañana. Si se iba de su casa cinco minutos más tarde no llegaba a subirse en el bus. Toda la ciudad estaba esquematizada. La ruta 38 pasaba a las 8:23am. No pasaba a las 8:20am, no pasaba a las 8:25am. Pasaba a las 8:23am. Ella no entendía cómo eso era posible. Todos los días a la misma hora. Con tráfico o sin tráfico. Y todos los días manejaba el mismo chofer, con la misma camisa, con la misma marca de almohada en el cachete derecho. A Gladys no le parecía gran cosa; decía que la ciudad era muy organizada porque era del primer mundo. En el tercero las cosas no eran así, todo se transformaba un total desorden. Ella no estaba de acuerdo. Estas no eran cosas de mundos, era algo muy raro. La señora del sombrero azul se sentaba en el cuarto asiento de la fila derecha, pegada a la ventana, siempre. El muchacho de bigoticos y pelo pegado hacia atrás se sentaba en el sexto, al lado del pasillo. Y así cada uno de los pasajeros. ¡Los mismos pasajeros cada día! Todo eso le resultaba muy extraño. Cuando a ellas les tocaba subir al bus, siempre había dos puestos vacíos en la quinta fila. Creepy.

 

Quizás había nacido con ellas.

-Ya viene nuestra parada.

 

Al bajar del bus caminaban por la Park Avenue durante quince minutos y ya. Muy fácil. La ciudad era completamente cuadrada y los mapas estaban diseñados de forma simple. Hasta ella podía descifrarlos. En el colegio sus compañeros se burlaban porque siempre andaba perdida. Luego inventaron el GPS y cuando en poco tiempo se hizo famoso y se empezó a instalar en los smart phones, en la universidad la empezaron a llamar dumb phone, porque esos no tenían GPS. Ella no percibía los detalles de las calles, de las plazas, de los semáforos, de los edificios en las esquinas; nada del paisaje resaltaba ante sus ojos para ayudarla a ubicarse. Eso no funcionaba. A cada instante le parecía estar caminando en una calle por primera vez. Sin embargo, allí era diferente. Mientras bajaban por la Park, la señora del quiosco de revistas saludaba a Gladys con la mano derecha mientras los arabescos celestes de su blusa se convertían en un mar ondeante. A ella nunca la saludaba. Todas las mañanas la señora llevaba la misma blusa. Aunque le incomodaba darse cuenta que la señora la ignoraba y que todos estos detalles que se repetían cada día le inyectaban más angustia, le agradaba el color de los arabescos. Ella siempre vestía de negro.

 

Había leído que en algunas sociedades son un símbolo de sabiduría.

-Vamos con el tiempo justo pero nos da tiempo de llegar.

 

El trabajo estaba bien. Con ese social security falso habían podido manejarse todo ese tiempo. Lo que le molestaba mucho era permanecer tanto tiempo de pie. Catorce horas si hacía sobretiempo. Antes de venir aquí le dijo una amiga internista que estaba propensa a sufrir de varices pero ya había pasado los treinta y no había tenido nada de dolor. Ni siquiera una muestra de líneas azules bajándole por la pantorrilla. Lo que sentía era cansancio. Mucho cansancio.

Vio a una mujer alta, fuerte y muy guapa en el porche de una de las casas de camino a la parada de bus. Esa mujer siempre regaba las flores del jardín vestida de enfermera. Y siempre llevaba unos zapatos grandes y redondos en la punta. Eran especiales para estar de pie muchas horas, se había enterado. Nadie se lo había dicho. Ella solamente hablaba con Gladys. Los vio en una vidriera hacía unos meses y le llamaron la atención. Recaros. Gladys no entendía cómo unos zapatos tan feos podían costar tanto. Ella pensaba que serían muy buenos para el trabajo. El dolor de cabeza se intensificó.

 

Su mamá no las tenía tan oscuras pero su abuela sí.

-Hoy seguro que nos toca pegar elástica.

 

A veces retomaba la idea de volver. Allá no pensaría en zapatos feos porque no tendría que estar parada tantas horas ni viviría como un robot, con una monotonía asfixiante y un encierro total. Solo salir al trabajo y volver. No hablar con nadie. No hacer amistades. Sobrevivir. Sin embargo, allá no podría sobrevivir. La matarían no mucho después de regresar. En ese momento la idea del retorno comenzaba a esfumarse.

Caminaron unas cuadras más hasta la fábrica. La puerta de madera con remaches gigantes le daba un aire de hacienda colonial. No obstante, la cajita de metal con diez botones diminutos para introducir un código de entrada le desdibujaba el aire imponente. 2010. Ese era el código de ella y el de Gladys. Usaban el mismo. 2010. El año que llegaron a esa ciudad.

En sus puestos ya tenían veinte yardas de elástica para empezar a pegarla a las pantaletas tipo bikini que saldrían al mercado en un mes. Después de varios años todavía le costaba calcular la diferencia entre yardas y metros. Un día cuando la ansiedad por no poder controlarlo la debilitaba, se dijo que no importaba convertirlo, que podía ordernarle a su cerebro que calculara basándose en yardas y pantaletas, en yardas y sostenes. Así podría hacer el trabajo, ese era el objetivo. Hacer el trabajo, terminar la jornada y salir para volver al otro día a hacer lo mismo. Qué dolor de cabeza que no se le quitaba.

 

Con unos lentes de sol grandes y modernos no se veían tanto.

-Viene el jefe. Háblale tú.

Al pasarse la mayoría del tiempo sin hablar, era prácticamente imposible aprender inglés. Ella había entendido la mecánica de la gramática leyendo el periódico, como lo había hecho su abuela con el español cuando terminó de parir a sus diez hijos. La pronunciación era otra cosa pero con la gramática bien puesta en la mente podía sobrellevar la lengua pesada y sin movimiento que tenía entre los dientes.

Your shift is over, dijo el jefe. No hubo necesidad de responder ni reclamar. Nunca hacía falta. Todos los días él se acercaba con la misma camisa roja de botones negros y les decía que se fueran. Ella, Gladys y todas las demás terminaban la faena soltando agujas, hilos y telas; agarraban sus bolsos de los percheros dirigiéndose a la salida. Atravesaban de nuevo la puerta de remaches. Todas doblaban hacia la derecha excepto ella y Gladys. Iban hacia la izquierda para caminar y tomar el bus de vuelta.

 

A veces le dicen que parece una muerta.

-El tiempo se pasó muy rápido hoy.

 

Caminaron en línea recta rumbo a la parada. El mismo chofer esperaría a que subieran los escalones para entrar al bus, pagaran sus pasajes y se sentaran para arrancar. Escogerían los mismos asientos y mirarían a las mismas personas que habían visto por la mañana. Con la misma ropa. Con las mismas caras de decepción.

Cuando habían avanzado unas cuadras, a ella se le ocurrió romper la rutina y agacharse para oler una flor que sobresalía en el jardín de la enfermera de zapatos grandes y feos. Gladys le gritó que no lo hiciera pero ella no le hizo caso. Se acercó al borde de la acera saliéndose de la línea recta que siempre seguía; al inclinarse trastabilló y cayó sobre las flores. La enfermera gritó histérica. Se le oyó decir, my babies, my babies! antes de que se quitara uno de sus zapatos grandes y feos y se lo lanzara en la cabeza a ella. Con mucha rabia. En el momento en que ella se trataba de enderezar luego del golpe y atontada tratara de buscar la fuente de la agresión, la mujer vestida de enfermera le pegó en la cabeza repetidamente usando el otro zapato que le quedaba. Ella no pudo pelear, la enfermera era bastante fuerte y la sometió. La golpeó y la golpeó sin parar hasta que ya no se movió más.

 

Otros comparan sus ojeras con hematomas.

-Tienes que descansar.

 

La sangre manchó los pétalos de las margaritas y las petunias. Las dalias quedaron intactas. Pensó en las dalias, las flores favoritas de su mamá. Pensó en que seguro por eso no se habían manchado. El cuerpo quedó allí por mucho tiempo, varias horas. La enfermera no lo movió. Agarró la manguera y siguió regando las flores, esta vez descalza. La policía llegó sin que nadie la hubiera llamado. La ambulancia nunca vino, no hacía falta. Sin respiración que chequear los paramédicos no salen de sus cubículos. Llegó el camioncito de la morgue -aquí la morgue tiene su propio camioncito- y se llevó el cuerpo. La enfermera no habló, nadie le preguntó nada. La policía no interrogó a Gladys, supusieron que no hablaba inglés. El agua de la manguera se llevaba poco a poco la sangre y la mezclaba con el abono que la enfermera les ponía a sus flores cada mañana antes de que ella y Gladys pasaran caminando frente a su casa.

Gladys no entendía lo que pasaba, solo quería tomarla de la mano y sobarle la cabeza. Atolondrada, y aunque ya no estaba a su lado, le ofreció ponerle hielo cuando llegaran a su cuarto. Nadie la escuchó.

Ella se sentía particularmente liviana, como si no pesara nada, como si estuviera hecha de aire. Le pareció oír a Gladys decirle que tenía que descansar. Al otro día había que volver a salir a caminar hasta la parada de autobús a trabajar para pagar el cuarto, sin hablar con ninguna persona, sin mirar a nadie.

 

Al final si no la veían no tenía por qué quejarse de sus ojeras.

-Descansa. Mañana amanecerán más pálidas. Seguro.

 

 *Publicado en el libro de cuentos Desordenadas (SEd, 2019).​​

Biografía
Naida Saavedra 

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Venezuela, 1979. Es escritora de ficción, crítica literaria y académica. Entre sus libros de ficción se encuentran las colecciones de cuentos Vestier y otras miserias (Verbum, 2015), Desordenadas (SEd, 2019) y la novela Overworked (El BeiSmAn PrESs, 2025). Además, ha coeditado Ecos urbanos: Literatura contemporánea en español en Estados Unidos, número 15 de la revista Hostos Review (2019), El New Latino Boom, número 200 de la revista Hispanófila (2024), y la antología #NiLocasNiSolas: narrativa escrita por mujeres en Estados Unidos (El BeiSmAn PrESs, 2023). Posee un doctorado en Literatura Latinoamericana por Florida State University y su investigación aborda los temas de identidad, migración y postmodernidad en la literatura latinx en español. En su libro, #NewLatinoBoom: cartografía de la narrativa en español de EE UU (El BeiSmAn PrESs, 2020) estudia el movimiento literario en español propio de Estados Unidos en el siglo XXI. Vive en Massachusetts, donde es profesora de Worcester State University.

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