Ordalías
Sólo mientras lo miran tiene belleza el que es bello.
Ahora y siempre dignidad, el que es digno.
―Safo, Libro II, 48
Tenías un nombre de patriota que sonaba algo ridículo al conjugarlo con tu cuerpo atlético cuyos músculos parecían estar siempre tensos. Era preciso conocerte: tus pupilas estaban dilatadas por la belladona ― parecías a punto de estallar en una crisis de nervios ― y las palabras salían a borbotones de tus labios. No fue fácil convencerte.
De cualquier modo, luego de un retorno fugitivo por el viejo camino de los abedules, en donde los rojos y los verdes ocres establecían un diálogo de fuego, me complacía sólo en observarte desde una distancia prudente: me sonreías tímidamente y tus dientes a veces se posaban momentáneamente sobre tus labios fulgurantes y carnosos.
Aparté mi mirada un segundo: una brisa turbia y fría bajó precipitadamente por la cuesta y me sentí nuevamente libre. Una luz brilló en el horizonte.
¿Cómo dejar de mirarte si por fin podía poseerte? El hogar caldeaba agradablemente la cabaña y te quitaste la ropa con desgano, tirándola por el suelo mientras caminabas descalzo sobre la alfombra persa. Insististe en hacer el amor frente al fuego y una gota de sudor se desplazó silenciosa sobre tus pectorales: relumbró un instante sobre tu tetilla en donde mis labios bebieron de tu fuente.
Me incorporé y miré al fuego del hogar por un instante y en sus llamas temblorosas se repitieron los temblores de tu cuerpo. La presión de tus muslos porfiaba en un descubrimiento; dejabas de existir en la plúmbea curvatura de las llamas pero cómo negarme aquel placer inesperado. Nuestros labios se unieron en un segundo eterno en donde tu saliva me confesó tus más obscuros secretos.
¿Cómo sobrevivir sin tu belleza? Después de todo, existe dignidad en los recuerdos.
Cananeos
Aunque un día fui el escogido
se ha desvanecido hoy mi rostro.
Sin embargo la brea utilicé
como se me había instruido.
De trescientos codos la construí
y en el pico de la paloma la hoja
me hizo respirar en el Ararat
tranquilo. No sé por qué Enlil
me vino a la memoria, si bien
seiscientos años de experiencia
se borraban ante la tierra
nueva y húmeda. Cultivé
mi viña con esmero y tuve
que celebrarlo. Bebí demasiado ―
es cierto, aunque nunca supe cómo
quedé desnudo en el desierto.
Estas carnes viejas ―
qué vergüenza. Sin embargo
Cam me hizo el amor
sin preguntarme. ¡Maldito sea!
Nunca pude entender
el amor entre los hombres.
Jacinto
Sonado y reprochado caso:
todo lo que sé del mundo
se fija en los parámetros
de mi existencia y su centro
se desplaza errático conmigo.
Las yardas finales se presentaban
urgidas de una satisfacción
enrarecida en el ambiente. No es
ésta una tragedia, aunque
Apolo así lo insista. No hay
temor ni compasión, sólo la vida
definida por la muerte.
Hay que sugerir medidas
concretas. No obstante los
celos son implacables. Febo
conectó el mundo a mi existencia
definiéndolo en su relación.
Redes y sabuesos aumentaban
la excusa para una pasión
que se desbordaba en las mieles
y el rocío de los campos fértiles.
Las flechas y la lira descansaban
olvidadas con el cebo de mis labios.
Y la brisa permeaba unánime
la montaña y la palabra.
Desde luego, flujos pasionales
inspiraban la venganza trapera.
Pero lo que no puedo mostrar
tampoco puedo demostrarlo.
Sus cabellos rubios y rizados
los alborotaba el viento
que quería ganar la etapa.
El presentimiento no registraba
nada definido en mi ingle
adolescente. Sólo el deseo
martillaba enloquecido. Es
imposible crear un símbolo
sin alterar su significado,
aunque mi piel erizada intuyó
el disco desbocado. Céfiro
rebelde me destrozó la frente
y mi sangre besó el terreno
fértil. El mundo era irreal.
“Tuyo el sufrimiento, mío el
crimen.” Su exclamación
inscrita sobre la hoja.
La partícula existe ahora
donde antes nada había.
Hermes
A Marty Black
Pero tus ojos paradójicamente
contradicen tus palabras:
las manchas de topacio flotan
sonrientes en el piélago que trata
de asfixiarlas. Juncal, tu cuerpo,
vibra, danza inquieto,
con la mirada tenaz que los traspasa,
con la pregunta muda que formula
lo inasible ― el deseo proteico ―
el fulgor de algo frágil
que juntos forjaríamos
en el suspiro interrumpido
de los labios; el verbo destruye
el sortilegio. Disquisiciones absurdas:
acaso cómo descifrar la génesis
del texto. Inútil. Semen arrojado
al vacío, perdido en la efímera
imagen del recuerdo. La hermética
sonrisa propone un desafío,
desdibuja tus palabras, las ocupa.
Sin embargo no te atreves ― se diluye
la audacia de tu muda súplica, naufraga
finalmente: pero tú, allí, mirándome
en silencio, interrogándome.
Casida del amor satisfecho
El cuerpo desnudo del adolescente
reposa sobre el diván dormido.
En la pequeña alcoba, caldeada
por el fuego del hogar, la luz
vespertina se filtra por el marco
de una ventana con hierros.
Libros y cuadros le rodean
y de la radio se escucha tenue
la Suite bergamasque.
¿Qué difusa
felicidad siente el mancebo
en la tarde invernal de la ciudad
desierta? Sus sueños flotan
por la cala de Port Lligat
donde conoció a su amante.
Ahora caminan por el sendero
pedregoso rumbo a Cadaqués,
donde la miel de sus cuerpos
les descubrirá la pasajera sombra
de un verano sin retorno.
¿Dónde estás, corazón mío, en qué
lugar remoto escondes tus donosos
labios? Ven a buscarme nuevamente,
regresa a la dehesa y al camino
de los abedules.
El amante abre la puerta
de la alcoba y sorprende en su sueño
al adolescente. La perfecta armonía
de sus cuerpos espejea los rayos
mortecinos del crepúsculo sutil
en las llamas oscilantes del hogar.
La ansiosa expectativa de sus cuerpos
justificó, entonces, la entrega jubilosa.
Idilio
A Luis Martínez de Merlo
En 1976, Luis y yo visitamos
la casa de Goya a orillas del
Manzanares. ¿Qué había sentido
el pintor al abandonarla por
el camino de Burdeos? ¿Angustia,
soledad, desasosiego? El contraste
de los ocres, una semana después
en una sala del Prado, tal vez
me indicaron la respuesta.
¿Qué hacía ese perro diminuto
olisqueando el infinito en medio
de la nada? La textura terrosa
y abultada me recordaba a Tàpies;
¿acaso Goya fue el precursor
del abstraccionismo? El aislamiento
absoluto, esa sensación de hundirse
en las arenas movedizas de un desierto,
¿no eran, quizá, la desazón del artista
ante un futuro incierto? Mi vida en Madrid
venía acosada por la incertidumbre.
Dos meses atrás, en un bar de Chueca,
había vuelto a luchar con el ángel.
El dictador había muerto y Luis,
con el entusiasmo de sus veinte
años, me confesó que hacía la mili,
pero que a pesar de todo era poeta:
el pastor desnudo de Fortuny,
en la portada de su primer libro,
selló aquella noche nuestro encuentro.
Madrid hervía con los cambios,
en la Complutense agredían los grises
y en Moratalaz volaban los gorriones:
rondas por las rejas de Recoletos,
vigilias sincopadas por el sexo,
noches de cine, teatro, cenas, vinos,
conciertos y coñac en tascas y tabernas.
Sin embargo, en el verano llegaron los adioses
y en los ocres de los arenales desaparecieron
aquellos amores de algunas otras veces.
Foto: Flavia Falquez.
Biografía
Miguel Falquez-Certain

(Barranquilla, Colombia) es autor de doce poemarios, seis piezas de teatro, una novela, tres libros de cuentos y una novela corta por los cuales ha recibido varios galardones. Licenciado en literaturas romances (Hunter College). Cursó estudios de doctorado en literatura comparada en New York University. Recientes publicaciones: los poemarios Un fragor de torres desgajadas / A Roar of Tumbling Towers (Nueva York Poetry Press, 2025); Prometeo encadenado / Prometheus Bound (NYPP, 2022); Hipótesis del sueño (NYPP, 2019); la novela La fugacidad del instante (Bogotá: Escarabajo Editorial, 2020); y los libros de cuentos El héroe del sur (Barranquilla: Editorial Uninorte, 2024) y Este aire impuro (Buenos Aires: Abisinia Editorial, 2023). Vive en Nueva York desde hace más de cincuenta años y se desempeña como traductor en cinco idiomas desde 1980.

