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Estos extractos son de una obra de ficción experimental más larga que traza memorias marcadas por patrones estatales pasado-presentes entre Nicaragua y el Reino Unido. El hilo conector es la historia de una protagonista joven cuir feminista llamada alez que tiene varios hogares y se mueve entre los idiomas y culturas de tres sitios: 'el pacífico', 'la orilla' y la isla', encontrándose finalmente en una diáspora compartida.

pearlfields (campos de perlas) es una historia relacional, un tejido colectivo de memoria en distintas voces en una espiral temporal contada en el presente, interrumpida por secciones llamadas 'intersticios' que contienen textos de archivos coloniales británicos sobre la Mosquitia (actualmente la costa caribe de Nicaragua, Honduras y Belice). Los archivos, que no se incluyen en estos extractos, son levemente ficcionados y 'vandalizados' con rupturas poéticas entrelineas. La interconexión entre todas las piezas cortas se va aclarando a través de la sedimentación acumulada de las historias narradas. 

pearlfields

(campos de perlas)

fragmentos de un archivo poético-ficcional

por H C Dixon

ahora/la orilla

demasiado tarde para el funeral

en el muelle por fin, estos cuerpos viajeros todavía aturdidos, sin creer. pero un aire tibio corre suavemente desde el parche de grama corta para darnos la bienvenida. el dolor de la familiaridad perdida se cierne encima, mirándonos caminar entre estas casas de madera esparcidas, levantadas en zancos. fuera de lugar, pero jus right, sometin' dice en tu cabeza.

en pearlfields, poco parece distinto en la superficie. aún con las secuelas de huracanes, la vida se reensambla siempre. pero tanto queda enterrado sobre el largo recorrido. camina entre nosotras, interrumpe al compás militar blanco de cuatro por cuatro, deambula en el ritmo contratiempo.

esta vez viajamos ligeras a este sweet home, este hogar-no-hogar dulce.  llegamos para hacer duelo de una muerte, y celebrar la vida. juntas ponemos un pie sobre otro en procesión, vos alez, y tu madre angie, con toda la gente que ya no está y la que sigue resistiendo, reclamando la sobrevivencia.

este homeplace

la vieja casa agraciada se acerca mientras caminamos frente a las otras. todas sin miedo, sin cercas todavía. sudan sus viejos colores, tablillas de azul y blanco desteñidos, techos de rojo hierro contra lo verde de las palmas y la grama resiliente. casi todas se levantan en enormes troncos, con escaleras que suben a pisos de tambo. sólo una casa está a ras del suelo, plano como la amnesia, con una entrada colonial rosada hecha de un cemento que cuesta plata y planeta. te extraña, tu rosto lo dice. te estás preguntando lo que pasa cuando suben las aguas. si esta casa ya se hunde en este suelo suave bajo su peso. 

las casas de madera se niegan a hundirse. están de espaldas a los restos tenebrosos de cimientos antiguos blancos, ahora bultos quemados bajo capas de tierra y monte. el camino mayor pasa recto, sin hacer caso a las cenizas de ojos azul-hielo escudriñando hace siglos este terreno.  la mirada de tu madre se fija en la distancia tierra adentro, a los restos dispersos del bosque denso de antaño, secuelas de aquel imperio. tus ojos cafés miran al otro lado, más allá de los árboles de pan y mango donde el suampo se extiende, se seca y se inunda de nuevo sobre las temporadas.

sometin' aquí siempre quiere recordar, aunque el suampo lo trague cada vez. hay sonidos y movimientos inconfundibles que se aferran al aire carnudo. voces que susurran todavía con dolor en tus oídos.

por una vereda plana de hierba

la torre modesta y raquítica de la iglesia morava se sitúa en una parcela ordenada. la campana suena todos los domingos desde hace siempre, según la memoria de angie. un grupo pequeño se encuentra adentro hoy. podés oírlos, detrás de las paredes entablilladas y ventanas altas.

afuera hay cruces frágiles esparcidas. sus guirnaldas de papel apenas coloridas flotan sobre el zacate. entre las tumbas, hay una sola lápida de piedra. yace cara arriba dentro de una frontera de hierro oxidado. sus letras en alemán están desgastadas, discordante contra los cantos en creole.

moravia aquí suena como la ilusión utópica de un europeo desde muchos años atrás.

más allá de las palmeras

el oleaje de la mar arrulla la arena tibia. vagamente. su movimiento se rompe, llega a fracasar lejos, allá sobre el arrecife. más cerca el borde arenoso de la orilla se abre hacia una laguna lodosa. te acordás de alegres graznidos, la cadencia de saltos e inmersiones de los pájaros con tus visitas infantiles. pero en los enredos de manglares, otras criaturas, serpientes de pantano y lagartos míticos gigantes, se esconden como predadores fantasmales.

ahora se acaba la temporada seca. el agua estancada yace en espera de la lluvia y algo ya se desplaza bajo su vientre salobre.  cuando viene la lluvia embravecida desata un caos fértil, glorioso. el monte se dispara y se muta a nuevas formas en cuestión de días. todo se está alistando, ya viene.  

ese crecimiento agitado se siente como un deseo del suelo por el bosque que nunca regrese.  o quizás sí. porque ahora la hierba parcheada ya busca perderse en orillas silvestres anticipatorias. y ya sabés lo rápido que invaden y enredan las plantas trepadoras. o cómo el comején se muda para construir nuevas ciudadelas. con el torno de los ciclos el lugar parece retomar todo, se come a sí mismo. es una humedad caliente y hambrienta, ningún papel, ninguna foto sobrevive, ningún trazo, ninguna sustancia queda. todo se fuga con alivio hacia la tierra, el agua, el lodo antiguo. pero ahora mismo las primeras gotas apenas mojan la superficie, el aire ansía el lavado de olvido.

un breve crepúsculo recoge las casas

se hacen visibles distantes puntos de estrellas.  caminamos por las escaleras siguiendo los pasos de yoli, tu bisabuela ya ausente. cada pie ubicado con cuidado mientras el peso del cuerpo cambia. es como caminar tu propia columna, vértebra por vértebra. con cada paso las cosas parecen hacer clic volviendo a su lugar.

arriba, finalmente, las dos pasamos por la puerta abierta y a través de las tablas chirriantes del piso. ponemos los bolsos cuidadosamente a un lado. seguramente vienen pronto de la iglesia y esa certeza es un consuelo. pero no. yoli no. ya no con yoli.

nos sentamos con ese vacío en la espera. guardamos las lágrimas en silencio, se derraman en estos tiempos con demasiada facilidad. te sentás a medias, acostada a medias en el sofá viejo. tu mamá se posa en una banqueta de madera por la apertura hacia la cocina. en el espacio grande, casi caverna, el sol que baja tira sombras contra la pared de atrás. hay patrones extraños, un mecer de árboles, hojas, revoleteo de pájaros contra los estantes y una mesa hechiza. las luces y tinieblas se doblan sobre grandes maceteras, cubos, tapas y barriles, sosteniendo sus contenidos contra el polvo y la humedad que viene. la sombra de yoli se mueve entre ellos.

arriba en el último estante bajo las vigas, i spy wit' my likkle eye, ves con ojos de niña esa lata pequeña seguramente llena de cosas preciosas siempre guardadas y apartadas. te preguntás qué opacidades conserva yoli ahí adentro. pero la dejás ahí, curiosidad que no traiciona la confianza de yoli. sobre todo, cuando en algún momento las manos de tu abuela lizzy seguramente lleguen a alcanzar la lata, para hacer su deber de hija. para abrir los secretos heredados a sus manos al fin.

las canciones terminan

solo queda tu aliento mientras todo el mundo parece quieto. el océano ya está lejos en el banco de arena, el ritmo te alcanza en un viento leve entre los árboles de pan. el vago rumor de yemayá y liwa mairen haciendo el amor y la vida fértil en aquellas aguas. el sol ya desciende hacia los brazos abiertos de la noche y esas voces te vienen a tus sueños más tarde. respirá profundo querida, entre todas te tenemos, así dicen. para alzar tu vuelo.

ahora se escucha el cotorreo suave de los feligreses. viene en rezagos y rachas. sus murmullos entran por la ventana, filtran por el tambo para despertarte. los cascos oscuros de las casas se encienden por dentro con las lámparas uno por uno.  hasta que los pasos en las gradas anuncian el regreso de lizzy y su esposo clifton de la iglesia. lizzy abre generosos brazos, clifton pregunta por el viaje, lizzy las fronteras, le restamos importancia, preguntamos por henry. ya viene.  

comenzamos a preparar la comida cuando entra él, segundo esposo de yoli, bien amado. su rostro desgastado, mucho mayor. saluda con la cabeza, deja el himnario para ir a ayudar a su hijo, hay que traer el ganado.  mantiene la rutina de la noche. un hombre callado que guarda sus sentimientos. su duelo se pliega alrededor de su cuerpo con el consuelo frio de una armadura.

en la mesa, más tarde, la silla de ella queda vacía. nos sentamos con ella, está y no está. ilumina nuestras caras con la lámpara mientras comemos, luego se pierde de nuevo en las sombras. henry lleva esta tiniebla con él a su habitación.

lizzy sugiere arreglos para dormir. el amable clifton ofrece tomar la hamaca abajo, entre los zancos.  

mientras duermen los mayores

nos sentamos en cojines en el umbral, entre fuera y dentro, puerta abierta. son tres aviones y una panga para llegar hasta acá. dos días largos y quién sabe cuántas horas. pero el sobre-cansancio y el cambio de hora no dejan dormir todavía. el brazo de tu madre posa liviano en tus hombros, tu cabeza cansada se inclina contra ella. afuera los insectos nocturnos resuenan y zumban en la tranquilidad. abajo se oyen movimientos suaves de animales que pastan. no se necesitan palabras. 

las casas se balancean en sus pilares como una antigua flota de barcos que navegan la noche juntos. miramos apagarse las últimas luces, casa por casa, cuarto por cuarto, las siluetas de hogares, árboles y animales recortan sus figuras contra el brillo de la luna. el viento se levanta y refresca. cerramos por fin la puerta, quitamos las palancas que mantienen abiertas las ventanas y las bajamos. con cuidado, en silencio.

entramos al cuarto donde duerme lizzy. el colchón extra se desliza con facilidad desde abajo de la cama. ponemos las sábanas encima. tu madre insiste que tomes un lugar en la cama, al lado de la abuela, y se acuesta en el colchón abajo.  

lizzy ronca suavemente. un ritmo lento que nos persuade caer al alivio del sueño.

emergiendo de un dormir espeso

amanece y la voz de henry mueve el ganado de regreso a campo abierto. alguien palea el estiércol en la base de los palos de coco.  no yoli. puede ser lizzy, que no está en su cama. tu angie ma todavía duerme, exhausta del movimiento, el trabajo y el viaje. y vos estás aquí respirando entre sueño y despierta y los tempranos sonidos te llevan a otros tiempos.  

una niña chiquita corre hacia los campos. la distancia se siente sin fin, la carrera tan libre.  lejos de adultos hacia llanos, ríos, laguna... y una caída repentina. la tierra cede bajo un pie, el otro pie se estrella después, y pasa por la costra. este suampo húmedo, de baba lodosa, chupa tus pies hacia su boca rezumante. Cuanto más luchás, más tus pies y piernas se hunden, entonces gritás a los cielos por tu madre. angie te oye de lejos y grita ¿dónde estás? y todo lo que podés decir es aquí aquí aquíííííí!

angie corre y se tira al pantano para alcanzarte. cuando los otros llegan corriendo con tablones, ella ya está acostada, extendida al máximo. te aferrás a sus brazos estirados. poco a poco te jalan para afuera y todo lo que podés hacer es aullar: ¡mis zapatos, mis zapatos! las manos te pasan de angie a rab a lizzy que te envuelve con un trapo grande, hasta yoli. ella te abraza fuertemente mientras rab rescata a angie y la pone de pie en tierra firme, cubierta de lodo. yoli te calma, te baja el pánico, te teje una historia. no te preocupés, tus zapatos están con los niños del barro, ellos te los van a cuidar. ¿pero cómo llegaron allí? preguntás. es una larga historia, dice yoli. pero ahora a bañarse.  

después de abundante jabón y guacal tras guacal del barril de aguas lluvias, y después de abundantes promesas de angie de comprarte nuevas sandalias anaranjadas, yoli te tiene de nuevo ahora entoallada. y te cuenta el secreto, los niños y las niñas del barro esconden sus espíritus en el suampo hasta que todos los malos bossmen se hayan ido del mundo.

pero dedo en los labios, ssshhhhh. es nuestro secreto.

sueños del suampo

en cámara lenta nadando por debajo y regresando a la superficie. voces como coro de cuerpos burbujean desde un cementerio de barro, y te despertás a bocanadas buscando aliento. sos niña todavía y angie te abraza, susurra a papa-rab y te regresa al sueño. sus manos lisas sobre tu pelo, cabeza, frente, barriga, hasta piernas, pies nacatamalitos y deditos. hasta que esa memoria de zapatos perdidos y voces de barro te calme y consuele.

y los guardianes de zapatos siempre están aquí, aun ahora. aquí sobre este colchón adulto sobre el piso de tambo. donde yoli se junta con los susurros en tu cabeza. recuerdo de su ida, pero aquí y ahora como todo lo que viene y pasa y vuelve también en distintos disfraces.

 

 

 

 

2016/el pacífico

 

alez y olivia

realizan un ataque de arte después del final de semestre. están haciendo una película sobre zapatos, zapatos que han pisado caminos duros, zapatos que forman huellas para seguir. comienzan con una recolección de zapatos en la ciudad de olivia. las verdes montañas matagalpinas son dos manos ahuecadas acunándolas mientras caminan por el lodo de los asentamientos cercanos al basurero municipal con la marta, activista de la red, que comparte las interconexiones de su barrio.

recogen los zapatos de amistad en amistad, de casa en casa y finalmente aquí, en el barrio mismo de marta, dados por mujeres de casas improvisadas, las que habitan los márgenes, siempre las más generosas. regalan zapatos gastados, taconudos quebrados entre altos y bajos, mocasines de trabajo, zapatillas de escuela, chancletas, chinelas y caites... y vos y olivia graban sus voces, aquellos zapatos multicolores en sus manos. hay mil razones para donárselos, mil lágrimas sentidas, mil furias que pesan en estos zapatos en la palma de sus manos mientras hablan y acurrucan las muertes de un estado-iglesia femicida atroz.

y vos y olivia más decididas aún a animar este vistazo de verdad contra el poder que acá atestiguan. entonces llevan los zapatos a la capital, los arreglan meticulosamente, uno por uno frente a la cámara, y stop, filman, stop. un esfuerzo pain-staking, con estacas de dolor. y toma tras toma los zapatos asumen vida propia, se animan en una serie de secuencias que hacen eco poético entre sí en cada sitio y en tu diario, donde escribes:

antes que las barricadas policiales nos paren olivia/yo/nosotres filmamos y capturamos fantasmas de huellas animando zapatos que caminan solitarios hacia la puerta trasera encadenada del presidente.

antes que los curas nos paren olivia/yo/nosotres filmamos y capturamos fantasmas de huellas animando zapatos que caminan solitarios hacia los portones gigantes encadenados de la catedral.

antes que la seguridad nos pare olivia/yo/nosotres filmamos y capturamos fantasmas de huellas animando zapatos que caminan solitarios hacia los portones gigantes encadenados de la asamblea nacional.

y después editamos todas las puertas gigantes, cerradas, prohibidas, encadenadas, recordando vidas sostenidas por estos zapatos que pesan en las palmas de nuestras manos acunando mujeres, niñas, niñes, ancianas y cuires muertos. zapatos que caminan entre listas de nombres, edades, fila tras fila de fotos familiares y cédulas. rostros desaparecidos.

y en tu cabeza estás gritando, pero queda atorada en tu garganta, hijuepatriarca-caudillo-bossman-destruyendo-cuerpos-como, cita textual, el-costo-de-la-re-elección-del-pueblo-presidente.

siguen caminando los zapatos

y vos y olivia en su cola, siguen los mismos fantasmas-huellas aquí y ahora en protesta-procesión de un festival de poesía. filmamos zapatos suspendidos en alto por pintores y poetas mafaldazas sin mordazas proclamando palabras y nombres renacidos en plazas públicas y andenes de mercado llenos de comida y ventas y bicitaxis, para interrumpir estrategias diarias de silencio-sobrevivencia. sólo a un paso de cortesías rituales de tarimas fijas auspiciadas por gringos y gobierno en una ciudad turística-poética apenas postcolonial.

y en nuestra última ronda, en la última plaza, frente a la catedral conquistadora leemos los nombres una vez más dejando en tierra los zapatos que en paz descansen con flores y llamas y murmullos mayas de poetas guates.

y es tarde el retorno a casa en la centroamérica, donde exhaustos vos, olivia, marcos y la cámara bebé, se regocijan del espacio, de memorias, la juntada de sueños.

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y las huellas siguen en tus adentros

días después cuando vas con bebé para filmar la vigilia estudiantil, tus pasos subiendo las edificantes gradas de la seguridad social, puertas de vidrio cerradas, enllavadas. afuera se juntan jóvenes, abuelos y abuelas contra recortes de pensión.  la gente mayor canta unplugged con la chavalada y las bandas de la uni donde marcos, zohreya, billie, clara, nora y todes cantando con ellos, viejas canciones revolucionarias con palabras nuevas reclamadas, reconstruidas.

cae la noche y la luz de velas ilumina a jóvenes que arrullan, con canciones de cuna, a las y los ancianos. sostienen viejos rostros, acarician sus cabezas, sus pieles cansadas de sol, ahí acampados sobre las duras escaleras nocturnas, suavizadas sólo por rituales de amor.

hasta las cinco, apenas el alba, cuando camionetas del gobierno municipal traen matones panzudos en camisetas partidistas rosadas y azules que saltan, tiran bates de béisbol y caos, gritos que despiertan a todos con golpizas. un tipo agarra tu cámara bebé y la tira, la quiebra contra rocas en las aguas sucias del cauce. hay ropa desgarrada, chicas amenazadas, cuerpos moreteados, golpean a viejos y chavales por iguales, pisotean celulares y gritan, serán sus cabezas la próxima, y de repente se van. silencio. choque.

y así como gente terremoteada, se ponen de pie poco a poco. reensamblan esqueletos quebrados. se reparten tareas. clara y nora con dos abuelas al hospital. billie y zohreya se sacuden, llevan a otros.  vos y olivia ayudan a marcos, que camina renqueando. buscan refugio en casa de olivia. su madre-policía por suerte vuelta al norte con su nuevo cargo de comisionada. en un rato más llegan billie, zohreya, nora y clara. nos abrazamos entre todes, lloramos de rabia, aún con manos y piernas que tiemblan. antes de separarnos juramos, pactamos, pese a los golpes, no perder la conexión, nunca. ni la dicha rebelde.

es temprano.

qué poco sabemos cómo aquellos zapatos, tantos zapatos, nuestros zapatos acunan huellas fantasmas que se nos vienen encima.

 

 

te quedás en san antonio

con olivia. las dos descansan, se recuperan. se curan con manos amorosas, lavando manchas sangrientas, sus dedos, tus dedos, caminan de puntillas por moretones y heridas, los besos más suaves trazando colores testigos. hasta los huesos duelen, músculos demasiado tensos para moverse tanto, quedan acostadas como dos cuerpos pasivos, desarropados. el aire de afuera entra por las persianas, mueve cortinas transparentes sobre ellas. los toques de piel tan delicados que sanan, después de tanta crueldad. la ternura se torna líquido como largos suspiros entre dos.

en la mañana salen imágenes e informes en línea y en la tele. testimonios de gente anónima, vistazos por verjas vueltas barrotes. una figura como olivia apenas vista en el rincón de un ojo. mirando entre grietas aterradas. y detrás, memorias de la g.n., la guardia somocista. el miedo tiene raíces, generaciones.

pronto sus cuerpos tiemblan de nuevo, pero con asaltos de pánico. se abrazan por horas, por la vida misma, por la fuerza bruta desatada. costillas que duelen intentan respirar la suerte de estar vivas.

 

y aquí viene

ya informada. bajando rugiente a la capital desde su puesto policial en el norte. la madre católica apostólica policiaca performando leona enfurecida que viene a lincharte.

la comisionada se detiene con chillidos en la camioneta toyota nueva, comprada con fondos gringos para la gobernabilidad democrática. se apea. viene a retomar posesión como madre-iglesia-seguridad-del-estado al objeto parido llamado olivia. viene a denigrar la protesta feminista estudiantil televisiva de su hija. no-tenés-ni-puta-idea-en-qué-te-metés, vocifera fuera de sí. vergüenza pública expuesta arriesgando el trabajo bien pagado con que yo te mantengo estudiando. y por supuesto viene a renegar su rareza cuir con bate verbal, inevitable y brutal, sin pelos en la lengua, contra todo desviado y las malas influencias. que sos vos. todo sin mencionar la diabólica palabra que comienza con l.

y mirás asustada a olivia, que al principio grita en contra, pelea palabras, pero tira con sorpresiva obediencia una ropa en un bolso agarrado del closet. la madre-leona te ignora hasta empujar a olivia con el bolso de ropa en el asiento trasero del vehículo. y ¡plas! apunta el dedo al aire con ¡fuera-de-mi-casa ya! y rafaguea: ¡y-una-cosa-más-quedáte-lejos-de-mi-hija-o-pagás-caro! te jala, te tira de la casa a la calle con un portazo detrás.

olivia, con cara apenada, baja el vidrio y logra decir en voz baja, te amo, ¿o es te llamo? con lo que la madre comisionada sube al timón y sale en carrera furiosa.

 

parada afuera

quedás aturdida en una calle polvorienta preguntándote todavía, ¿te amo o te llamo?

la puerta está con llave, tu mochila adentro. metés la mano en el bolsillo del pantalón. por lo menos tenés algo de dinero. ninguna opción ahora, fuera de moverte. dejás atrás las casas prefabricadas cubanas y cruzás el parqueo de tierra del barrio san antonio del santo partido. construido sobre un enjambre sísmico y las ruinas del terremoto del setenta y dos. los escombros.

una racha caliente de viento trae una bolsa plástica azul, y medio rasgada, se enreda en tu zapato. sacudís el pie, no la podés soltar. no te importa. un aleteo de pie tras otro, caminás  a la calle mayor y parás un taxi dudoso pero barato. sentada atrás, desenredás la bolsa, todavía en estado de choque.

asimilando la velocidad de los cambios.

lo que decís siempre amar de este lugar. ahora vuelta en tu contra.

 

 

2018/la isla

 

¿qué hace ella aquí?

alez espera el tren en blackfriars, se pregunta si negros, morenos o blancos monjes misioneros, aquellos tzitzimes, pájaros ominosos previstos en michmaloyan, señas de desorden cósmico escondiendo cuerpos avergonzados, pecaminosos bajo capas y capuchas oscuras. recuerdos de conquista en este lugar construido de negación.  

y aquí está ella entre ellos, en la estación de trenes más bella del mundo. nodo liminal de pasaje entre llegada-fluida y salida-flujo, estas líneas mayores de fuga y cambio constante cruzando un puente sobre un rio de marea que fluye ida y vuelta cruzando su mirada multidireccional-interseccional desde esta estación como caja plexiglás mostrando la city de la milla cuadrada londinense que vuelve su mirada. y miráte a vos misma, ella piensa, en cautiverio lujoso admirando la vista dentro de estas paredes invisibles como las fronteras que su pigmento y su pasaporte lograron pasar.  

la city negando su propio movimiento. el tiempo acelerado acá con todo el politeness civilizado de ruedas de hámster que requiere fuerza, penetración, eyaculación de cemento dentro de la fijeza de la tierra violada. y para todas esas estructuras verticales de tronos violentos con nombres como el walkie-talkie en eco de ridiculizaciones resistentes, cooptadas al afecto folclórico urbano. sus casas de vidrio se extienden hasta los muelles de la compañía east india, la continuidad de historias oficiales entre iglesias arcaicas fundantes y los monumentos coloniales de autoexaltación alimentando la máquina de matar que empuja a demasiada gente de otros lados al exilio.

y un pepinillo como pintura de labios, no. un monumento a la bala con una sólida chaqueta metálica, pero por debajo sus tentáculos-intestinos escurridizos y viscosos siempre moviéndose hasta los rincones más lejos haciendo lo que sea para esa lujosa adicción al dinero. y elles-el-ella-nosotres-vos aquí todos se nutren de cuerpos escondidos bajo sus alfombras falsas, allá hasta el margen donde el tejido se deshace de tanto limpiar, en el intento de borrar las voces que salen de maquilas encerradas en vallas de seguridad. allá donde hermanas y hermanes bajo capataces respiran a sus cuerpos hilos de la ropa en todas nuestras espaldas, retro segunda mano o primera.  sus gestos mecánicos se repiten ad nauseum en cadenas de producción de tortura, donde las luces rojas marcan el tiempo en cuotas no horas, incrementadas cada día hasta que los buses de medianoche dejan solas a las chicas en calles duras como las afueras de juárez, y donde los chicos sin futuro se empadillan buscando pertenecer como protectores-violadores, enmascarando el tutelaje de presidentes renacidos y esposas leales chorreando poesía profética a cardenales, obispos y pastores evangélicos que hacen todos el mismo amén conveniente para embajadores corporativos transnacionales y señores supremacistas blancos. 

su cabeza y corazón corren demasiado. ¡respirá alez!

pero ya no para

pensando en hermana, hijo, madre, hermano y primes otreades regresando a campos bajo sol sin sombra, a minas, fábricas, mares de plástico solo vistos desde el espacio, hechos por compañías cadenas y marcas que hierran la piel, para que granos de café cosechados al sol, secados al sol y pilas de partes componentes de tierra arrasada, nuevos zapatos,  espárragos-cebollas-pimientas-mangos y postres exóticos etcétera etcétera se mueven etcétera etcétera por filas de manos etcétera etcétera cintas transportadoras etcétera etcétera cajas seleccionadas etcétera etcétera a cajas más grandes etcétera etcétera a contenedores más grandes hasta...

que se cuelguen en alto sobre barcos más grandes aún, poblados por hombre cautivos solitarios moviéndose por agitados mares, jadeantes con los huesos encadenados en tumbas de ancestros. ahora coronados por costosos desechos plásticos. para llegar a estas costas de hombres ricos, oportunamente lejos de sus otros bombardeos donde la gente huye de polvo y muerte para llegar a descaradas fuerzas fronterizas costa afuera y a mares tan anchos para ahogarse en los silencios mediáticos. tus rabias inaudibles em-patéticas en babeantes inacciones.   

nada de fijeza en la city donde las jerarquías mentirosas de vórtice, compuestas de cabezas-apostadores full de cocaína volando con su propia fricción viscosa y vértigo, intentan aplastar todo movimiento, congelar el selfie-escamoteo para esconder la máquina asesina de reyes-midas chupa-vidas que consume tantas mentes.

la city está desnuda. y aquí en blackfriars, la estación de trenes más bella del mundo, sos vos que estás en la caja de plexiglás, piensa alez. vos y todo el resto son el regalo a la ciudad imperial envuelta en toda su ostentosa y falsa transparencia estilo bbc inglesa.

ciudad santuario

en el tren el ruido en su cabeza se va calmando y finalmente el transporte mismo reduce la velocidad y llega a esa estación extrañamente familiar. hace frío. los vientos invernales ya comienzan su aullido tierra adentro desde el mar.  

la gente inunda la vía y la dejan atrás. su cuerpo cansado de andar siempre en alerta. todo el mundo acá parece estar siempre apurado.  corriendo para pasar las barreras, algunas marcadas con una equis roja, otras con flechas verdes bajo ese techo arqueado gigante, paredes blancas sucias y un piso blanco y liso. alez deja fluir a esa masa humana sofocada. se mueve lentamente contra el trasfondo acelerado y cortante. sharp, or is it fast white background pregunta a sí misma. los rostros pasan zumbando en una ráfaga de mismidad, distintos estilos y tamaños, pero casi todos vestidos en colores oscuros de invierno con chaquetas y abrigos negros, algunos batiendo sus alas. una bandada de cuervos se suelta de sopetón a sí misma, como sorpresa, epifanía. un hombre voltea, la mira con desaprobación. 

encoge los hombros. oye la voz estricta y nasal de una vieja profe inglesa de la secundaria. no alez, the collective noun is a murder of crows. un asesinato colectivo de cuervos repite en voz baja, murmullo resistente bajo la cubierta. la estación como una nave antigua.

ahora su ropa cambia

ocurre después de que el pasamontañas negro del francotirador en el techo de la casa de enfrente se transforme en gaviota y vuele a gritos hacia la distancia.

comienza con su pantalón favorito, anaranjado flagrante, que cae para atrás en la rejilla endeble para secar ropa en su cuarto en casa de jules, pariente de rab y su confidente cuir. mira con horror cómo la oscuridad se filtra desde el dobladillo hacia arriba, tornando todo un negro denso. adaptándose a la oscuridad, supongo, se dice, intentando consolarse. nadie escucha.

días después los relojes se ponen una hora atrás y el sol baja demasiado temprano. la tarde se vuelve noche. Ahora todos los pantalones son negros y es el turno de las camisetas. primero las coloridas con lemas feministas rebeldes, después, las imágenes cuir vandálicas desaparecen contra la tela oscura. finalmente todo queda en una uniformidad monocromática, menos una roja que queda casi gris-y-rosado como la bandera actual de los gobernadores del paisito. no puede ponerla con un pantalón negro. le provoca algo insoportable. entonces la deja desvanecer en el olvido. como herida pasada que ya no se cura, desaparece en el entumecimiento.  

el colmo es lo del güipil oaxaqueño. un regalo en el encuentro meso-lésbico desde los tiempos antes de la pudrición de todo. recuerdos de aleyda, la activista muxe que le conmovió a alez con el gesto tan generoso. y oye la risa encantada de billie cuando se lo pone en la casa de la colonia centroamérica. mientras lo limpia a mano cuidadosamente aquí en el lavabo inglés, las flores rojas y amarillas, con sus verdes hojas se transforman en gris cuando lo saca del agua, como si teñido en negro. lo único que queda en el brillo plateado de los hilos, es la sonrisa ancha de aleyda y la risa de billie. su llanto se mezcla con el agua del lavamanos.

durante días los bordes de sus uñas comidas tienen manchas de tinta negra como sombras. se despierta cada mañana para ver la ropa fúnebre colgada en la rejilla frente a su cama. como el pasamontañas negro. como cuervos. el asesinato, nombre colectivo.

han matado sus colores.  

colibríes

meses después mariposas y pájaros zumban sobre la mesa bien protegida de nani, la abuela de rab. alez y angie trazan sus figuras alrededor de recortes de cartón para una segunda manta que es demasiado, pero demasiado larga. la primera manta de la lista ya exhausta, los números rebosados, tachados, reescritos, tachados, revisados de nuevo. la cuenta mortífera. las personas desaparecidas de la faz de la pacha mama.

pero los números nunca son suficientes, alez medita mientras labora. ni siquiera los nombres. no hay escape de la asociación para siempre con los asesinos. y adentro, los múltiples pueblos, las gentes, apenas respiran, atragantando todo. mordazas reemplazan pañuelos.

aún.

pero bajo la superficie un clan silencioso espera, hace señas. otro presente inevitable viene.

madre e hija trabajan en esa quietud, cada una a un lado de la mesa de caoba, frente a frente, absortas, pensativas. como en un entierro de amor, preparan el terreno, luego disponen los nombres-cuerpos, letra por cuidadosa letra, en el vacío entre los contornos. para que los colibríes y los morfos azules abran portales pequeños a otras vidas. donde puedan volar a relaciones invisibles, hogares recuperados, redes cimarronas.

siguen hasta tan tarde que los relojes y campanadas ya no importan. cada noche, cada día sangra en sus gargantas. aun cuando se registra su historia de separaciones, el reencuentro es reparativo. y alez toma conciencia.

después de todas las raíces rotas, los vuelos, distancias y pleitos, su madre también es fugitiva. y aquí y ahora, tan físico como un corazón doliente, alez recupera su ma.

2021/el pacífico

ella conoce este cuento

de su viejo trabajo en el ministerio del interior, antes de ser periodista y profe. o así cree antes del secuestro. los hombres en pasamontañas, armados hasta los dientes, quiebran las puertas, invaden la casa de silvana, gritan brutalidades y ella mantiene la calma. pero cuando tocan a iris, pierde las estribas y devuelve los insultos. es ahí cuando agarran a silvana, la tiran con violencia al suelo y pisan duro. su mano se hincha con el dedo quebrado.

ahora está atrapada. la mañanita fría y ella sin cobija. se sienta, en la penumbra inspecciona los colores cambiantes de su cuerpo amoreteado, su mano amarrada, el dedo apoyado a su vecino con una tira de su camiseta. la mantienen en la cárcel de hombres. eso es lo que merecen las cochonas, dicen. preguntan una y otra vez, morbosos, sobre las mujeres a las que le gusta coger. dicen que necesita un varón, amenazan corregir todo aquello. y lo hacen. o así piensan. ahora está en solitario con la luz del amanecer para compañía. su espalda se queja de las ultimas palizas más la plataforma dura en que intenta dormir.  sus muslos duelen todavía y molesta orinar, pero es hora de levantarse. abrazar el rayo fino del sol que entra por la ventana chiquita allá arriba. se imagina cantar a iris. esa voz, como caricia matutina, es el pasado presente, y el futuro que regresa, lo sabe.

no la dejan salir. entonces silvana hace sus sentadillas y pechadas contra el piso hediondo. después circuitos reducidos en la celda durante horas antes de que el desayuno escaso aparezca, empujado por la apertura por manos anónimas. añora el papel, un lápiz, algo que leer, cualquier cosa. repite a sí misma líneas memorables de sus libros favoritos. las recopila en su cabeza como un secreto. el tiempo se marca con el sol y las campanas lejos que se esfuerza en escuchar, anticipar. a veces pega gritos, esperando que los otros escuchen. se da cuenta de que un viejo compañero, jorge, en sus setenta ahora, está por el mismo pasillo, débil y enfermo. grita por un médico. hasta que los guardias la callen. a veces bromea con ellos, los humaniza, pide un médico de nuevo. siente que se suavizan un poco detrás de la distancia brusca. hasta que lleguen sus jefes.

una noche de regreso a la interrogación escucha a jorge gemir con dolor. de nuevo demanda un médico, de nuevo la ignoran. el día siguiente hay una conmoción. jorge está muerto.  gritan sin cuidado mientras levantan su cuerpo y se lo llevan. por un momento ella se quiebra.

ahora en las tardes

silvana traza por segmentos las parades con sus manos. cada aspereza donde siente los rasguños de otros, cada bulto y grieta y cicatriz y lisura demasiado breve en el concreto hasta lo más alto que puede alcanzar, los dobleces repentinos en las esquinas, los cambios de temperatura donde cae la luz. como un mapa de la historia de este país, imagina, trazando su camino a diario, meticulosa, analítica. como leer todos los libros en la biblioteca pequeña local, uno por uno como niña. va trabajando para llegar de nuevo a la puerta, donde el cemento se desmorona hacia el metal frío una vez más. como los ciclos de dictadura. entonces recomienza.  

una semana se vuelve meses, un año y se arma de valor. después de sobrevivir las guerras, ella puede superar esto. cuando el año se extienda a otros, con todos los sonidos que escucha, con el conocimiento de cada rincón y mancha de este espacio, ella trabaja su camino hacia la libertad.   

2021/la isla

alez está en los archivos nacionales

en el edificio, piso de entrada. o es un hospital, o universidad, no está segura. una sensación de malestar flota desde el sótano y alrededor de la enorme sala como neblina. alez sube la escalera mecánica hacia lo que parece ser un espacio de biblioteca en el primer piso. pero arriba hay unos hombres fornidos uno a cada lado de la escalera, ambos en camisas azules.  más allá hay dos puertas entreabiertas. adentro alez puede verlos a todos, mayoritariamente hombres con algunas mujeres, más camisas azules, negras y camisetas rosadas. las paredes a su alrededor se inclinan hacia adentro.  algo rojo medio desplegado se cuelga atrás como una bandera.  en su centro blanco y negro, dos letras o figuras cuadradas parecen estar escondidas en los pliegues como una suástica. algo queda atorado en su garganta. alez traga duro, y uno de los hombres la ve con sospecha, la desafía sobre adónde va. alez sólo puede apuntar, no le salen las palabras. detrás de ella, marcos y billie suben la escalera mecánica, le preocupa que sean reconocidos. entonces alez platica, con todo respeto quería preguntarle algo a usted. solo si usted me respeta también, el hombre hace una mueca de desprecio. pero se distrae mientras pasan marcos y billie. pero después agarra a alez por el brazo y pronto está atrapada. una mujer vestida de rosado grita que conoce a alez. pronto sacan sus ametralladores aka cuarenta y siete y abajo aparece una camioneta en la sala espaciosa. la obligan a montarse en la tina atrás.  

alez está acostada sin moverse, pero despierta. se ve desde arriba. está en una cama entre dos cuerpos vendados, no momificados. el bossman parado encima. el cuerpo de alez flota hasta la altura desde donde observa la escena. una mancha antigua como hierro oxidado queda en su lugar. filtra por las sábanas de la cama. sus manos están cubiertas de un polvo rojo. cuando lo frota entre sus dedos se despierta de nuevo, esta vez a la luz matutina en el cuarto de jules, que está todavía en londres, cuidando a nani.  

su piel está quemándose, febril, con un dolor rojo y caliente, como si todos sus nervios estuvieran encendidos. se levanta demasiado rápidamente, golpea un dedo contra la silla en el pasillo y maldice en voz alta. camino al baño. orina, toma agua, salpica el chorro fresco en la cara y en su cuerpo semidesnudo sobre el calzón. nora toca a la puerta de la sala de baño. ¿estás bien loquita? una pesadilla, masculla alez y la deja entrar.

¿querés contármelo? alez sacude la cabeza. deja que nora la abrace. esas bestias están lejos y vos estás aquí, la voz sorda de nora entra en el oído de alez. las dos estamos aquí, todavía vivas, respirando, resistiendo. cierto, alez apenas susurra. y relajan el abrazo, nora acaricia los brazos desnudos de alez, después su cabeza, y pelo y alez suspira, se inclina de nuevo hacia el pecho de la otra, los brazos de nora plegadas alrededor de ella. su mejilla contra el seno pequeño de nora que siente bajo la camiseta. envía un temblor por el cuerpo de alez, algo familiar enterrado bajo estos años de alerta constante. el rielar de un lugar seguro, recuerdo de olivia pero en otro cuerpo aquí, y nora lo siente también.  

están en la cama de jules

donde alez suelta un hambre desesperada, casi un deseo de hacer daño, morder, coger tan duro que duela. nora besa y calma herida tras herida, pero solo alimenta el umbral de dolor de su ansioso deseo entrepiernas. alez termina sujetando la muñeca de nora, tratando de meter dedos y puño en sus adentros, no puede llegar, no puede llegar, no puede llegar...

entonces nora le baja la velocidad, susurra en su oído, lame y alisa, explora superficies de piel, rincones entre huesos y huecos, y alez ahí, ojos cerrados. siente la boca de nora lentamente rodeando, labios suaves y lengua que apunta más y más cerca y con apenas un toque en su clit alez llega al clímax y jadea y nora también y después un enorme sollozo sale cayendo, tronando el cuerpo entero de alez. entonces nora se mueve a la par y la toma en los brazos mientras todo sale todo en un rio de mocos de ella. memorias de

we=she=she   we=she=she     we=she=she      we=she=she    we=she=she    we=she=she

guao, loquita, nora dice después de un tiempo, pasándole su camiseta abandonada a alez para limpiarse nariz y cara. lo siento que te hice llorar. mi intención fue otra. y nora suelta una risilla y le da cosquillas en las costillas y saca la risa de alez. bromean y se besan y acarician y se quedan simplemente así por un tiempo quietas, la cabeza de alez sobre el hombro de nora. con el alivio de las capas ya expuestas, no se pueden negar las cosas que han compartido, los conflictos y los duelos asentados en ellas como arena sedimentada. alez casi le quiere agradecer, disculparse por su rechazo a ella en el pasado, pero no. peligra deshacer el momento, mejor sin hablar. a la par de

we=she=she       we=she=she    we=she=she      we=she=she      we=she=she        we=she=she

no es lo mismo, alez se guarda el pensamiento para sí misma. olivia habita su alma como un canto sin terminar... pero esta nora es familiar y nueva. le despierta la curiosidad, rescatando, reviviendo el deseo, aún si no es aquel amor.

y después de tanto tiempo entumecido, hay una sensación extraña que recorre su cuerpo. recuerda el olvido de lo que es relajarse.

Biografía
helen dixon 

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escritora británica-nicaragüense bilingüe, feminista y cuir. ha publicado dos libros de poesía y prosa poética: Flight Over the Abyss/Vuelo sobre el abismo (Nicaraguan Writers Union CNE Managua 2003). and Olimpia/Olympia (beyond borders, Reykjavik 2006). Su trabajo está incluido en varias antologías: In Our Own Voice (Canada 1995), Memoria Poética (Nicaragua 2005), Nicaragua en las redes de la poesía (Nicaragua 2008), Dos Orillas (Catalunya 2008), El Güegüense al pie de Bobadilla (Nicaragua 2008); y en publicaciones literarias en siete países. actualmente está preparando el manuscrito de su novela de ficción experimental pearlfield para su publicación.  

 

es fundadora de un colectivo de educación y comunicación popular feminista en nicaragua, como activista, defensora, facilitadora y comunicadora. completó un doctorado interdisciplinario de escritura creativa y crítica en 2025, en la universidad de brighton, inglaterra, donde reside actualmente.

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