A continuación tenemos el gusto de compartir con nuestros lectores la obra teatral El rey del viento del autor argentino Guillermo Severiche. Conforme a su gusto por el juego con: las imágenes oníricas, el cuerpo y lo que no se puede nombrar fácilmente, como referentes en su obra, en El rey del viento nos enfrentamos a un texto teatral lleno de intrigas discutidas de formas directas e indirectas. La pieza se ambienta en un espacio donde la línea narrativa resulta ambigua, enmarcada en un mundo en suspensión de la cotidianidad que contrasta la fantasía con la realidad, lo onírico con lo tangible, lo mítico con lo real y lo histórico con lo ficticio.
Guillermo Severiche nos presenta a dos hermanos que vacacionan en una localización donde se suspenden el tiempo y el espacio. Allí discuten su relación, sus recuerdos y lo que depara el porvenir. Mientras uno de ellos revisa el manuscrito de una novela histórica, la otra recurre a sus sueños para predecir lo que traerá una inminente tormenta que borra la línea entre realidad y ficción. Los invito a sumergirse en la lectura de esta pieza y a encontrar sus propias respuestas a las interrogantes que despierta esta historia.
¡Buena lectura!
El rey del viento
Guillermo Severiche ©[1]
New York 2012- 2022
©1] Esta obra está protegida por la ley internacional de derechos de autor. Para su lectura pública, montaje total o parcial, o cualquier otro tipo de divulgación y/o uso se requiere el permiso del autor por escrito, so pena de los cargos que impone la ley.
Sala de una cabaña con un sofá en el fondo. Una ventana que muestra montañas a lo lejos. En el centro, una mesa mediana con sillas. Atrás en una esquina, una mesada y kitchenette bajo un par de alacenas iluminadas por un foco colgando de un cable. Mario y Magda, hermanos, trabajan en lo suyo: él con sus papeles en la mesa, ella rumiando ideas, tirada en el sofá.
1.
MAGDA Hoy me levanté temprano. ¿Para qué iba a seguir durmiendo si ya no estaba cansada?
Vos no dormís nada. ¿No te da cosa? ¿De verdad que no te pica el bicho del sueño?
MARIO No.
MAGDA Mario, vos tenés que dormir más.
Yo hoy me levanté temprano y normalmente duermo hasta tarde.
Anoche repasé mi lista de palabras para dormirme más rápido. Repetí hasta el cansancio todas las palabras que se me ocurrieran relacionadas con la categoría: “baño”.
Elegí esa categoría anoche.
Se me vinieron palabras como canilla, ducha, cortina, toalla y así.
Y traté de acordarme de todos los baños que he visto para que al decir una palabra tuviera algo de realidad, ¿sabés? Poder tocar las cosas.
Eso distrae.
Este ejercicio le hace pensar a tu cerebro que estás por dormirte, lo engañás, y cuando menos te des cuenta, ¡pum!, te dormís.
Una pava silba.
MARIO Te toca.
MAGDA No más café, basta de café. ¿No querés un té de manzanilla o de limón? Creo que traje. A lo mejor el último inquilino dejó un saquito de algo.
MARIO La dueña revisa todo y se lleva lo que dejan los turistas. La última vez que vine me olvidé un reloj, ella dijo que no encontró nada, pero ahí lo vi al marido con uno idéntico.
MAGDA Traje té de frutilla. Te gustaba, ¿te acordás? Eso pedías cuando tomábamos la mediatarde. Yo pedía que te hicieran uno de frutilla. La mamá hacía de canela, eso abundaba en la casa.
MARIO Un asco.
MAGDA El té de canela, sí, un asco. Pero el té de frutilla, no.
Te va a hacer recordar cosas, ya vas a ver. El té de frutilla.
Cosas lindas.
La escuela, el barrio, los partidos que se armaban en la plaza con los chicos de la esquina.
MARIO Nada de eso me parece lindo.
MAGDA A lo mejor te acordás de una maestra, una que haya sido buena con vos.
MARIO Hubo varias, sí.
MAGDA (Trae dos tazas y se sienta con él).
Acá tenés.
Dejalo que se enfríe.
¿Y qué hacés?
Leyendo y leyendo. ¿Qué leés?
MARIO Trabajo.
MAGDA Una novela, ¿no? Era eso, ¿no?
Cuando me preguntan, yo digo que sos poeta. Es más lindo.
Más exótico.
¿No escribís poesía?
MARIO No me sale. Prefiero las historias.
MAGDA Cuando me preguntan, digo que fui yo quien te enseñó a leer y escribir.
Fui yo quien se sentó con vos, como hermana mayor que soy, y te pidió que dibujaras todo el abecedario.
¿Vos no decís eso cuando te preguntan? ¿Qué yo te enseñé a escribir?
MARIO Sí.
MAGDA Me gustan tus historias.
Prefiero escucharlas que leerlas.
Eso hacías antes de que nos durmiéramos, me contabas tus historias.
La del cerdo enamorado del granjero. La de los árboles que conversaban de noche. La de los insectos… ¿qué eran? No eran cucarachas.
MARIO Arañas…
MAGDA ¡Arañas! Arañas construyendo un dique. Y lo lograban. Sobrevivían. Tus criaturas siempre sobrevivían.
Ahora que lo pienso, parecen cuentos de terror.
Pero igual me gustaban. Me daban paz.
MARIO Está bueno el té. Es verdad.
MAGDA Sos buen hermano vos. Por traerme acá. Por pedir que me dieran unos días libres en la residencia.
¿Te salió caro?
¿Te hicieron mucho problema?
MARIO No pienses en eso, Magda.
MAGDA Ojalá estuviéramos cerca del mar, pero vivimos al lado de la montaña.
Mejor aprovechar lo que tenemos a mano, ¿no?
Pero no puedo evitar pensar en lo que falta, en lo que no podemos tener.
En lo que nunca tuvimos.
MARIO Eh, vinimos a despejarnos, ¿o no?
Nada de pensar.
Despejá.
Decile a tu cabeza: ¡chito la boca!
Y si no podés, avisame y yo le digo: ¡shhh!
MAGDA ¿A qué hora querés comer? Puedo hacer lo que pidas.
¿Pizza casera?
¿Fideos caseros?
¿Flan casero?
MARIO Lo que vos quieras.
MAGDA Dejame que te consienta. Nunca lo hago.
Soy la mayor, pero al final más que guiarte, me pongo adelante tuyo para que me empujes desde atrás. No es así como funciona.
MARIO Eh, ¡shhhh! Decile: ¡shhhh!
MAGDA Quiero algo más sano. Unas verduras al horno. Un poco de arroz.
MARIO Me parece bien.
MAGDA La señora dijo que hay un arroyo bajando por atrás.
Dijo que es una caminata muy linda.
Podríamos ir.
Antes de comer, antes de que se haga oscuro.
Yo tengo algo con la naturaleza, ¿viste? El aire, el agua, la tierra, dan paz. El fuego no, claro. Aunque hay gente que le gusta mirar el fuego, cómo vibra la llama mientras se come un pedazo de madera. Yo no. Me pone nerviosa.
Pero el arroyo debe estar lindo.
Es lo más cercano que tenemos al mar.
¿Vamos?
Me cambio y vamos.
Magda sale.
2.
MARIO Capítulos 1 al 10. Un dictador se despierta una mañana con un terrible dolor de cabeza. Llama a una de sus tres esposas. Sus hijas vienen a verlo. No se levanta de la cama. Los sirvientes de la hacienda traen paños con agua fría. Un doctor viene urgente a mirarlo. Es temporario, dice. Pero llega la noche y el dolor persiste. La capital entera se despierta porque los soldados han salido a buscar a todos los médicos de la ciudad. Una fila de treinta hombres se arma a la entrada de la hacienda rodeada de alambrados y palmeras. Todos pasan, uno por uno, y dan su conclusión: es un mal nuevo, nunca visto, desconocido u olvidado. Quizás una enfermedad que afecta a los mandatarios hechos a la fuerza o a la suerte, a aquellos más cerca de ser un dios, con poder, con gente y riqueza al alcance de la mano. Otra de sus esposas reclama una solución. Cinco médicos – los mejores y con más experiencia – se ponen a trabajar en el remedio para salvarle la vida a su líder que sigue postrado en la cama como un animal que mira a un hombre acercarse con cuchillos.
3.
Magda y Mario entran por la puerta principal y se sacan los abrigos.
MAGDA Arroyo de mierda.
Eso no era un arroyo.
MARIO Es que no es temporada.
MAGDA ¿Desde cuándo los arroyos tienen temporada?
Se supone que deben correr sin parar todo el año.
Yo que quería tocar el agua.
MARIO Iba a estar helada.
MAGDA No importa. No me iba a meter. A lo mejor mojarme los pies.
Pero no en ese barro.
A los tarados nomás se les ocurre sumergirse en el barro para sentirse más limpios.
MARIO La caminata estuvo linda igual. Relajante.
Vos dijiste que el aire puro es bueno.
Ahora podés cocinar, más relajada. ¿cierto?
O cocino yo si querés.
¿Querés que te ayude?
MAGDA No no no no, vos quedate acá, sentate tranquilo, agarrá tus papeles y hacé lo que quieras.
Tranquilo.
Yo puedo sola.
MARIO A mí me gusta cocinar. Me relaja.
MAGDA No no no no, no intentes convencerme.
Quedate acá.
Contame algo mientras voy picando. Haceme charla.
MARIO Mejor contame vos algo.
Hablame de la residencia.
¿Te tratan bien? ¿Te sentís bien ahí?
Silencio.
MAGDA Sí. Está bien.
MARIO Sabés que voy casi todos los días, ¿no? A veces no me dejan entrar porque estás durmiendo la siesta. Es que no siempre puedo ir en la noche, por el trabajo, ¿viste? Pero ellos no quieren despertarte, y sí, está bien.
MAGDA Ellos saben lo que hacen.
MARIO ¿Pero vos estás bien ahí?
MAGDA Hay días y días.
MARIO Podemos buscar otro lugar si ese no te gusta. Lo importante es que te sientas bien.
MAGDA ¿Uno que quede más cerca de tu casa? ¿Puede ser?
No, esperá.
Estoy bien donde estoy. Ellos saben qué hacer cuando me pongo nerviosa.
Para qué buscar gente nueva.
Además, no quiero ponerte en más gastos.
MARIO Vos sabés que quiero que te vengas a vivir conmigo, pero es difícil, por el trabajo, ¿viste? Casi no estoy.
MAGDA Estoy aprendiendo a cocinar. Bah, siempre supe, pero mi problema era que no podía terminar. Empezaba algo y después lo dejaba a medio hacer. Hacía salsa, pero no los fideos, o al revés. O empezaba con el arroz y no le ponía sal. Las milanesas me quedaban a medias, bañadas en huevos nomás.
Me están enseñando a terminar lo que empiezo. A veces eso no es fácil…
¡Ay!
Me corté.
MARIO A ver, dejame ver.
No es nada. Te busco una curita.
Lavate con agua. Ya vengo.
Comienza a escucharse el silbido del viento a lo lejos.
Magda camina hacia la ventana. La mano le sangra.
MARIO Vení, dejame ver.
MAGDA Parece que viene una tormenta.
MARIO No va a llover.
MAGDA Es una tormenta seca.
MARIO Listo. Dejame que te limpie nomás.
¿Querés que cocine yo?
MAGDA A veces me olvido de la casa. No me acuerdo de mi habitación.
¿Dormíamos juntos?
MARIO No.
MAGDA Pensaba que sí, ¿estás seguro?
A veces veo dos camas. Sobre la mía, un estante con peluches.
En tu cama, un pantalón, la mochila con una carpeta de la escuela, libros.
Yo limpiaba por los dos.
¿Estás seguro de que no dormíamos juntos?
MARIO Yo tenía mi habitación.
MAGDA Entonces no me acuerdo de la casa.
¿Había un chifonier grande en la pieza de la mamá que estaba siempre abierto?
MARIO Sí. Lo tengo yo ahora.
MAGDA El baño del pasillo con una puerta replegable, marrón, así como estas paredes.
MARIO Sí. Después lo reemplazaron con una puerta convencional.
MAGDA No me gustaba esa puerta, la replegable, siempre se me abría, me daba miedo que me vieran sentada en el inodoro.
Otra vez estoy hablando de baños.
MARIO Sí.
MAGDA ¿Vos te acordás bien de la casa? ¿Cómo era mi habitación?
MARIO Linda, grande, con el cielorraso bien alto, de madera, con una casita de muñecas en la esquina, los peluches en el estante, sí, ¿qué más? Tenías un cubrecama bien esponjoso.
MAGDA ¿De la Barbie?
MARIO Sí.
MAGDA No me gusta la Barbie.
MARIO Pero en ese momento sí. Tenías muchas muñecas.
MAGDA Se me hace laguna, la pieza entera. La siento borrosa.
¿Está mal? Es raro, ¿no? Es señal de algo, ¿no?
MARIO Shhhh, decile shhhh.
MAGDA Debería acordarme de la casa.
MARIO A lo mejor podemos pasar a verla desde afuera cuando volvamos a la ciudad.
MAGDA ¿Y por qué no entramos?
MARIO Hay inquilinos. Mejor desde afuera nomás.
MAGDA Sí, hagamos eso.
Pasemos por la casa.
Si la tormenta nos deja.
4.
MARIO Capítulos 11 al 18. Pasan los días y finalmente los doctores llegan a una conclusión: lo que enferma al dictador es la cercanía de otras personas. El aire se le vuelve más ligero, la temperatura se le eleva, la humedad se le ensancha en el cuerpo si el dictador está rodeado de otras personas. Es necesario – los doctores dictaminan – que se lo deje solo. No debe haber nadie ni siquiera en los cuartos contiguos. Nadie. Se debe abandonar el recinto. Las cuadras alrededor de la hacienda deben ser despejadas de cualquier ser humano. Ni un bebé puede llorar a menos de diez kilómetros de los pulmones del dictador. Esto ha existido antes, dicen los doctores, lo han leído por ahí. También les ha pasado a algunos reyes de la antigüedad, a los que se encontraban abrumados por el poder que les venía del reino de los cielos. Al dictador le pasó lo mismo. Dios lo ha hecho frágil, lo ha puesto aquí para determinar qué tanto nos importa cuidar de un cuerpo sagrado. Y la mejor manera de cuidarlo es abandonándolo.
5.
El viento ha crecido, aparece en ráfagas y hace temblar la ventana.
Magda pone unas toallas húmedas bajo la puerta de entrada.
Mario aparece despeinado, recién salido de la cama.
MARIO ¿Qué hacés?
MAGDA Se está metiendo el polvo, Mario. Si no hago esto, vamos a respirar un desierto entero.
MARIO ¿Qué hora es?
MAGDA Las doce.
MARIO Diez horas dormí.
MAGDA Es el viento, te relaja. A mí también me relaja. Me hace soñar. ¿Querés un café?
Mario asiente.
MAGDA Sentate, ahí te traigo. ¿Tostadas?
Mario asiente.
MAGDA ¿En qué planeta estás? ¿Soñaste algo?
MARIO No.
MAGDA No te debés acordar. Seguro que soñaste algo. Es imposible dormir así de profundo con el ruido de fondo y que no se te despierte algo adentro.
MARIO No me acuerdo de nada.
MAGDA Pues yo sí soñé. Igual no me fui muy lejos.
En mi sueño, yo estaba acá.
Acostada en el sillón.
Mirando la pared. Que se empezaba a mover, se hacía de carne, las hendiduras parecían labios delgados, como miles de bocas largas que se peleaban para hablar.
MARIO ¿Qué?
MAGDA No me dio miedo, ¿eh?
No me entró el pánico ni nada.
MARIO Qué asco ese sueño.
MAGDA Pero no termina ahí.
Algo escuché.
Me dijeron: va a venir.
MARIO ¿Quién va a venir?
MAGDA Un hombre.
No sé quién.
Va a venir con el viento.
Lo va a traer la tormenta.
MARIO ¿Qué tipo de sueño es ese?
MAGDA Acá tenés el café, está caliente todavía.
¿Vos soñaste?
Seguro que sí.
MARIO No me acuerdo de nada.
MAGDA La tormenta no va a parar. Es más, se va a poner más fuerte.
MARIO Mejor nos volvemos entonces.
No hay nadie cerca, solo la señora y su marido, y a esos viejos no les da para hacer nada si se va la luz o el agua.
¿Y cómo sabés que se va a poner peor?
MAGDA El sueño…
MARIO (Incrédulo) Ah, el sueño…
MAGDA Vos también lo oíste entonces.
MARIO No va a pasar nada, pero si querés nos volvemos a la ciudad. Cargamos todo al auto y nos vamos.
MAGDA No.
Me quiero quedar.
Quiero ver qué pasa.
Ver si viene.
MARIO No va a venir nadie… Va a estar todo bien, no te preocupes.
MAGDA No estoy preocupada. Estoy con vos.
MARIO Pero no va a venir nadie, Magda.
MAGDA Sí…
MARIO “Yo no soy mis pensamientos”.
MAGDA ¿Ah?
MARIO “Yo no soy mis pensamientos”.
Eso me dijiste vos. Para que te repita si te hace falta.
MAGDA Ah… Sí, cierto.
MARIO No sos la única que se lo tiene que repetir.
MAGDA ¿Ah sí?
MARIO Vinimos acá por vos, y por mí también. Para despejarnos. Compartir. Con viento o sin viento. Pero sin voces ni bocas ni labios, sin hombres que van a venir, ¿te parece?
MAGDA Solo vos y yo.
MARIO Me voy a bañar.
MAGDA Qué bueno que pudiste dormir. Me tenías preocupada.
MARIO Estoy bien.
MAGDA ¿Qué pasa?
MARIO ¿Con qué? No pasa nada.
MAGDA Si no verbalizás lo que sea que andés cargando, se queda adentro y te aprieta la cabeza, te agita el avispero, como dice la gente.
MARIO Nada… No pasa nada.
Silencio.
MARIO ¿Qué? ¿Querés que hable de mí? Sabés que me cuesta.
MAGDA Estamos lejos de todo. Un lugar que no existe, casi. Un tiempo que no existe. Con tu hermana, la loca…
MARIO No digas eso.
MAGDA ¿Por qué te va a costar?
MARIO Sí soñé algo, ahora que me preguntaste, me acordé.
MAGDA Viste. ¿Y de qué era el sueño?
MARIO No sé si te puedo contar.
Me da cosa.
MAGDA Más raro que mi sueño no puede ser.
¿Por qué te va a dar pudor?
MARIO No sé… es raro.
MAGDA Te puedo dar más detalles del mío.
MARIO No.
Está bien así.
Estaba en un pasillo, y había gente que me preguntaba dónde estaba una mujer. Creo que eran amigos, gente que me conocía y que yo conocía, pero que ahora no tengo idea de quiénes son.
La cuestión es que yo sabía que la mujer estaba muerta porque yo la había matado.
Y me dio culpa.
MAGDA ¿Y les dijiste?
MARIO No me animé.
Deseé con fuerzas que fuera un sueño y que ella pudiera vivir otra vez.
Pero la había matado, de eso estaba seguro.
MAGDA Tu sueño está más jodido que el mío.
MARIO Los sueños no dicen nada real. Son pelotudeces que arma tu cerebro para joderte la vida.
Así que no te preocupes de tu sueño, yo no me voy a preocupar del mío.
No todo tiene por qué tener una explicación.
MAGDA ¿Cómo tenía el pelo?
MARIO ¿La mujer? No sé. No la vi.
MAGDA ¿Pero cómo te imaginás que lo tendría? Eso es ver en un sueño. Imaginar es ver.
MARIO Largo. Lacio. Limpio.
MAGDA ¿Negro?
MARIO Sí. ¿Y por qué el pelo es importante?
MAGDA A mí siempre se me queda ese detalle si sueño con alguien.
Como que lo puedo tocar.
Aún despierta.
El viento y el ruido desaparecen completamente. Silencio total.
MAGDA Parece que el viento también tiene temporadas.
MARIO Ahora que bajó el viento podemos ir a dar una vuelta en el auto. ¿Qué te parece?
MAGDA El aire debe estar hecho un barro afuera. No sé…
MARIO Va a estar todo bien, ya vas a ver.
MAGDA Te dejé ropa en el baño para que te pongas después de la ducha. Y un jabón nuevo, de lavanda, vas a oler muy bien con ese jabón.
Mario sale.
Magda vuelve a ajustar la toalla bajo la puerta.
MAGDA (Murmulla). Yo no soy mis pensamientos… Yo no soy mis pensamientos…
6.
MARIO Capítulos 19 al 23. Todos se han ido. El dictador comienza a respirar sin dolor, a sentirse más a gusto en la cama. A mitad de la noche, se levanta, harto de las sábanas y con hambre. Camina con torpeza y se va sosteniendo de las cosas que distingue en la oscuridad. Llega a la cocina donde le dejaron comida preparada, unos jamones curados que le durarían por mucho tiempo, latas y pan que empezaba a mostrar el paso de los días. Tomó un cuchillo, se sirvió y comió parado. Miró alrededor, la cocina inmensa, los pabellones negros que seguro se extendían a cada lado entre las sombras. Siguió comiendo, preguntándose lo que duraría un país vacío, sus manos fantasmas que solían operar la vida de los demás. Se llenó la boca y paró, masticó despacio, con cuidado de no atorarse, porque ahora sabía que no habría nadie alrededor para salvarlo. Tomó carne seca, una manzana arrugada, un trozo de pan duro y se internó a paso lento en la oscuridad. Fue chocando con unas sillas, la punta de la mesa, una jarra metálica que cayó estridente al piso. Pero no se detuvo. Forzó los ojos, las pupilas hechas aros filosos, para acostumbrarse a la sombra, para sentir que este espacio negro era también su reino.
7.
Magda y Mario comen en silencio sentados en la mesa, con una olla apostada en el centro.
MAGDA Deberías salir más, vos que podés. Y si no salís, deberías dormir más.
MARIO ¿Salir adónde?
MAGDA Conocer gente. Buscarte un novio, no sé.
MARIO No estoy para eso ahora.
MAGDA ¿Y cuándo sí?
MARIO No sé si estoy hecho para eso. Para estar con alguien.
MAGDA Yo podría ser una esposa ideal. Ideal para él e ideal para mí. Porque sabría qué se espera de mí: ser sumisa, hacendosa, cortés con los invitados que vengan a la casa, limpia, zorra en la cama, graciosa, pero siempre con gusto.
MARIO ¿De verdad podrías ser todo eso? Se ve difícil.
MAGDA Pero sí podría. Por eso te digo que sería ideal para mí también. Es fácil proyectar algo que no se es, al menos para mí, poder ver qué quiere el otro, cómo lo quiere, y dárselo. Es un juego de roles.
Es fácil jugarlo.
Y si se lo creen, a mí me dejarían en paz.
Y eso quiero. Paz.
MARIO No sos así. Falsa, no te veo.
MAGDA No con vos. Nunca con vos.
MARIO No nos mentimos nosotros.
“Libro abierto” decíamos. Teníamos que ser un libro abierto el uno para el otro.
Ya desde la escuela…
Nos gustaba el mismo chico, ¿te acordás? Nos dijimos todo.
MAGDA Pablito. Era bizco.
MARIO Sí. Pero nos gustaba.
MAGDA Tenía lentes lindos y cachetes rosados. Siempre andaba despeinado.
MARIO Me acuerdo de que una vez le propuse que me diera un beso. Jugando. Pero no quiso.
MAGDA Era medio pacato.
MARIO Éramos chicos. No importa.
MAGDA Yo también pienso que no voy a estar con nadie.
No sé si pueda estar con otra persona.
Así.
En la cama, ¿viste?
O sea…
Íntimamente.
MARIO (Interrumpe). Ya entendí.
MAGDA No me da. No me surge.
MARIO A mí no se me da sailr con alguien…
MAGDA Porque no conocés gente nueva, por eso, tenés que salir más.
Podemos ir a algún lado esta noche.
Yo no puedo tomar, pero te puedo acompañar, hacerte de celestina si querés.
MARIO ¿Acá? Nos cagan a palo si ven que estás buscándome otro tipo.
No. Quedémonos tranquilos acá adentro. Traje cartas.
MAGDA Mejor salir, conocer gente. ¿O está mal pensar así? O sea, quiero estar con vos, nada más, pero no sé, a lo mejor está mal salir aunque no sé…
MARIO No te preocupes. Salgamos. No sé adónde, pero algo vamos a encontrar.
El viento, que ha estado soplando tranquilamente, se agita, crece, las ráfagas regresan.
MAGDA El viento nos cagó el plan.
MARIO Es viento nomás. No creo que llueva. La gente sale si hay viento.
MAGDA A lo mejor es esta noche.
No pensé que fuera a pasar tan rápido.
MARIO ¿Qué cosa?
Silencio.
MARIO No va a venir nadie, Magda.
MAGDA Y si viniera, no tiene por qué entrar, ¿verdad? Nadie entra sin que le abran la puerta. Nadie que sea cortés o respetuoso, claro.
MARIO Mejor podríamos tomar algo acá, charlar un rato y nos vamos a dormir.
MAGDA No sé si me dé sueño.
MARIO Jugamos algo, charlamos, tomamos, no sé, hasta que nos dé sueño.
MAGDA ¿Tomar qué? No me dejan.
MARIO Traje un vino. No les digas nada a los enfermeros de la residencia, ¿eh? Es para mí y vos probá un poco, para mojarte los labios, aunque sea.
MAGDA Creo que les di una mala impresión.
MARIO ¿A quiénes?
MAGDA A las voces, en mi sueño.
Cuando me hablaban del hombre, del viento, yo me quedé callada y pensaba: finalmente, va a llegar, me va a llevar, estoy lista.
No dije nada, claro.
Pero en un sueño todo está puesto en la mesa, nada es secreto.
Así como en el tuyo: tus amigos seguro supieron que mataste a esa mujer.
Nada queda guardado.
Seguro también supieron que sentías culpa, claro.
Y las voces del mío habrán percibido lo que yo sentía: mi seguridad, la habrán olido y por eso dijeron una y otra vez lo mismo.
Para que no me fuera.
MARIO ¿Y por qué querés que venga ese hombre?
MAGDA Porque nunca estuvo, nunca lo vi, nunca lo toqué o lo olí.
Si viene, si me agarra, ¿adónde vamos a ir a parar, él y yo, la forma entera, la palabra completa, la oración terminada?
Es terminar una frase, se sentiría así.
Cuando venga él se va a sentir así.
Que te caiga la ficha finalmente.
Entender, no sé qué, pero entender.
Eso trae él.
La idea final, la clave.
Estoy lista.
¿No te parece?
MARIO Yo te veo bien, pero…
MAGDA Puedo preguntar si podemos ir juntos.
No quiero separarme de vos.
Ya es suficiente con la residencia y enterarme de que no compartíamos cuarto.
No tenemos por qué separarnos más.
Él va a entender. Seguro tiene lugar en su auto o su caballo o carreta o avión, quién sabe en qué venga.
A lo mejor viene caminando. Empujado por el viento.
Armado de valor.
MARIO No quiero que nos separemos, pero no quiero ir con él.
¿Adónde vamos a ir?
Vamos a casa mejor. Agarremos las cosas ahora y vamos a casa.
MAGDA ¿Tu casa?
MARIO Sí. Vamos a mi casa. No más residencia.
Olvidate.
El lunes voy y firmo lo que haya que firmar para sacarte de ahí, dejar de pagar las cuotas y ya. Ellos me van a decir cómo hacer, cómo cuidarte.
MAGDA Ellos saben lo que hacen.
MARIO No nos vamos a ningún lado. Solo a casa.
MAGDA Eso está bien.
Eso suena reconfortante.
MARIO Que no te dé miedo el viento.
MAGDA ¿Miedo? Nunca tuve.
8.
MARIO Capítulos 24 al 31. Los días pasaron, los meses, los años, y el dictador dejó de verse como un hombre abandonado, que sobrevivía del depósito de alimentos y de los frutales que se cuidaban solos en el jardín. Dejó de verse atrapado en el círculo vacío que era su mansión y se vio finalmente como lo que siempre había querido ser, lo asumió, como si su deseo saliera a flote porque a esta altura y en estas circunstancias, qué otra opción tenía más que vivir en la fantasía a la que la soledad lo había empujado. Se vio como un rey, designado por una fuerza divina para dirigir, para hacer la palabra de Dios ahora en cuerpo. Tenía que asumirse como tal, hacerse cargo de la responsabilidad de comandar a su gente. ¿Pero quién le quedaba? Ollas viejas, pasillos sucios, muebles ajados por el calor del verano. En el día le entraba el desconcierto porque la realidad se le volvía palpable, podía ver la desolación que lo rodeaba. Pero a la noche, cuando las sombras se devoraban cada cuarto del palacio, nombraba caballeros a los muebles, damas a las cortinas y veía jugar a los bebés hechos de jarrones de cerámica que acomodaba en la esquina de su habitación. Salía al patio y notaba primero la negrura de las comunas a su alrededor, pero después veía infinidad de huertos, granjas, casas de campesinos, la plebe esperando que él declarara la guerra o dictaminara la paz hasta la próxima época de siembra. Se sentaba en una silla reclinable, mordisqueaba una naranja y se quedaba dormido hasta que el sol evaporara a su población entera.
9.
La luz se fue. Magda enciende una vela y la lleva consigo al sofá junto a la ventana. Mario revisa sus papeles y escribe con otra vela sobre la mesa.
El viento continúa.
MAGDA A la señora también se le cortó la electricidad. Desde acá se nota la casa, pero no se ve ninguna luz adentro. ¿Tendrán velas?
MARIO Seguro que sí. La gente en estos pueblos está preparada para todo.
MAGDA Esta noche es la noche.
MARIO ¿Para qué?
MAGDA Para lo que sea que vaya a pasar.
MARIO ¿Y qué va a pasar?
MAGDA Lo que tiene que pasar.
MARIO Magda, no te entiendo.
MAGDA El hombre… va a venir esta noche.
MARIO ¿Cuántas veces soñaste lo mismo?
MAGDA Solo una vez. ¿Por qué preguntás? ¿Porque repito mucho?
MARIO Pero no sos vos, en realidad no sos vos…
MAGDA Es mi cabeza, me lo dijiste.
MARIO Podrías buscarte algo con qué distraerte. Podemos jugar algo si querés.
MAGDA Leeme eso que tenés ahí. ¿Qué estás escribiendo?
MARIO Esto no. No está listo.
No sé si es bueno, por ahora es una idea.
No me gusta leer mi trabajo. En voz alta. A otras personas. En público.
Me abruma.
MAGDA Pero si lo hacías todo el tiempo. A mí me leías.
MARIO Era diferente. Yo te contaba cosas antes de dormir. No te leía. Cuando no podías dormirte, venías a mi pieza, me despertabas, te hacía lugar en la cama y ahí te contaba un cuento.
MAGDA Y me quedaba dormida…
MARIO Nunca lograba terminar una historia.
MAGDA Podrías contarme entonces, no leer, contame una historia.
MARIO Ya no me gusta hacer eso tampoco.
Ahora la cosa se siente más seria, más pesada.
Antes era un juego, ahora no.
Es más trabajoso.
La luz en la cabaña vuelve, parpadea, se queda por un momento, y luego se va otra vez.
MAGDA Va a ser esta noche.
MARIO Parecés medio bruja diciendo esas cosas.
MAGDA Igual ya sé de qué se trata tu historia.
MARIO ¿También sos adivina o qué?
MAGDA No.
La leí.
El otro día mientras te dabas una ducha.
Se lee rápido.
Yo leo rápido.
MARIO Son como cien páginas o más…
MAGDA Me salteé partes…
Pausa.
MARIO ¿Y qué te pareció?
MAGDA Me gusta el rey, el dictador. Me gusta cómo piensa.
MARIO ¿Te gusta cómo piensa? ¿Qué quiere decir eso?
MAGDA Lo abandonan y él no se inmuta. Aprende.
MARIO No sé si es así. Te habrás saltado muchas partes.
MAGDA Leí bastante. Leo rápido.
MARIO A escondidas y sin permiso. Algunos se molestarían.
MAGDA ¿Vos no?
MARIO No, yo no. No con vos.
MAGDA Vos sos ese rey, ¿no?
MARIO Leer en público no me gusta y responder preguntas así, tampoco me gusta.
MAGDA Pero sos, ¿o no? ¿Por qué te sentís abandonado?
MARIO No va por ahí la cosa. Mejor no hablemos de la novela. No está terminada.
MAGDA A mí me gustó. Para mí está lista.
MARIO No tiene final.
MAGDA ¿Hace falta?
MARIO Sí. No es novela si no tiene final. Y un final bueno.
MAGDA Quizás no es novela.
No todo tiene final.
Menos un final bueno.
MARIO O sea, un final que valga la pena.
MAGDA Para mí está listo.
MARIO No sé qué le va a pasar. Tengo que terminarla.
Cuando la tenga lista, a lo mejor, te leo alguna parte.
MAGDA La gente escribe de lo que lee y de lo que ha vivido.
Eso dicen.
MARIO ¿Quién dice eso?
La gente escribe y ya.
MAGDA Me da la sensación de que me querés decir algo.
MARIO ¿Algo como qué?
MAGDA Yo no te abandoné.
MARIO Ya sé.
MAGDA Si pudiera, me quedaría con vos siempre.
Viviría en la misma casa.
Te haría de comer.
Me metería en tu cama.
Para que me cuentes historias.
O te las contaría yo.
MARIO No sé si eso está bien.
MAGDA ¿Quién dice?
En nuestra casa solo estamos vos y yo.
¿Quién pone las reglas? ¿Quién las decide?
Vos y yo.
Somos uno, las dos partes de la oración.
¿No te gustaría estar completo? ¿Qué la cosa siempre tenga sentido?
El viento abre la ventana y apaga las velas. Mario corre a cerrar y se queda vigilando que no vuelva a abrirse.
Magda se sienta en el sofá y lo mira desde ahí, iluminada a medias.
MARIO Tendríamos que habernos ido en la mañana. Esta casa se va a ir por los aires.
MAGDA Vení. Sentate conmigo.
MARIO No quiero.
MAGDA Vení. Hay espacio. Estás muy tenso.
MARIO Quiero estar tenso. Hay que vigilar que no entre el viento.
MAGDA Tenés un lunar en el cuello. De acá te lo veo. Me había olvidado.
MARIO No entiendo por qué me decís esas cosas.
MAGDA Hace tiempo que me dejo llevar así. Que mi lengua sea una marea. Decir lo que pienso. Ser una ola.
MARIO Los árboles bailan. Hasta casi se puede ver el viento.
MAGDA Sentate conmigo.
MARIO Quiero ver esto. El poste de luz sigue encendido. Hay remolinos, hojas, polvo.
MAGDA Vení, Mario.
MARIO Si me siento ahí con vos…
MAGDA ¿Qué?
MARIO Me apago. No sé qué voy a hacer o quién terminaré siendo.
MAGDA ¿Qué tiene de malo eso?
MARIO ¿Quién nos va a cuidar?
MAGDA Nadie.
MARIO ¿Y qué nos va a pasar?
MAGDA Lo que tenga que pasarnos.
MARIO Es demasiado.
MAGDA No lo es.
MARIO Ser ola… El agua se escurre, se va. El viento empuja, pero también se va. Desaparece. Como si nunca hubiera estado.
Debería darte miedo eso. A mí me da.
Dejarse llevar y perderse en hilitos, invisible.
MAGDA Es lo más lindo.
MARIO ¿Lo es?
MAGDA Apagarse es lo más lindo.
MARIO Pero queda todo a oscuras.
MAGDA Como ahora.
MARIO ¿Cómo te vas a ver si está todo a oscuras?
MAGDA Yo te veo a vos. ¿Vos me ves a mí?
Mario asiente.
MAGDA Eso es suficiente.
MARIO Tengo sueño.
MAGDA Dormir es dejarse llevar. Vamos a acostarnos.
MARIO ¿Vos tenés sueño?
MAGDA Tengo una historia para contarte.
No soy buena contando historias como vos, pero te la puedo contar igual.
Tiene final. Y vale la pena.
MARIO Es el viento. Me relaja.
MAGDA Y va a soplar toda la noche.
10.
MARIO Capítulos 32 al 36, el final. Pasaron los años y el rey se dejó llevar por la fantasía de un reino vivo y dinámico que solo despertaba de noche. Él también pasaba todo el día en cama, dormido o forzando los ojos para no ver la desolación que le mostraba el sol. Pero con el tiempo, no pudo dormir más, solo dos o tres horas, como si su cuerpo lo empujara a atestiguar la soledad del día. Iba al patio, recogía frutas y se sentaba a mirar hacia el horizonte, las casas ajadas, los árboles frondosos, las calles invadidas por los yuyos. Atribulado por la idea constante de que solo la noche le traía compañía y el insomnio, percibía lo vivo a su alrededor con más atención: los insectos, las nuevas hojas de las plantas en el jardín, y el viento. Especialmente, el viento. Le parecía vivo. Amigo. Gentil. Una tarde, el viento se levantó, dibujó un remolino de tierra a lo lejos y llegó a su jardín, ya suave, manso. Hubo algo en el movimiento afable de la brisa que él sintió el pasar de unos dedos, la candidez de una mano o una mejilla que se acercaba a la suya. Él entendió. Su gente debía estar por ahí, en ese viento empujado por la añoranza; su gente debía estar atada a él por el mismo aire, rodeada y en contacto con el mismo vacío que ahora se le aparecía perceptible. Empezó en sus sueños a querer hacerse aire también; y a medida que la piel se le fue arrugando con el tiempo y las fuerzas lo fueron postrando en la cama casi sin vida, se vio más transparente, invisible, hecho de aire. Su deseo lo estaba llevando a su forma final, en la que podría estar acompañado y siempre flotando en el lugar que todavía cargaba algunos recuerdos, pero con la posibilidad de dispersarse, alejarse y viajar, acercarse a otros. Se desvanecía con la certeza de que siempre podría volver a los suyos, meterse a los sueños de quienes aún lo recordaban mientras sus cuerpos respiraran plácidos en la noche. Así volvería a verlos. Primero aire y luego carne en la imaginación de los durmientes. Así volvería, siendo una brisa, quizás un viento furioso, y se haría otra vez un hombre entero, fuerte, capaz de tocar con los dedos, de sentir y acercarse a los suyos para decirles acá estoy, he venido a cuidarlos. Y cuando la noche acabara, cuando el durmiente despertara exhalando el último pedazo de cuerpo gaseoso del rey, él volvería a flotar en el aire de la vigilia, expectante, acompañado, lleno de gratitud porque aún quedaría un recuerdo de su persona, un mínimo, aunque lo único que él pudiera hacer fuera soplar un chorrito de aire.
11.
El lugar sigue a oscuras. El viento se ha intensificado. La ventana está abierta, agitándose con estrépito. El polvo invade. Los papeles en el piso.
Magda entra corriendo y cierra la ventana.
Recoge los papeles con delicadeza, les quita el polvo.
Ojea, pero la ventana vuelve a abrirse.
Corre a cerrarla y se queda ahí, cuidando de que no vuelva a ocurrir.
Mario entra, dormido, poniéndose una remera.
MARIO Ya va a amanecer.
MAGDA Debe haber una piola o algo para atar las manijas de la ventana. Se sigue abriendo.
Mario va a la cocina.
MARIO Acá no hay nada.
MAGDA Vení y sostené acá.
Él lo hace mientras ella se desata los cordones de una de sus zapatillas.
Con eso ata las ventanas.
MARIO ¿Dormiste algo?
MAGDA No pude. Tampoco quería.
MARIO Siguen despiertos allá también.
MAGDA La señora y su marido.
MARIO Deben estar como locos con este viento. ¿Debería ir a ver cómo andan? ¿O mejor no?
MAGDA No salgas. No ahora. No vos.
MARIO Magda, no va a pasar nada si salgo.
MAGDA Recién te mentí. Sí me quedé dormida. Un rato. No pensé en baños ni en nada. No me hice una lista de palabras. Me rejalé. Ahí con vos. Se sintió muy rico. Y me dormí.
MARIO ¿Y por qué no me dijiste?
MAGDA Porque soñé otra vez.
MARIO ¿Con las paredes? ¿Con las bocas?
MAGDA Eran muchas, pero esta vez hablaban al unísono. Todas dijeron lo mismo al mismo tiempo.
MARIO ¿Qué te dijeron?
MAGDA Me hicieron pasar, me abrieron una puerta similar a esa en la entrada, me dijeron que no le prestara atención al polvo, al olor a ladrillo o el aire cálido. Era normal. Me sentí en paz. Me sentí en calma. Eran muchas voces que se hicieron personas, figuras borrosas que iban y venían, se detenían al verme parada, esperando, y seguían de largo. Yo me quedé ahí. Me decían al oído que lo que esperaba iba a venir, que iba a entender lo que venía preguntando.
MARIO ¿Qué cosa?
MAGDA ¿Qué hago acá? ¿Por qué estoy viva? ¿Por qué sigo viva?
MARIO No entiendo tus preguntas.
MAGDA También pregunté por vos.
MARIO No tenés por qué preocuparte por mí.
MAGDA Me dijeron que de uno depende el otro, de uno dependen todos y viceversa. Todos estamos atados por el mismo aire.
Entonces lo esperé. Hice lo que me pidieron. Y cuando todas las figuras se dispersaron en el polvo, en el aire caliente, pude ver que él venía a lo lejos.
Y abrí los ojos. En ese momento, fue demasiado. Me dio miedo.
Me desperté.
La ventana se abrió acá en la sala y vine a cerrarla.
MARIO Vamos a dormir entonces.
MAGDA No puedo esperar más.
MARIO En la residencia me dieron unas pastillas para vos. Por si esto pasaba. Por si no podías dormir. Te traigo una. Te traigo dos. Las dejé en mi bolso.
MAGDA No quiero dormir. ¿No ves que va a salir el sol?
¿Y si viene antes?
Quiero hacerme aire como él para dejar de sentirme sola.
MARIO No lo estás. Yo estoy con vos.
La abraza.
MAGDA Voy a hacernos un té. De frutilla. Eso siempre es bueno, es rico, necesario.
Magda va a la cocina.
MARIO ¿Seguro no querés una de tus pastillas? Aunque sea una…
MAGDA Está bien.
MARIO Ya vengo. Dejé el bolso en la pieza.
Mario sale hacia la habitación.
Magda camina sigilosamente. Se detiene a ver por la ventana y luego camina hacia la puerta de entrada.
Abre y el viento le llega como si alguien le diera un fuerte abrazo.
Sale y cierra detrás de ella.
Silencio.
La pava silba.
Mario regresa. La busca. No la encuentra.
Se escucha un grito desde afuera.
Él sale alarmado y la trae arrastrando, despeinada, con la ropa dañada y sucia.
MARIO Magda, Magda… ¿Qué pasó?
MAGDA El viento, Mario. El viento es una boca.
MARIO Vamos al sofá, así descansás.
MAGDA Dejame acá. Quiero sentir el piso.
MARIO ¿Qué hago, Magda?
MAGDA Quedate conmigo. Mirame a los ojos. ¿Podés verme? ¿Podés sentirme?
MARIO Magda… oh, Magda.
MAGDA Volví a ver el mismo lugar que en mis sueños. El aire caliente. El polvo construyendo paredes. Las voces que me silbaban al oído.
Pero esta vez no me escapé.
Me quedé esperando. Como dijeron que lo hiciera.
Y él llegó, Mario.
Vino.
Lo vi de lejos.
Un hombre hecho de sombra roja.
Hecho de carne palpitante.
Estaba lista, estaba lista para que me llevara con él, para entenderlo todo, para que me dijera si algo de todo esto tiene sentido, si vivir no es estar loca.
Pero cuando se me puso al frente, bien cerca, cuando le pude ver en los ojos las intenciones, reculé, me hice para atrás, y él se abalanzó hacia mí.
Me apretó fuerte, las voces intentando penetrarme, su cabeza queriéndose enterrar en mi pecho, en mi cuello.
Mario, Mario, lo vi de cerca.
Su cara animal.
Sus pelos hechos de espinas finas.
Sus manos rasgadas por la tierra.
MARIO No pienses en él. Estás conmigo ahora. Esto vale la pena. Esto tiene sentido.
MAGDA Es solo carne, Mario. Hecha de aire y polvo.
Eso. Y nada más. Esa fue su respuesta.
Ahora sí tengo miedo.
MARIO Magda…
MAGDA Le vi los ojos, Mario. Fríos, en calma. Los vi bien.
MARIO Ya se fue, Magda. Está lejos. Yo estoy con vos. No te olvides de eso. Estoy con vos.
MAGDA Me vi en él, Mario. Un cuerpo errante andando entre voces.
MARIO Tocame. Yo no soy solo una voz.
MAGDA Sí lo sos. Yo también soy eso. Una voz que se apaga.
MARIO Tomate una pastilla.
MAGDA Dormir me lo recuerda. Porque no hay que olvidarlo. Sombra y sonido, en un campo rojo, vagando hasta desvanecerse. La ilusión es estar despierto.
MARIO Una pastilla.
MAGDA Quiero dormir, pero no sé si pueda.
MARIO Una sola. Una pastilla. Hacelo por mí.
MAGDA Por vos haría todo. Todo y otra vez todo.
MARIO Escuchame, Magda. Yo sí obtuve la respuesta que esperaba. Este fin de semana. Escuchame bien. Sos vos, Magda. Sos vos.
MAGDA ¿Yo qué?
MARIO No estoy solo. No necesito imaginarme aire para sentir que estoy cerca de vos. A veces te vas a estos lugares en los que no puedo encontrarte, pero volvés a mí. Estamos juntos. Saber eso tiene sentido, aunque todo lo demás no lo tenga.
MAGDA Sí, claro. No estás solo. No te voy a abandonar.
MARIO Quedate acá entonces, tranquila, relajá tu cabeza en mi regazo, así como ahora, tengo algo para contarte. Una historia linda.
MAGDA ¿Como las de antes? Las que eran un juego.
MARIO Tengo una buena para contarte. Un marinero y una foca, en medio del mar.
MAGDA Las olas.
MARIO Ambos enamorados del mar.
MAGDA Quién no estaría enamorado del mar.
Se ve el sol del amanecer por la ventana.
MARIO Pensá en el mar. Las crestas blancas de las olas a lo lejos. Las gaviotas que se abren paso en el cielo de la mañana. El sol cándido que les ilumina las alas. Aún se ven estrellas y algunas nubes de la tormenta de la noche anterior.
Pero ya pasó, Magda.
La tormenta pasó.
Y todo está en calma.
Apagón.
Biografía
Guillermo Severiche

Nació en Mendoza, Argentina, en 1986. Cursó la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Cuyo y el doctorado en Literatura Comparada en Louisiana State University. Reside en Nueva York desde 2016, donde completó el MFA en escritura creativa en español en NYU. Es autor de la novela El agua viene de noche (GG Editora, 2021) y de obras de teatro como La Serena, Vos y El rey del viento. Es el fundador de la serie de lecturas En Construcción. New Works by Latin American Writers. Actualmente, trabaja como profesor en Fordham University (Lincoln Center) y como gerente literario en IATI Theater, en el East Village de Manhattan.

