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 Damaris Betancourt
 

                                                                                           Por: Jacqueline Herranz Brooks

Supe del trabajo de Damaris Betancourt a través de Instagram, donde sus imágenes comenzaron a aparecer de manera recurrente en mi feed y despertaron una curiosidad que me llevó a detenerme y observar en el conjunto de su obra, hasta finalmente establecer contacto con la artista y realizar esta entrevista.

 

La obra de Betancourt se sitúa en una zona particularmente fértil del campo fotográfico contemporáneo, donde el documento se construye desde una mirada intuitiva, afectiva y críticamente informada. Autodidacta, formada en diálogo con el documental clásico pero consciente de sus límites, su práctica se articula como un registro de lo que persiste y de lo que se desvanece: ciudades en ruinas habitadas, cuerpos atravesados por la enfermedad, objetos que sobreviven a la muerte y activan el archivo íntimo. En sus series, la fotografía funciona como presencia contenida, huella de una experiencia vivida desde la distancia (geográfica, temporal y emocional) que caracteriza la condición migrante. Tras pasar tiempo con su trabajo en línea y leer las entrevistas disponibles, entendí que muchas de las decisiones que sostienen sus imágenes permanecían en el propio hacer fotográfico; de ahí surgió la necesidad de formular las preguntas que abren esta conversación.

JHB: En Inventario de una ciudad trabajas con edificios y estructuras aparentemente "sin importancia". ¿Cómo decides aspectos técnicos como el punto de vista, la distancia focal y la neutralidad de la luz para evitar la dramatización y mantener una especie de registro contenido? ¿Qué papel juega para ti esa economía formal en la construcción del sentido de la serie? 

 

Nací en El Vedado y allí viví toda mi vida hasta que salí de Cuba a los 22 años. Mi infancia y adolescencia transcurrieron en La Habana de los 70 y los 80, cuando la ciudad aún reflejaba escasos destellos de lo que una vez fue. Desde que me fui a vivir al extranjero, siempre que regresaba a Cuba, a mi barrio, me impactaba ver que, a la par de que se iban yendo amigos, vecinos, también desaparecían lugares. Entonces me propuse hacer esta serie, que comencé en 2009 e intermitentemente he continuado durante mis visitas: «Habana Siglo XXI: Inventario de una ciudad».

No uso corsés estilísticos; documentar ese instante que veo es, para mí, lo más importante. Las historias surgen de la necesidad de expresar visualmente mis reflexiones y mi curiosidad. Puedo imaginar cómo podría lucir una serie y qué elementos formales pueden ayudar a transmitir la idea, pero debo decir que, en mi experiencia personal, la realidad es la que perfila mi perspectiva y siempre resulta más “creativa” de lo que yo pueda pretender.

Cuando te planteas realizar un proyecto que llevarás a cabo espaciadamente durante años, tienes que mantener un eje que lo sostenga, pero como yo fotografío más desde la intuición que desde el concepto, es difícil para mí acatar limitaciones. Entonces me impuse unas pocas reglas, bastante sensatas, que sabía que respetaría. Me planteé hacer fotos discretas, manteniendo cierta distancia y captando la luz más ecuánime posible, para que expusieran la ciudad sin manierismos. Busqué inspiración en la virtuosidad de grandes artistas, en  la holgura de Canaletto y Marieschi, en el lirismo de Luigi Ghirri y Guido Guidi, en los vacíos de Edward Hopper y de Chirico, en la humanidad de Walker Evans y Robert Frank. Mostrar la ciudad como escenario, a la manera en que Ortega y Gasset la describía: plaza, ágora, encuentro, discusión, elocuencia. Esos paseos con la cámara por La Habana me hicieron redescubrirla.

Todo es importante en la ciudad. Alrededor del 55 % de la población mundial habita en zonas urbanas y más del 80 % del producto interno bruto global se genera en las ciudades. Esta tendencia va en ascenso y convierte a la ciudad en una fuerza centrípeta que concentra a las sociedades contemporáneas y, por lo tanto, en el lugar en el que transcurre la mayor parte de nuestra existencia, donde abrimos los ojos a una serie de fundamentos, de nociones estéticas y dimensionales, a nuestra relación con el exterior, y donde percibimos y aprendemos formas y perspectivas de vida. Y es el sitio que alberga una buena porción de nuestra historia compartida. La ciudad no es un mero entramado de calles entre las edificaciones; es infinitamente más: es memoria. Es pasado habitado en el presente y presente proyectado hacia el futuro.

 

JHB: El término inventario remite a una lógica documental casi administrativa o archivística. ¿Trabajas con algún sistema previo de clasificación, repetición o serialidad al fotografiar estos edificios, o el archivo se construye de forma más intuitiva y afectiva a medida que caminas la ciudad?

DB: Obviamente, este no es un inventario en el sentido técnico del término, pero sí es una compilación de lugares, momentos, coincidencias, vacíos, microhistorias… que ocurren en este plató colectivo donde se desarrolla la trama de nuestras vidas: la ciudad. Son instantáneas de la cotidianidad.

Yo tenía, sobre todo, bien claras dos cosas: que la ciudad sería la protagonista de este trabajo y que la serie no consistiría en una retahíla de fotos de derrumbes y de calles destrozadas. Hubiera sido demasiado fácil. Comencé haciendo recorridos habituales por mi barrio. Siempre disfruté andar por El Vedado, aunque ahora pasear por ahí sea como caminar sobre puntas de vidrio con los pies descalzos. Pero fue un buen ejercicio para encontrar lo especial en aquello que durante tanto tiempo fue tan ordinario para mí. Me ha sucedido que he fotografiado el mismo lugar dos, tres veces y así he ido documentando el cambio. Pero no es un método, sino casualidad, intuición.

Hay un componente que, para mí, ha sido de gran importancia: la distancia. Ella me ha otorgado una perspectiva crítica que me permite mirar tanto desde dentro como desde fuera y explorar cómo la distancia —física, emocional o temporal— descubre aspectos invisibles de una realidad. Asimismo, me ha ayudado a comprender que esa inercia que viven los cubanos también es consecuencia y reflejo de su entorno. ¿Cómo puede alguien que ha vivido toda su existencia en un estado de provisionalidad permanente vislumbrar un futuro?

La devastación de La Habana no es únicamente un acto de desidia vergonzoso, sino una acción deliberada de desprecio hacia nuestro patrimonio histórico, cultural y arquitectónico. Espero que este trabajo, sin pretender demasiado, contribuya a completar un registro de la imagen actual de La Habana.

 

JHB: Muchas de las edificaciones que fotografías en "Inventario de una ciudad", parecen suspendidas entre la permanencia y la desaparición. ¿Te interesa que las leamos como restos, como huellas de un proyecto urbano fallido, o como espacios todavía vivos aunque invisibilizados?  

 

DB: Es que, sorprendentemente y aunque parezca una contradicción, son las dos cosas. Escombros habitados, ruinas llenas de vida, que albergan familias y que, con los años, han ido configurando una forma de vida que ya casi se ha generalizado. Como si fuesen restos arqueológicos, este paisaje de fachadas derruidas, estos edificios desfigurados, convertidos en refugios más que en viviendas, a punto de colapsar, son la evidencia de un pasado floreciente y próspero de una ciudad que una vez fue moderna, dinámica y abierta.

Decía el arquitecto cubano exiliado Nicolás Quintana: «Podemos hacer de la tragedia de la destrucción una maravilla de reconstrucción, que permita desarrollar La Habana en códigos modernos sin renunciar a su identidad de gran ciudad, a la escala humana que aún no se ha perdido». Esa es La Habana que yo quiero contribuir a rescatar: la que, sin renunciar a su esplendor, pueda salvarse de la modernización incontrolada que ha destruido a otras. Una ciudad en la que se logre combinar modernidad con identidad, y espaciosidad con calidez. Desde 1959 no ha habido un proyecto urbanístico propiamente dicho porque no se ha priorizado una visión de respeto y conservación, no solo de su arquitectura, sino también de una forma de vida, más allá de los consabidos retoques con el propósito de atraer divisas del extranjero. Porque indiscutiblemente ni el hombre ni la búsqueda de su felicidad están entre los principios medulares de ese régimen.

 

JHB: Pensando ahora específicamente en la serie habanera de 2018, "Las amigas de mi madre" que vi en tu página, estos retratos están atravesados por la enfermedad, la pérdida y el afecto. Desde lo técnico, ¿cómo pensaste el uso del encuadre, la proximidad física y el tiempo compartido con cada mujer, para no convertir el retrato en un documento frío del deterioro, sino en un gesto de presencia?

DB: Un día mi madre me escribió que una gran amiga había sido diagnosticada con un cáncer terminal. Cuando uno está lejos, a veces se origina una obsesión en torno a la idea de la pérdida. Así que sentí un fuerte deseo de hacerle una foto a esa amiga para conservar su recuerdo. Ya tenía planificado un viaje a La Habana y pude visitarla y despedirme de ella. Tuvimos la suerte de que fue uno de esos días en que no se sentía tan mal. Se alegró mucho al verme. Le pedí poder retratarla y accedió. No olvido aquel silencio en su dormitorio, entre los golpes del obturador. No hubo nada preconcebido; no tuve que decirle nada; nuestras miradas convergieron a través del lente y nada más. Ambas sabíamos que en ese momento nos estábamos despidiendo. Fue difícil para mí. Yo solo quise guardar su imagen y hoy sé que fue la última. Luego fui visitando a otras 10 amigas de mi madre y los retratos siguieron las pautas del primero. Simples instantáneas de cada una de ellas en su entorno. En un retrato, la interacción previa con la persona es crucial. Estas mujeres eran amigas de mi madre; algunas de ellas me vieron nacer. Esto no facilitó el proceso, pero sí lo hizo muy intenso para mí.

 

JHB: La serie "No te dejaré morir", parte de una fotografía de infancia con tu madre, pero también las fotografías y materiales se cruzan entre La Habana (2022) y Zúrich (2024) sugiriendo tránsito espaciotemporal y afectivo entre país natal y residencia actual. Desde este enfoque la serie dialoga con las prácticas de la autobiografía y el archivo íntimo donde la construcción del relato visual es documental y emocional. ¿Puedes hablarnos de cómo estructuras visualmente ese tránsito emocional en la serie? ¿Cuál es la lógica narrativa (cronológica, temática o afectiva) que nos guíe a través de esos recuerdos?

DB: Yo soy una inmigrante. Más de la mitad de mi vida ha transcurrido lejos del lugar donde nací y donde viví mi infancia, mi adolescencia y el comienzo de mi primera juventud. Allí yacen mis mayores; allí adquirí mis primeras nociones, tuve mis primeros amigos, viví mis primeros amores, mis primeras tristezas, decepciones. Mis incursiones por mi yo íntimo y mi yo colectivo. Mi primer y gran adiós. Todo eso es pérdida, aunque esa pérdida haya sido necesaria y vital y haya supuesto un enriquecimiento ulterior.

El eje que sostiene las series «Habana Siglo XXI», «Las amigas de mi madre», «La reticencia del adiós», «No te dejaré morir» es que, a fin de cuentas, todas ellas son un registro de algo que existió o va desapareciendo paulatinamente. Todas ellas circundan la idea de la pérdida; son capítulos de una despedida prolongada. Son marcas del desprendimiento que ocurre inevitablemente cuando se ha estado lejos durante tanto tiempo. Son también crónicas de una extinción lenta, progresiva, indetenible, por un lado, y de una abnegación y una renuncia constantes, por el otro. Yo me he propuesto recoger esta experiencia a modo de testimonio, de manera visual y, con suerte, conservarla, para que mi hija sepa dónde está arraigada la mitad de sí misma.

La fotografía, a mis ojos, es ante todo un documento testimonial. En su acepción tradicional, se conceptualiza como un medio que, mediante el uso de una cámara oscura orientada hacia el mundo, genera una imagen a partir de la luz incidente. Esa imagen mantiene una relación catastral con el fragmento seleccionado de la realidad percibida. En este sentido, la fotografía sigue siendo un medio que remite físicamente a lo que realmente fue. Por eso creo que la fotografía puede representar perfectamente el vacío, la pérdida, la despedida y la ausencia, y codificarlas en lenguaje visual, porque, aunque son nociones intangibles, dejan profundas huellas y así también conforman la realidad.

 

JHB: En tu trabajo a menudo la fotografía actúa como documento y “presencia” de lo que ya no está. En "No te dejaré morir", ¿Cómo consideras que la fotografía puede fungir como un espacio para el duelo o la resistencia ante la desaparición, y qué lecciones visuales ofrece esto a quienes trabajan con imágenes personales?

«No te dejaré morir» es una forma de duelo, una manera de gestionar el dolor, de lidiar con la tristeza y de estar en contacto con mi madre a través de las cosas que dejó. Ella murió a finales del verano de 2019; entonces solo pude hacer una estancia muy breve en La Habana. Luego llegó la pandemia; las fronteras se cerraron y pasaron tres años antes de poder volver. Cuando regresé a su casa, el lugar donde crecí, estaba todo bastante intacto, pero sabía que no quedaría así. Permanecí en La Habana alrededor de dos semanas, finalizando trámites pendientes y, entre las esperas, comencé a abrir armarios, revisar gavetas, álbumes y cajas llenas de fotos familiares, documentos, correspondencia y objetos guardados durante décadas. Infinidad de cosas antes de que fueran guardadas en algún cajón o de que me deshiciera de ellas para siempre. Empecé a fotografiarlos según los iba encontrando, encima de la mesa de comer, con una pequeña cámara compacta, para poder llevarlos conmigo en forma de imagen. Al llegar la fecha de mi regreso, junté las cosas que quedaron pendientes y que tenían espacio en una maleta y me las llevé a Zúrich para seguir fotografiándolas. A menudo no nos queda otra opción que ajustarnos a las circunstancias, y esa falta de recursos y de alternativas es la que impone una dinámica y un lenguaje. Me llevó un tiempo reabrir ese baúl. Cuando por fin lo hice, la primera sensación fue volver a chocar con la evidencia de la muerte de mi madre, pero poco a poco me fui sintiendo como si estuviera con ella, y así experimenté sentimientos encontrados. Por un lado, sentir su cercanía; por otro, constatar que ya no estaba.

En ese profundo vacío y soledad que dejó su muerte, fotografiar esos objetos resultó, a fin de cuentas, intensamente reconfortante. Fue como desafiar la realidad y cruzar esa fina línea que separa la vida de la muerte y el pasado del presente. Volví a ser pequeña, a acurrucarme en su regazo, a sentir su mano tomando la mía para salir a pasear y sostenerme, mientras yo caminaba por el pequeño muro que bordea el césped, probando mi equilibrio. Pero lo más importante que encontré entre esas cosas tan sencillas que dejó fue una declaración de amor intenso hacia mí. Y así, finalmente, pude dejarla ir.

Biografía 

Damaris Betancourt

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Fotógrafa cubana nacida en La Habana en 1970 y radicada en Zúrich desde 1993, Damaris Betancourt se formó de manera autodidacta tras colaborar con documentalistas suizos en los años posteriores a la caída del bloque socialista, experiencia que la llevó a adoptar la imagen como su principal lenguaje expresivo. Su trabajo, publicado durante más de tres décadas en medios internacionales, se centra en la memoria, la migración y las fracturas familiares. Desde 2025 integra el colectivo Purple Eye y continúa desarrollando su obra en Suiza.

 

PORTAFOLIO

www.damarisbetancourt.com

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