El día queda atrás
Lo que el tiempo hace en nuestros cuerpos: que no podamos existir sin que se nos recuerde que la piel se nos cae, que el pelo pierde brillo con los años, que todos los cuerpos se transforman y sucumben ante la gravedad. O eso es lo que nos hacen creer. Que estamos perdiendo esta batalla y que vamos abandonando las formas aceptables del cuerpo y de las uñas, que somos indeseables si estamos viejas y cansadas, y que estaremos condenadas también al olvido.
Hace poco escuché a Mariana Enríquez hablar de lo extremadamente visible que son los cuerpos considerados feos. Se nos había dicho lo contrario: que la única forma de ser visibles era combatiendo las arrugas con cremas y aceites, que los sérum y las agujas podrían hacernos visibles, aceptables, deseadas. Que las cirugías estéticas son una opción maravillosa para alcanzar la visibilidad social, como si tener arrugas y no estar delgadas nos hiciera inmunes a otros ojos o a los dedos que nos señalan.
Es todo lo contrario, decía Mariana. No hay nada que cause más ardor en esta sociedad que un cuerpo considerado feo: se le rechaza, se le exhibe como ejemplo de lo que nadie, ni por accidente o castigo, debería ser. Se le muestra en la televisión, en las pautas publicitarias que ubican en los paraderos de los buses, en las redes sociales y en las revistas. Si no quieres ser así, entonces ponte cremas, cambia lo que no nos gusta que lleves, vuélvete este molde que es una cárcel.
Todo este asunto de la belleza y de lo estrictas que son sus paredes no alude a una batalla contra la invisibilidad. No. Es, más que nada, una batalla contra el tiempo. Es el tiempo lo que nos duele y lo que se combate. Porque no hay nada más visible y más explícito que un cuerpo feo, malgastado, ojeroso y con estrías. Esa es la carta que han usado para señalarnos. Es esa la consigna bajo la cual nos han perseguido hasta el último rincón de nuestros miedos para gritarnos que jamás tendremos el cuerpo perfecto, que jamás estaremos a tiempo, metidas en nuestra carne. Que todo se nos está yendo, que se nos fue y será imposible regresarlo. Por eso odian nuestros cuerpos, porque son el testimonio del tiempo.
Esa búsqueda desesperada por permanecer con los cuerpos intactos y la vida detenida en una única forma es un asunto sobre el tiempo, no sobre la belleza. En esto les doy la razón: no tiene sentido pelear contra lo indefinible y lo inabarcable. Hemos perdido y perderemos siempre.
Si pudiéramos dejar de luchar absurdamente contra el peso de los días, quizás podríamos también quitarnos, aunque fuera un poco, el peso de la piedra con la que nos aplastan. Pero no se puede detener la lluvia ni fijar para siempre el sol de un atardecer sobre una colina. Ese sol y esa lluvia también cambiarán, se moverán y se transformarán. Todas las cosas que existen para nosotros algún día también se habrán marchado: ¿para qué detenerlas? Si el tiempo, como escribió Blanca Varela, “es un árbol que no deja de crecer” (Varela, 2020). Yo diría que es un árbol que nos crece por dentro, con todas sus raíces torciéndose a su antojo como fuente de agua en la montaña. Por más que pongamos las manos abiertas o los puños sobre la tierra, no detendremos ninguna primavera, ni el verano. Acaso torceremos algún brote de girasol o de lavanda, pero la vida no: la vida, a su antojo, seguirá volviéndonos la saliva seca y la carne blanda.
Yo lo intuía desde niña. Sentía, desde el fondo de mi corazón abriéndose a la pubertad, que la verdadera batalla era contra el tiempo, no contra el amor ni contra la soledad. Era contra el tiempo que abría las inmensas zanjadas que nos separaban de los años felices o de otros cuerpos amados. Sabía que la única medida de la tristeza eran los días que durábamos con los ojos cerrados. Sabía que el verdadero terror no eran, en efecto, los ojos, sino las horas que pasábamos con los párpados apretados para no ver nada.
El primer poema que escribí fue a los 13. Aunque eso no era un poema, ni se le parecía, y aunque esas palabras no eran lo suficientemente coherentes, escribí sobre el tiempo. Allí estaba esa pregunta punzante; ahí estaba el temblor por esa fuerza extraña que transforma todo cuanto existe. Ahí estaba esa angustia: “No le escribo al amor, sino al tiempo. Al que me hizo madurar y sentir miedo. Al que me curó todas las heridas, al que me cerró todas las salidas”.
Ese primer encuentro con el tiempo fue un golpe cerrado. Y quizás ese mismo puño alcanzó también a Alejandra Pizarnik, cuando tenía miedo de no escribir a tiempo y de la imposibilidad de sentirse bella y “perfecta”. Sintieron su golpe también Emily Dickinson e Idea, y mi mamá y mi hermana, que día a día se levantan y ven en el espejo a una mujer distinta de lo que sueñan, de lo que nos han dicho que debe ser. Escucho esa punzada en mis amigas: el tiempo, implacable y violento, les ha dejado lunares donde antes hubo solo piel lisa, donde solo manos tersas acariciaron frutas y lucieron pulseras. No es el cuerpo que queremos el que nos duele: es el cuerpo que ya no nos habita, el que no podemos ser por imposible, el que algún día tal vez alcanzaremos si corremos tres horas diarias en la caminadora y aplicamos fielmente esas cremas cada noche, tal vez… alguien se apiade. Pero no.
Porque el tiempo no se compadece, ni espera, ni es consciente de que existe. Nos golpea fuerte con una punta de lanza hasta los huesos. A todas, a todos, nos golpea fuerte. Así lo dijo Vilariño (1980):
Pasa se va se pierde
no se detiene
fluye
mana incansablemente
se escapa de las manos
corre vuela a su fin
se desliza
se apaga
se aniquila
se extingue
se deshace
se acaba.
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Bibliografía
Varela, B. (2016). Poesía reunida (1949–2000). Fondo de Cultura Económica.
Vilariño, I. (1980). Se está solo. En Idea Vilariño – Selección y nota introductoria de Susana Crelis Secco (Poesía Moderna). Material de Lectura, Universidad Nacional Autónoma de México. Recuperado de https://materialdelectura.unam.mx/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/308-153-idea-vilarino?showall=1
Biografía
Ana María Bustamante

(Medellín, Colombia), es escritora y artista visual. Estudiante de doctorado en Literatura. Es socióloga y magíster en Sociología y estudió Historia del Arte en Florencia, Italia. Su investigación sobre el dolor en la poesía escrita por jóvenes recibió la distinción Cum Laude por la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros de poesía: Antes de ser silencio, Premio Nacional de Poesía Tomás Vargas Osorio (Colombia, 2019) y Nieve, Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía (2022). Fue ganadora del Concurso Nacional de Poesía Héctor Trejos (2016). Sus textos han sido traducidos a diversos idiomas y publicados en medios físicos y virtuales de distintos países.
Ha coordinado talleres de escritura y liderazgo para mujeres. Como artista visual, se enfoca en la fotografía y el collage, con obras publicadas y exhibidas en Colombia y Polonia. Actualmente es editora de las revistas Telúrica y Cántaros y profesora en la Universidad de Antioquia y la Universidad Salazar y Herrera.
Instagram: @ana.bustamantec
Twitter: @anamabuc

