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Po-ética: Manifiesto sobre la integridad en la creación y los certámenes literarios


Escribo porque algo en mí necesita decir. Porque hay pulsos que sólo se ordenan cuando se hacen palabra.


Porque escribir no embellece la vida: la revela. He reescrito mis textos con la misma intensidad con la que los he escrito. He corregido desde la herida, desde el cuerpo ya distinto, desde el temblor de lo que aún no sé nombrar.


A veces he vuelto a la forma original, como quien regresa a una casa rota y reconoce en el eco una fidelidad profunda.


Cada corrección nace desde una etapa conquistada del duelo. Muchos poetas regresamos a nuestros textos. Los reescribimos, los reformulamos con la voz que el tiempo nos ha dado, los dejamos transformarse.


Cuando esa reescritura nace de un recorrido honesto, no replica: reencarna. No volvemos al texto para repetirlo, sino para habitarlo con otra conciencia. Esa travesía es legítima y no está en discusión. Pero el mismo poemario no se presenta una y otra vez a distintos jurados en concursos donde las bases exigen una obra inédita en su totalidad. Eso no es reescritura: es simulacro. Y no me representa, ni me esclarece, ni me fortalece.


Este manifiesto no trata sobre el proceso creativo, que doy por legítimo y necesario, sino sobre una falta ética clara: el incumplimiento deliberado de las bases de un concurso literario. Cuando se presenta, con otro título y apenas mínimas alteraciones, un libro ya premiado, postulado o circulado en certámenes que exigen ineditismo absoluto, se rompe el pacto. Y lo digo con la indignación que no se apaga.


El plagio de una ópera prima publicada por la editorial que dirijo se condenó sin miramientos. Retiré la obra con todo el dolor que implicaba esa decisión. No fue un gesto punitivo: fue un acto de coherencia. Le hice el duelo como se le hace a una bandera: desgarrada, con dignidad. Porque había un pacto roto. Y sin ese pacto —entre quien crea, quien edita, quien lee y quien reconoce— todo pierde valor.


Me duele ver cómo se normaliza el simulacro: cómo una obra ya leída, postulada o premiada vuelve a circular disfrazada, traicionando de forma consciente las bases que aceptó. No se trata de un descuido, sino de una estrategia. Y lo más grave: ese gesto no solo se tolera, sino que se justifica. Ahí es donde el acuerdo se desvanece, y se intenta reemplazar por explicaciones que envejecieron antes de que existiera nuestra transparencia.


Ser jurado no es rastrear huellas ocultas ni reconstruir trayectorias editoriales. Es leer con criterio y buena fe. A un jurado no se le tienden emboscadas.


Un certamen serio convoca a lectores con criterio, autonomía y sensibilidad crítica, capaces de leer con profundidad y sin prejuicio. Pero esa lectura se apoya en un acuerdo previo: quien postula una obra afirma que honra las bases. No se exige otra prueba que la palabra dada. Y la palabra dada tiene peso, o es espejismo: honra, o deshonra. Si esa palabra se disfraza, si el texto no respeta el carácter inédito exigido, no es el jurado quien falla. Falla quien rompe el pacto. Y con esa ruptura, no solo se contamina la lectura: se deshilacha el tejido de confianza que sostiene el premio. La decisión del jurado no admite apelación porque nace de un proceso ético, riguroso y transparente. La legitimidad no se acomoda: se cuida, se honra o se pierde. Sé, desde adentro, lo que implica sostener un certamen con transparencia. Construir un premio que convoque por mérito y no por favores requiere compromiso, vigilancia ética y una estructura sólida. Pero todo ese esfuerzo se desmorona cuando alguien rompe el espíritu que lo originó: basta un gesto que traicione las bases para que la legitimidad se diluya. La confianza se quiebra con rapidez cuando no se protege desde la raíz.


Durante años he creado espacios donde la poesía no se encierra en libros ni academias, sino que respira en comunidad. He convocado poetas a dialogar con estudiantes, a leer junto a obras de arte, a tender puentes entre la palabra y el mundo. Esa experiencia colectiva ha nutrido mi manera de enseñar: no transmito estructuras gramaticales ni fórmulas de análisis, sino una forma de habitar la palabra con responsabilidad. Enseño a leer con conciencia crítica, a escribir desde el compromiso y a reconocer la carga histórica y ética de cada texto. Cada aula es un espacio donde se forma pensamiento, se afina la voz y se honra la palabra. La escritura no se impone desde el cálculo, sino que se ofrece desde el ejemplo.


Por eso la po-ética atraviesa todo lo que hago: edito, facilito talleres, diseño propuestas pedagógicas y acompaño a mis estudiantes a encontrar una voz propia, sin atajos ni simulacros. Porque la palabra importa. Y su dignidad también se aprende.


¿Qué leerán de nosotros cuando ya no estemos? ¿Qué dirán los nuevos lectores, críticos y poetas jóvenes cuando descubran estos rastros? ¿Qué memoria les quedará a esas obras premiadas desde el engaño?


Por eso escribo este manifiesto. Porque sigo creyendo en una ética nacida del cuerpo que escribe, no del cálculo. 


Una po-ética, que no se impone: se elige. 


Que no disfraza: se arriesga. 


Que no busca ganar a cualquier precio, sino sostener una palabra que, cuando nace limpia, permanece. 


No escribo para agradar. 


No edito para encubrir. 


No creo certámenes para premiar repeticiones. 

No publico para cumplir con expectativas ni alimentar círculos de favores. 


Esta es mi pasión. Y la ejerzo con todo mi ser, con la entrega absoluta de quien sabe que la palabra importa, y que sostener su dignidad es, también, una forma de resistencia. Porque la dignidad es una barricada, y estamos de pie, irreductibles, de su lado.



La Esquina Rota - Episodio #17, 10 de abril 2025





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