Nadie, los ojos
I
Un escorpión me acecha en el verano.
Un escorpión terrestre en la balandra.
Es el sutil principio de mi vida. Es la
ira de Dios la que me quiebra. Es su
veneno sin límite en mis días. Me
quiero ver morir en este cuerpo, pero
no sé pedir perdón como los niños.
II
Hace frío en el pabellón. Los ojos de los
niños no me miran. Sus brazos son los
mástiles del sueño de mi muerte. No quiero
que me toquen. No su luz detrás del monte ni
su gracia me devoren. No sus rostros ni sus
sombras me acompañen.
Paz para aquellos que no saben morir.
III
Ratas sobre tu pecho. No mires el ardor
en tu destino. Una mujer mitiga su aspereza
bajo tu lengua. Recuerda su dolor entre las
sábanas.
No tengas miedo.
Es la tierra delante de ti la que la nombra.
IV
Traigo recientes cicatrices.
Una ínsula sagrada entre mis manos, una
serenidad incomprensible
que me hace rápido cerrar los párpados.
Ávido mundo
un rumor transita por sobre tierra y mares
Propercio
Madre, verano a veces
el mundo es una avispa
nómada, iridiscente. Hablamos
pájaros,
pájaros crispados,
vuelan sombra adentro de nosotras. ¿Es
posible? Vetas había
en la cera de julio
y los depósitos de flores
y rocío,
cálidos perfumes de zánganos
y vírgenes. Ocarinas, siempre.
Madre, cubre la bruma
agria y el diluvio, frota,
frota un día a otro.
Hay larvas en la tierra,
márgenes –que nunca dejaré.
Pérgolas y vidrios
rotos, columnitas de seda
en las paredes. Trozos y bordes
subterráneos: músculos.
Óleos, hay: lanzas,
agujeros (una gruta inmensa,
deliberada,
un hueco). Tocan. Espera.
No. No es nadie.
Di: ¿es
casualidad?
Hay tilos en mi texto, tréboles y filamentos jóvenes y húmedos.
Fermentaciones. Viejas fermentaciones
(las amasan, las amontonan, madre, las despedazan)
y la distancia
que florece perfecta
única ¿y mis hermanas?
Lo sé.
Frágiles, efímeras, minúsculas y casi
posible hubo una flor
en permanencia:
pasado y porvenir para nosotras.
Guardé coles. Madre,
¿fallé?
Yegua nocturna
I
…y cuando me pregunto
a quién pudiste persuadir
viendo aquel cielo sonante,
la brecha abierta en la pared,
el movimiento en su mesura
y el campo en una tela de yerba
sostenida en sus membranas,
sola, tan sola, exhalando
una nueva puntuación, una voz
larga en la noche agravada,
forzada a ver
un resquicio de lo que fue,
diciéndote a ti misma:
mala, peor, funesta
y pienso en esa desproporción
del pensamiento,
en el asombro ante una pausa,
un compás detenido
en un teléfono inexistente o en un cd
temeroso y solícito, un ahora
en el intento de ser llama
entre los labios más oscuros
cuando los peces,
dijiste, eran dos veces
mudos
siempre en la caverna
donde el sol abría
desobedientemente
una defensa
contra la oscuridad
o una simple forma
opaca
que veías entre los átomos
y las moléculas,
¿soñabas?
II
…porque te miro lejos
caída a fondo sitiada por el lodo
hundida en lentas espesuras solitaria,
porque te digo lumbre
y te escurres de mi boca
enardecida,
porque te nombro ahora
como entonces
y los pájaros son más frágiles y las nubes
ya no existen,
porque te veo en la ruta de una alta piedra
que imagina páramos diversos
y la materia inhóspita
donde articulas
en un mismo reflejo
lo que camina y habla y se evapora
y porque todo es una página de hambre
donde concilias lo imposible
con el solo sol en sílabas de adviento,
porque la noche,
esa noche,
la noche vítrea y diminuta,
la más furiosa y persistente,
la que se oxida fulgurante
con esa forma altiva
tiene su imperio pútrido
sus ojos bien abiertos, su campo
de aromas enjaulados,
su grito como una mula prieta
que no se olvida
-no-
y que está ahí junto a nosotros
para morir a ratos
un poco y con el sueño a cuestas
en esa noche,
esa noche
piramidal y única
y toda tuya.
Teoría de las niñas
Cuando el sol es una simple memoria de la idea,
mi padre barre la calle.
La dura calle dulce de su barrio.
Enjaula palabras que se dejan definir
para soñar su leche tibia y muda
entre las hebras de la escoba.
Escoba germinal,
escoba de bondad
como la luna hospitalaria,
música de lo que sigue y resiste
polvosamente
y arrastra lo más simple:
la perplejidad de un ave discursiva,
la belleza que penetra y arponea cada letra,
cada espejo de nosotros en la piedad de la muerte,
esa fina marea
que nos adormece con su tam-tam de pregunta
e invocación,
de sed oscura y pudorosa en el cielo de su boca.
*
Mi padre recoge por la acera fragmentos de papel secante, fibras del alba,
tiempo ido bajo los árboles desnudos.
Piensa en sus niñas.
Decide elaborar finos vestidos con el idioma de las tijeras.
*
Las niñas se hacen una larga cicatriz entre las piernas. Sangran sus labios invisibles.
Tintinea el aire de junio y todas sus promesas.
Mi padre dice que las odia.
*
Lo que ilumina el día es parte de otro sacrificio.
La total apertura entre la sístole y la diástole
de un campo de cuervos.
Los cuervos son los dedos de sus manos invisibles,
sonido líquido y agrio
que revienta duro en sus oídos.
Mi padre, en su dibujo, camina lentamente en otro siglo.




